El padre Juan José Olivera, delegado de la naciente Pastoral Afroargentina, dialogó con Negrx sobre los desafíos de construir una pastoral afro en el país, las tensiones de ser negro y católico y el reconocimiento de la responsabilidad histórica de la Iglesia en la esclavitud. También plantea la necesidad de avanzar hacia reparaciones concretas, recuperar las raíces africanas y fortalecer el vínculo con los movimientos afrodescendientes.
Por Federico Pita
A poco de ponerse en marcha la primera Pastoral Afroargentina —enmarcada en el pulso continental que dejó hitos como el XVI Encuentro de la Pastoral Afroamericana y Caribeña (EPA)—, los desafíos pastorales y políticos de la comunidad negra local cobran nueva carnadura. En diálogo con Negrx, el padre Juan José Olivera, delegado de esta naciente pastoral, reflexiona sobre el significado de articular la fe desde la raíz afrodescendiente, las expectativas frente a la visita del Papa León XIV a la Argentina, el alcance de las recientes definiciones pontificias sobre las cadenas del pasado y del presente en la encíclica Magnifica Humanitas, y la urgencia de que la Iglesia institucional asuma un camino efectivo de reparaciones históricas.
¿Cuáles son los desafíos de consolidar la primera Pastoral Afro en un país que históricamente se construyó desde el mito de su blanquitud y la negación de su negritud?
Es un desafío enorme para nuestra Iglesia en Argentina, pero se inscribe en un movimiento mucho más amplio, que es el latinoamericano y caribeño. La Pastoral Afrodescendiente tiene alrededor de 40 años de organización y surge a partir de un proceso que se desprende del Concilio Vaticano II, un hito dentro de la Iglesia que permitió abrir el diálogo con la sociedad.
En ese marco comienza a constituirse la pastoral, a partir de una pregunta fundamental: ¿Qué pasa con los afrodescendientes dentro de la Iglesia? O, como dirías vos, ¿qué pasa con los negros católicos? Esa pregunta empieza a tomar cuerpo dentro de la institución eclesial, con todas las contradicciones que implica. Porque también hay que preguntarse cómo ser afrodescendiente y católico teniendo en cuenta los antecedentes históricos de la propia Iglesia.
En ese proceso llegamos a un momento muy importante con el pedido de perdón del Papa León XIV al pueblo afrodescendiente por la esclavitud, expresado en el apartado 176 de su encíclica Magnifica Humanitas. Es un avance en la manera en que la Iglesia se posiciona frente a esa tragedia histórica. Pero también es importante señalar que este reconocimiento es fruto de la insistencia de los negros católicos, que vienen reclamándolo desde adentro de la propia institución. En Argentina, este proceso tuvo un momento muy significativo con la realización del EPA, el Encuentro de Pastoral Afroamericana y Caribeña. Fue el encuentro número 16 y tuvo como antecedente el realizado en México. Se trata de una secuencia de encuentros de las pastorales afro nacionales de América Latina y el Caribe. Había una pregunta enorme detrás de esa decisión de venir a nuestro país: ¿Qué pasa en Argentina?
Cuando llegaron, durante el proceso de organización, nos encontramos con una realidad en la que la presencia de la Iglesia en este campo todavía era muy limitada. Sin embargo, apareció una figura contundente: Manuel, el afrodescendiente que custodió a la Virgen de Luján y que actualmente está en proceso de beatificación. Su figura generó un enorme interés entre quienes participaron del encuentro. Estos espacios tienen como ejes el racismo, la integración hacia dentro de la Iglesia y el vínculo con la sociedad. Para el negro católico existe un doble desafío: cómo ubicarse dentro de la Iglesia y cómo dialogar con otros afrodescendientes que no son católicos. Es una construcción compleja porque los problemas y las dificultades atraviesan todos esos espacios.
Durante el encuentro también aparecieron cuestiones muy importantes, como el lugar de las mujeres dentro de la estructura eclesial. Allí se fortaleció el camino que vienen construyendo las mujeres afrolatinoamericanas y caribeñas católicas. También se abordó la cuestión juvenil. En Brasil, por ejemplo, la situación de las juventudes afro es tremenda por las violencias a las que están expuestas y porque sus vidas se encuentran permanentemente en riesgo. La búsqueda es construir una mirada que pueda recuperar nuestra historia y ponerla en diálogo con el presente, desde nuestra perspectiva como Iglesia y desde el seguimiento de Jesús.
Ante la visita del Papa León XIV a la Argentina, ¿Qué significado tendría su llegada para la comunidad afrodescendiente local?
La relación que estamos teniendo y este diálogo que estamos sosteniendo son, en buena medida, fruto de que viene el Papa. De otro modo, hubiera sido muy difícil que pudiéramos sentarnos a conversar. La llegada de León XIV implica para la Iglesia una confirmación de todo su bagaje en materia de doctrina social. Allí la bandera es la justicia social, el cuidado de la vida de los pobres y la defensa de la tierra, el techo y el trabajo. En ese sentido, su llegada es fundamental.
Hay un diálogo que la Iglesia viene sosteniendo desde hace mucho tiempo con los trabajadores, los movimientos sociales y distintos sectores populares. Es una continuidad del camino iniciado con Francisco y constituye un tiempo muy rico para la Iglesia. Ese diálogo fortalece y favorece la democracia y la justicia social.
