La Iglesia anda por el borde de la política

Cuando quiere, la Iglesia habla con palabras fáciles de entender para todos.

“La clase media más pobre está en el límite de subsistir con salarios atrasados”, dice monseñor Jorge Lozano, titular de la estratégica Pastoral Social y obispo de Gualeguaychú. Enseguida apunta que un problema grave del país es “la acumulación de riqueza en pocas manos y la pobreza en muchos hogares”. Pero equilibra diciendo que las “importantes tasas de crecimiento” que el país tuvo en años anteriores “no han sido equitativas”, ni tampoco “crearon las condiciones para la promoción del empleo”.

En ese discurso pendular reconoce que con el nuevo gobierno se mejoraron algunos planes de asistencia social, “aunque no alcanza” aclara. El único momento en que no duda en marcar diferencias es cuando dice que ahora se está trabajando mejor contra el narcotráfico, después de que “durante muchos años las autoridades negaron la situación” y así “el crimen organizado afianzó sus raíces”.

Estas declaraciones de monseñor Lozano al diario El Tribuno, de Salta, son una muestra de cómo la Iglesia busca caminar por el borde de la política, cuidando de no meter ni la punta de un pie adentro, en un escenario que se mantiene altamente crispado.

Bastantes dolores de cabeza eclesiales, demasiado ruido y jaleo hubo alrededor del modo en que el papa Francisco se relacionó con Cristina Kirchner primero y con Mauricio Macri después. El notorio acercamiento reciente entre el Pontífice y el Presidente parecen haber llevado las cosas a un punto neutro, pero jamás indiferente ni distante, a gusto con los deseos que emanan del Vaticano.

Desde que en marzo de 2013 el cardenal Bergoglio fue ungido Papa, la política ha tratado de colgarse de su sotana con más o menos disimulo. Desde la pirueta grotesca del kirchnerismo que pasó sin respiro del insulto a la alabanza, a la pretendida austeridad y discreción del macrismo convertida por momento en frialdad, todos intentaron lo mismo. Hoy, con esfuerzos de todas las partes, las cosas parecen haberse acomodado a un término medio, más sensato y menos impostado. Habrá que ver cuánto dura.

Los políticos opositores que orbitan en la mayor cercanía con la Iglesia, y que habían hecho su bonita contribución al ruido entre el Vaticano y la Casa Rosada, comprendieron el mensaje y están inmersos en una moderación beatífica.

Un ejemplo de esto fue el encuentro sostenido días atrás por quienes resolvieron llamarse a sí mismos “Seguidores de Francisco”. El anfitrión fue el último embajador de Cristina en el Vaticano, Eduardo Valdés. Estuvieron Julián Domínguez, ex presidente de la Cámara de Diputados, ahora abocado a la recomposición peronista en la Provincia; Gustavo Vera, legislador porteño y hombre de indudable cercanía con el Papa; Sergio Acevedo, ex gobernador de Santa Cruz enfrentado sin retorno a los Kirchner y –sorpresa de la noche– el senador Pino Solanas. Por razones de agenda faltó Gustavo Béliz, ex ministro de Menem y Kirchner y, como Acevedo, raleado del poder por su postura firme contra la corrupción.

Cuidadosos de no disgustar al Papa, respetando sus diferencias de historias y objetivos, los convocados hablan de “reconstruir el proyecto nacional”, se plantean espacios de trabajo más amplios que el peronismo y piden que no se otorgue a esta iniciativa ninguna intención político-partidaria. Será cuestión de verlos andar.

El Papa, como es público, viene de elogiar las calidades personales de Macri y de resaltar la vocación social de la gobernadora María Eugenia Vidal y la ministra Carolina Stanley. Ha dicho, y mandado decir, que en la relación institucional su representante y vocero autorizado es sólo el cardenal Mario Poli, a quien él mismo elevó a esa jerarquía hace poco más de dos años, además de nombrarlo arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina.

Quienes dicen conocer la entretela de la Iglesia apuntan que más allá de lo institucional, para auscultar el pensamiento profundo del Papa también hay que escuchar al arzobispo Víctor Manuel Fernández, rector de la Universidad Católica. Y para las cuestiones centradas en lo social, al antes mencionado obispo Lozano. En ellos se hallarán los señalamientos más severos, revestidos de menos precauciones diplomáticas.

Todos se cuidan de aparecer entreverados en el juego político cotidiano. Aunque pocos bordean tanto ese riesgo como el titular de la Pastoral Social de Buenos Aires, padre Carlos Accaputo, un hombre de extensa y cercana relación con el Papa, de quien fuera colaborador directo en el Arzobispado y hasta su consagración en el Vaticano.

