Primera Audiencia General del Papa León XIV en el 2026

Primera Audiencia General del Papa León XIV en el 2026

El Papa León XIV presidió este miércoles la primera Audiencia General de 2026, en la que abrió un nuevo ciclo de catequesis dedicado al Concilio Vaticano II y a la relectura de sus documentos. Lea aquí el texto completo.

 

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Después del Año jubilar, durante el cual nos hemos detenido en los misterios de la vida de Jesús, iniciamos un nuevo ciclo de catequesis que estará dedicado al Concilio Vaticano II y a la relectura de sus Documentos.

Se trata de una ocasión preciosa para redescubrir la belleza y la importancia de este acontecimiento eclesial. San Juan Pablo II, al final del Jubileo del año 2000, afirmaba: «Siento más que nunca el deber de señalar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 57).

Junto con el aniversario del Concilio de Nicea, en 2025 hemos recordado los sesenta años del Concilio Vaticano II. Aunque el tiempo que nos separa de este acontecimiento no es muy largo, también es cierto que la generación de obispos, teólogos y creyentes del Vaticano II ya no está entre nosotros.

Por ello, mientras sentimos la llamada a no apagar su profecía y a seguir buscando caminos y modos para llevar a la práctica sus intuiciones, será importante volver a conocerlo de cerca, y hacerlo no a través del “oído decir” o de las interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus Documentos y reflexionando sobre su contenido.

Se trata, en efecto, de un Magisterio que aún hoy constituye la estrella polar del camino de la Iglesia. Como enseñaba Benedicto XVI, «con el paso de los años los documentos no han perdido actualidad; sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes en relación con las nuevas exigencias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada» (Primer mensaje después de la Misa con los cardenales electores, 20 de abril de 2005).

Cuando el Papa san Juan XXIII abrió la asamblea conciliar, el 11 de octubre de 1962, habló de ella como del amanecer de un día de luz para toda la Iglesia. El trabajo de los numerosos Padres convocados, procedentes de las Iglesias de todos los continentes, allanó efectivamente el camino para una nueva etapa eclesial.

Tras una rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, el Concilio Vaticano II redescubrió el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos; contempló a la Iglesia a la luz de Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo; e inició una importante reforma litúrgica, poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios.

Al mismo tiempo, nos ayudó a abrirnos al mundo y a captar los cambios y desafíos de la época moderna en el diálogo y la corresponsabilidad, como una Iglesia que desea abrir los brazos a la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y angustias de los pueblos y colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna.

Gracias al Concilio Vaticano II, «la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace diálogo» (SAN PABLO VI, Carta enc. Ecclesiam suam, 67), comprometiéndose a buscar la verdad a través del camino del ecumenismo, del diálogo interreligioso y del diálogo con las personas de buena voluntad.

Este espíritu, esta actitud interior, debe caracterizar nuestra vida espiritual y la acción pastoral de la Iglesia, porque todavía debemos realizar más plenamente la reforma eclesial en clave ministerial y, ante los desafíos actuales, estamos llamados a permanecer atentos intérpretes de los signos de los tiempos, gozosos anunciadores del Evangelio y valientes testigos de la justicia y de la paz.

Mons. Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, siendo obispo de Vittorio Veneto, escribió proféticamente al inicio del Concilio: «Existe, como siempre, la necesidad de realizar no tanto organismos, métodos o estructuras, cuanto una santidad más profunda y más extendida. […] Puede ser que los frutos óptimos y abundantes de un Concilio se vean después de siglos y maduren superando con dificultad contrastes y situaciones adversas».

Redescubrir el Concilio, por tanto, como ha afirmado el Papa Francisco, nos ayuda a «devolver el primado a Dios y a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres, amados por Él» (Homilía en el 60.º aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, 11 de octubre de 2022).

Hermanos y hermanas, lo que dijo san Pablo VI a los Padres conciliares al término de los trabajos sigue siendo también hoy para nosotros un criterio de orientación.

Afirmó que había llegado la hora de partir, de dejar la asamblea conciliar para salir al encuentro de la humanidad y llevarle la buena noticia del Evangelio, con la conciencia de haber vivido un tiempo de gracia en el que se condensaban pasado, presente y futuro:

«El pasado: porque aquí está reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia, sus Concilios, sus Doctores, sus Santos. […] El presente: porque nos separamos para ir hacia el mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero también con sus prodigiosas conquistas, sus valores, sus virtudes. […] El futuro, finalmente, está allí, en la llamada imperiosa de los pueblos a una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed consciente o inconsciente de una vida más alta: precisamente la que la Iglesia de Cristo puede y quiere darles» (SAN PABLO VI, Mensaje a los Padres conciliares, 8 de diciembre de 1965).

También para nosotros es así. Al acercarnos a los Documentos del Concilio Vaticano II y redescubrir su profecía y su actualidad, acogemos la rica tradición de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente y renovamos la alegría de salir al encuentro del mundo para llevarle el Evangelio del Reino de Dios, Reino de amor, de justicia y de paz.

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