El Papa llega con un mensaje que pone en el centro a la persona humana. Nos recuerda que podemos hacer muchas cosas, pero que nunca debemos perder de vista la centralidad de la vida humana. En este caso, también hace referencia a los desafíos que plantea la utilización de la inteligencia artificial.
Nosotros esperamos su llegada con mucha expectativa. Primero, porque el Papa Francisco nos puso de pie, no para decir que tenemos la verdad, sino para fortalecer nuestra defensa de los pobres y de la justicia social. León XIV representa una continuidad de ese camino y estamos ansiosos de recibirlo.
En su encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV expresa un pedido explícito de perdón por el horror histórico de la esclavitud. Desde la experiencia de la pastoral afro, ¿Cómo se recibe este gesto y qué valor le otorgan a esta definición institucional de la Iglesia?
Recibimos ese pedido de perdón con enorme alegría. Es un reconocimiento muy importante porque durante mucho tiempo no estuvo presente de esta manera. El apartado 176 de la encíclica representa un avance en el proceso de reconocimiento de la responsabilidad histórica de la Iglesia frente a la esclavitud.
Pero también hay que comprender que este pedido de perdón no apareció espontáneamente. Es el resultado de una insistencia de los negros católicos que, desde el interior de la propia Iglesia, vienen reclamando ese reconocimiento.
La Iglesia está empezando a ubicarse de otra manera frente a su historia y eso es significativo. Sin embargo, falta mucho. No alcanza con un pedido de perdón. Es un paso importante, pero tiene que abrir un camino de trabajo mucho más profundo.
Hay una tensión que atraviesa nuestra propia experiencia como afrodescendientes y católicos. Tenemos una historia de esclavitud, de legitimación religiosa de esa esclavitud y de racismo institucional. Por eso, el reconocimiento de esa responsabilidad no puede quedar solamente en el plano discursivo. Tiene que traducirse en transformaciones dentro de la propia Iglesia y en su relación con la sociedad.
Todavía persiste una deuda estructural respecto al rol de las instituciones eclesiásticas durante la trata y la esclavitud colonial. ¿Qué perspectivas y pasos concretos ves al interior de la Iglesia para avanzar, más allá de los gestos, hacia un proceso real de reparaciones históricas?
Creo que uno de los caminos fundamentales es reconocer las religiones de matriz africana, sus expresiones y sus cosmovisiones. Cuando digo reconocerlas, no estoy diciendo que tengan que ser consideradas verdaderas porque la Iglesia las valida. Estoy hablando de valorarlas, de recibir toda esa riqueza e integrarla a través de lo que se conoce como inculturación. La Iglesia ha avanzado mucho en ese sentido en distintos lugares, pero respecto de las religiones de matriz africana siempre ha quedado en déficit. No ha logrado establecer un vínculo profundo con esas expresiones. Es uno de los desafíos más complejos y difíciles.
También hay pasos que tienen que darse en el terreno de la teología. Necesitamos incorporar una mirada sobre Dios desde la perspectiva afrodescendiente e integrar esa producción al cuerpo teológico de la Iglesia. Otro desafío tiene que ver con el trabajo hacia adentro. En la Iglesia hay muchos afrodescendientes y negros católicos que son catequistas, coordinadores, sacerdotes e incluso obispos. Sin embargo, muchas veces se ha roto la conciencia sobre los propios orígenes. Se ha cortado ese hilo que los comunicaba con la africanidad. Tenemos que recuperar esa memoria y esa riqueza, y ponerlas en diálogo con las búsquedas actuales, siempre desde el anuncio del Evangelio. También necesitamos que la Iglesia se vincule con los espacios afrodescendientes que desde hace años vienen trabajando concretamente contra el racismo y por la integración y la justicia social. Tiene que sumarse a esas agendas y dialogar con quienes llevan adelante esas luchas. Ese es otro desafío enorme.
En cuanto a las reparaciones materiales, creo que todavía tenemos que profundizar la reflexión. La Iglesia debe involucrarse en los diálogos que los movimientos afrodescendientes vienen sosteniendo con los Estados y con las instituciones que generaron las condiciones históricas de esta desigualdad. Tenemos que participar de esas búsquedas y construir respuestas. Hay también una limitación institucional importante. Si observamos las estructuras de la Iglesia, por ejemplo, las congregaciones religiosas, encontramos que sus espacios de conducción tienen una matriz predominantemente europea. Eso dificulta mucho el diálogo y la posibilidad de avanzar en las cuestiones que estamos planteando. Se sigue sintiendo el peso de una estructura en la que el blanco conduce y el negro queda muchas veces destinado a realizar las tareas.
Esa realidad todavía está presente. Por eso, aunque recibimos con enorme alegría el pedido de perdón, sabemos que falta mucho por hacer. También existe una tentación dentro de la Pastoral Afrodescendiente que sería un error: cerrarnos sobre nosotros mismos. Tenemos que insistir en el vínculo con los otros espacios afro, que son muchos y diversos. La Iglesia tiene que encontrar su lugar en ese conjunto de organizaciones y movimientos que luchan contra el racismo y buscan la integración y la justicia social. Es un camino complejo y, sobre todo, muy lento. Pero es el camino que tenemos que seguir.


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