El Papa explica la “realidad a la vez humana y divina” de la Iglesia Católica

El Papa explica la “realidad a la vez humana y divina” de la Iglesia Católica

Durante la Audiencia General de este miércoles, el Papa León XIV aseguró que la Iglesia no puede comprenderse únicamente desde una perspectiva humana o institucional, sino como el “fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo”, si bien destacó que esto no presupone la “superioridad espiritual” de sus miembros.

 

Por Victoria Cardiel

“No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia”, aseveró el Santo Padre. 

El Pontífice continuó con su catequesis sobre la Constitución dogmática Lumen gentium, uno de los pilares fundamentales del Concilio Vaticano II, donde la Iglesia es descrita como “una realidad compleja”. 

Sin embargo, precisó que esta complejidad no significa que sea “complicada” o difícil de explicar, sino que expresa “la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad”.

El Papa señaló que la Iglesia es “un organismo bien compaginado”, en el que conviven la “dimensión humana y la divina sin separación y sin confusión”.

En este sentido, destacó que su dimensión humana es evidente, pues está formada por “una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos”, que comparten la alegría y el esfuerzo de anunciar el Evangelio y se hacen “signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida”.

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“Una realidad a la vez humana y divina”

No obstante, subrayó que esta descripción no basta, ya que la Iglesia también cuenta con una dimensión divina, advirtiendo que ésta no consiste en “una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo”. 

“A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan y se equivocan, como todos”, insistió. 

Sin embargo, añadió, “precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiesta la presencia de Cristo y su acción salvadora”.

De este modo, dejó claro que la Iglesia es al mismo tiempo “comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual”.

El Pontífice explicó que ambas dimensiones “se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra”, dando lugar a una paradoja fecunda: “Es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios”.

Para iluminar esta condición, el Papa remitió a la vida de Jesús. Recordó que quienes se encontraban con Cristo experimentaban su humanidad concreta —“sus ojos, sus manos, el sonido de su voz”—, pero al mismo tiempo, a través de esa carne visible, “se abrían al encuentro con Dios”, ya que “la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible”.

Sin embargo, añadió, “precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiesta la presencia de Cristo y su acción salvadora”.

No existe oposición entre el Evangelio y la Iglesia católica

En esta línea, recordó palabras de Benedicto XVI, quien afirmaba que no existe oposición entre el Evangelio y la institución, pues las estructuras eclesiales sirven para la “realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo”. 

León XIV destacó que la santidad de la Iglesia no radica en la impecabilidad de sus miembros, sino en que “Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad”. Este “perenne milagro”, afirmó, permite comprender el “método de Dios”, que “se hace visible en la debilidad de las criaturas”.

Asimismo, evocó una exhortación del Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, donde invita a “quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro”, subrayando que la construcción de la Iglesia no se limita a la organización visible, sino que implica edificar “ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad”. 

También citó a San Agustín para recordar que la caridad es el corazón de la vida eclesial: “Quiera el cielo que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás”. 

Al concluir la catequesis, León XIV saludó a los fieles presentes recordando que “la Cuaresma nos exhorta a reconocer a Cristo como la esperanza suprema del hombre”.

Dirigiéndose a los jóvenes, los animó a “influir positivamente en los distintos ámbitos de la vida”. Por último, pidió a los recién casados que descubran “el valor de la oración en la iglesia doméstica” que han formado. 

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