Accaputo habla de todo con todos. No hay político ni sindicalista para quien tenga vedado el acceso. Por la naturaleza misma de su tarea, y por su propia naturaleza, orilla la zona de contacto de la que hoy la Iglesia busca resguardarse.

El último embrollo que afronta es la marcha de mañana, desde la iglesia de San Cayetano a Plaza de Mayo, que organizan los movimientos sociales y sus referencias políticas. Raro para el padre Accaputo, que no es un principiante en estos menesteres, pero sus amigos dicen que se sorprendió cuando trascendió que él había alentado –y algo más– esta demostración. Alguien, al parecer, lo hizo girar en descubierto. “Nosotros no nos metemos en cuestiones operativas; lo que hacemos es acompañar pastoralmente a los que sufren más necesidades”, puntualizó enseguida Accaputo a sus allegados.

En ese mismo tren de “acompañamiento pastoral”, abundó, fue que acudió esta última semana a la Legislatura porteña, como antes había ido al Congreso, junto a partidos de oposición y movimientos sociales, para abogar por una ley de emergencia social.

La marcha de hoy, en el día de San Cayetano, patrono del trabajo, está impulsada por el Movimiento Evita, Barrios de Pie y la Corriente Clasista Combativa. Un dirigente peronista, pícaro observador de la política, apunta que se trata de las principales organizaciones que representan a decenas de miles de cooperativistas. Una gran demostración de fuerza, explica, les dará más fuerza para negociar con las autoridades el flujo de dinero que les llega desde el Estado.

Aún sin participación formal ni oficial, se espera que unos cuantos curas, provenientes de parroquias del Gran Buenos Aires y de las zonas más humildes de la Capital, participen en la manifestación de hoy.

Hubo incluso cierta confusión: en el Arzobispado porteño se recibieron consultas de diócesis vecinas para averiguar de qué modo participaría la Iglesia. Les explicaron que no había tal cosa. Al menos, no de manera orgánica.

Pero la política no cede en su intención de articularse con la Iglesia. Y más de una vez mira y juzga la actitud de obispos y curas según los parámetros de su propia actividad, que es de otro orden y jurisdicción.

Así, puede escucharse la calificación de “macrista” para la jerarquía católica en el país, como contraste con el papa Francisco, que claramente no lo es. La observación, claro, va por cuenta de un hombre del peronismo que tiene muchos lazos con la Iglesia.

Están también quienes dicen que la jerarquía local no trabajó sobre el documento del Papa a propósito de San Cayetano, donde advirtió que los índices de desempleo en el país “son significativamente altos”. Fue a través de una carta al titular del Episcopado, monseñor José María Arancedo.

El presidente Macri salió a dar su propia, curiosa interpretación sobre esas palabras: dijo que Francisco “describió que el pan que se paga con el esfuerzo propio tiene otro sabor”. La queja de algunos opositores peronistas es que la Iglesia “no hizo nada” tras la carta de Francisco y les dejó todo el escenario a los movimientos sociales y grupos políticos que hoy marcharán desde San Cayetano, en el barrio de Liniers.

¿Qué podía hacer la Iglesia?, se pregunta. La respuesta es “algo”. Como organizar de apuro algún encuentro entre dirigentes políticos y sociales para “discutir el valor del trabajo”. Algo. A cambio, dicen estos críticos que piden reserva de su nombre, “este domingo en lugar de tener un día de propuesta vamos a tener un día de protesta”.

En todo caso quien hizo “algo” fue Juan Grabois, promotor de la marcha de San Cayetano desde la CTEP que nuclea a trabajadores informales. En un artículo publicado el viernes en el diario La Nación, bajo el título “Tierra, techo y trabajo”, sostuvo: “La Argentina no está bien. Tampoco lo estaba hace un año ni hace diez. Pero hoy está peor. Falta pan. El espectáculo ha creado una falsa grieta mientras la verdadera se ensancha cada día”.

Grabois suele ofrecer muestras de ese discurso duro y tajante. Habla de política social pero no de política partidaria, aunque sus amigos dicen que es peronista y nunca fue kirchnerista. Ha dicho que el Papa “representa un rechazo a esa izquierda ilustrada, prejuiciosa de la tradición católica del pueblo”. Disfruta de la confianza y el afecto de Francisco, que en junio lo designó consultor del Pontificio Consejo de la Justicia y la Paz.

Lo que se dice, un hombre del Papa.

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