Un día después de que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) consagrara a cuatro obispos sin el permiso del Papa León XIV, el Vaticano emitió un decreto en el que declara que los obispos implicados en las consagraciones han incurrido en excomunión automática y que el grupo se encuentra en cisma.
Por Daniel Payne
En un acto de abierto desafío y pese a las reiteradas peticiones de Roma para que no siguiera adelante, la FSSPX procedió el 1 de julio a la consagración de cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, un acto de desobediencia manifiesta a la autoridad del Papa que, según el derecho canónico, conlleva la excomunión automática de los seis obispos involucrados.
La FSSPX es una fraternidad sacerdotal controvertida, conocida por su estricta celebración tradicional de la Misa en latín y por su oposición a las reformas del Concilio Vaticano II.
El principio animador del grupo “es el sacerdocio, todo lo que atañe a él y nada más que lo que le concierne a él”, dice la FSSPX en su sitio web. El grupo fue fundado en 1970 por el arzobispo Marcel Lefebvre, un prelado francés que fue un agudo crítico de muchos de los cambios provocados por el Vaticano II.
Además de las revisiones modernas de la Misa, Lefebvre también se opuso al “ecumenismo, un punto de vista que consideraba a todas las religiones como beneficiosas y válidas, y a la colegialidad, que insistía en que la Iglesia fuera gobernada principalmente por el proceso democrático y las conferencias episcopales”, según el sitio web del grupo.
El grupo dirige prioratos, capillas y misiones en todo el mundo, así como seminarios. Cuenta con varios centenares de sacerdotes y unos centenares de seminaristas más.
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Quizás el momento más controvertido del grupo llegó en 1988, cuando Lefebvre consagró a cuatro obispos en Écône (Suiza), en un desafío explícito al Papa Juan Pablo II. A las pocas horas, el Vaticano declaró que Lefebvre y los cuatro obispos habían incurrido en excomunión sobre sí mismos.
En su motu proprio Ecclesia Dei, Juan Pablo II argumentó que “nadie puede permanecer fiel a la Tradición si rompe los lazos y vínculos con aquél a quien el mismo Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia”.
El Papa Benedicto XVI levantó esta excomunión en 2009, aunque explicó en una carta que la FSSPX no tiene estatus canónico y por lo tanto “tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia”.
El Papa Francisco amplió aún más los privilegios del grupo, determinando durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia 2015-2016 que las confesiones escuchadas por los sacerdotes de la FSSPX fueran válidas. Posteriormente, prorrogó esta orden indefinidamente.
En 2017, mientras tanto, aprobó una forma para que los sacerdotes del grupo presenciaran válidamente los matrimonios, dando a los obispos diocesanos u otros ordinarios locales la capacidad de autorizar tales decisiones.
Antes de las consagraciones cismáticas del 1 de julio, el Papa León XIV hizo un último llamamiento a la congregación para que no celebrara la ceremonia.
El Santo Padre exhortó al grupo a que “consideren atentamente el bien espiritual de los fieles”, ya que el acto cismático “los privaría de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida de los sacramentos que ellos aman y buscan para la propia santificación”.
Mientras tanto, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó el 2 de julio una guía para los obispos de todo el mundo sobre cómo acoger de nuevo a los antiguos miembros de la FSSPX tras el acto cismático.
Un sacerdote que abandona la congregación debe encontrar un obispo diocesano o un superior mayor dispuesto a recibirlo, tras lo cual debe “escribir a mano una carta al Santo Padre” solicitando la remisión de la excomunión.
El sacerdote también debe presentar su certificado de ordenación y hacer una profesión de fe y una fórmula de adhesión.
El dicasterio procederá a revocar la censura “tan pronto como reciba los documentos”, tras lo cual el sacerdote, bajo la autoridad del obispo que lo recibió, estará sujeto a un período de prueba “de al menos un año y no más de tres”.
Las sanciones para los fieles laicos, por su parte, “no pueden presumirse automáticamente, sino que deben evaluarse caso por caso”.
Si bien históricamente no se ha prohibido estrictamente a los fieles asistir a las Misas de la FSSPX, los líderes de la Iglesia advirtieron en varias ocasiones a los católicos que no lo hagan, salvo en circunstancias graves.
“Las Misas que celebra la FSSPX también son válidas, pero se considera moralmente ilícito que los fieles participen en ellas a menos que tengan algún impedimento físico o moral para asistir a una misa celebrada por un sacerdote católico en plena comunión”, declaró en 1995 Mons. Camille Perl, entonces secretario de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei.
En una carta de 1998, Mons. Perl señaló que la “mentalidad cismática” de la FSSPX llevó a la comisión pontificia a “desaconsejar sistemáticamente a los fieles la asistencia a las misas celebradas bajo la égida de la Sociedad de San Pío X”.



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