Mar del Plata despide a un apóstol del diálogo interreligioso

Mar del Plata despide a un apóstol del diálogo interreligioso

De extensa cultura humanística y gran capacidad para relacionarse, también se ocupaba del diálogo con los no creyentes. En 2009 fue proclamado Ciudadano Ilustre de la localidad balnearia.

Marco Gallo

Hace algunos días se ha apagado la vida del padre Hugo Segovia de 95 años. Una vida, la suya, dedicada al sacerdocio, a una gran fidelidad al Evangelio, a una vocación profunda de encarnar la cultura en el Evangelio. Hugo Segovia, nacido en Punta Alta cerca de Bahía Blanca, ha sido un hombre de referencia por muchos católicos durante los años oscuros y atormentados de la dictadura militar de los años Setenta. Fue blanco también de un atentado a pesar de que nunca tomó una posición ideológica. Ha sido un “passeur”, un hombre puente que ha sabido unir culturas y mundos diferentes.

En los años como párroco en Mar del Plata el padre Hugo ha dedicado mucho tiempo al diálogo con los no-creyentes, construyendo amistades y ganando estima y admiración. Puedo recordar diferentes presentaciones de libros sobre el diálogo interreligioso que él organizó en la Feria del Libro marplatense.

Su extensa cultura humanista y su capacidad de relacionarse con todos lo han llevado a conquistarse la simpatía y la admiración de los marplatense al punto de nombrarlo entre los miembros de la Comisión de Cultura de la Ciudad y, en 2009, proclamarlo ciudadano ilustre de Mar del Plata.

Su amor por la Iglesia y por las enseñanzas conciliares derivan también de su participación en el Concilio Vaticano II, como joven secretario del arzobispo de Bahía Blanca, Germiniano Esorto.

En sus diferentes notas periodísticas en el diario de Miramar el padre Segovia siempre hacía referencia al Concilio. Tenia una rúbrica semanal “Ayer, hoy y siempre” en el diario de Miramar, donde informaba sobre los eventos más importantes en la vida de la Iglesia universal, de la elección del Papa Francisco a la de León XIV, siempre con su mirada aguda y penetrante.

La ciudad de Miramar, por su fecundo ministerio pastoral, le ha dedicado una calle en su memoria.

En mis recuerdos personales me quedó grabada una intervención suya en el encuentro de sacerdotes y obispos promovido por la Comunidad de Sant’Egidio, en que describiendo el perfil de la Iglesia católica en Argentina, auspiciaba una mayor “feminilizacion” de la Iglesia, dominada por un cierto machismo clerical.

Otro recuerdo imborrable: su pasión por los libros. Su casa estaba desbordada de libros de diferentes temáticas (teología, sociología, historia, novelas). Su curiosidad intelectual lo llevaba a lecturas de todo tipo, tenía un conocimiento enciclopédico.

Su amor por el tango fue signo de toda una generación a la cual perteneció también el papa Francisco. Con el padre Hugo se despide una generación de sacerdotes que han sabido encarnar el Evangelio en la cultura de sus ciudades, favoreciendo siempre el diálogo, la fraternidad contra la polarización y todo tipo de confrontación ideológica.

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