Desde las manos que “gotean sangre” del Domingo de Ramos, hasta aquellas que depongan las armas, invocadas en el mensaje para la Urbi et Orbi. Los llamamientos a la paz del Pontífice invitan a no dejarse superar por la indiferencia y la habituación, sino a creer con firmeza en el “Dios que rechaza la guerra”.
Por: Edoardo Giribaldi – Ciudad del Vaticano
Hermanos, hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, que nadie puede usar para justificar la guerra, que no escucha la oración de quien hace la guerra y la rechaza diciendo: “Aunque multiplicarais las oraciones, yo no escucharía: vuestras manos gotean sangre”.
Las manos impregnadas de esa savia vital ya derramada, invocadas por el Papa el Domingo de Ramos. Las mismas manos del Pontífice, estrechadas alrededor de la Cruz el Viernes Santo. Un “signo importante”, según su propia admisión, como “líder espiritual hoy en el mundo”, que abraza idealmente a “madres”, “parientes” y “amigos de los condenados”, obligados “a humillarse ante la autoridad para recibir los restos martirizados” de una persona querida. Y finalmente, esas mismas manos llamadas a deponer las armas y a resplandecer con la misma luz celebrada la mañana de Pascua desde la Logia central de la Basílica de San Pedro.
“Vuelve tu espada a su lugar”
La concreción de los gestos, la ternura de los sentimientos. Todo esto estaba en los llamados que, durante la Semana Santa, el Papa León XIV dedicó a la paz y al cese de los conflictos que azotan el mundo. El primer fotograma es el del Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro, frente a 40.000 fieles y 120.000 ramitas de olivo levantadas para simbolizar esa paz suave de la que Jesús, recordó el Pontífice, es tanto “rey” como “caricia”, mientras “otros empuñan espadas y bastones”. A ellos se dirigió el Pontífice con las mismas palabras pronunciadas por Cristo cuando uno de sus discípulos, según el relato evangélico, había sacado un arma para defenderlo.
Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada, de espada morirán
El rojo de la sangre que gotea, contrastado por ese mismo color que destacaba en los ornamentos litúrgicos, celebración de ese Dios que “no se armó, no se defendió, no peleó ninguna guerra”, afirmó el Pontífice.
En lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces plantadas en todo tiempo y lugar en la historia de la humanidad.
El olivo en Plaza de San Pedro para el Domingo de Ramos (@VATICAN MEDIA)“El bien no puede venir de la prevaricación”
La paz invocada por el Papa, especialmente en esta “hora oscura” para un mundo “contendido entre potencias que lo devastan”, tocó todo el conocimiento de la existencia humana. En la Misa Crismal del Jueves Santo, presidida en la Basílica de San Pedro, León XIV recordó cómo “el bien no puede venir de la prevaricación” en cualquier ámbito, no solo pastoral sino también social y político.
La ocupación imperialista del mundo se interrumpe entonces desde dentro, la violencia que hasta hoy se hace ley queda al descubierto. El Mesías pobre, prisionero, rechazado, cae en la oscuridad de la muerte, pero así trae a la luz una creación nueva.
“Cristo nos da un ejemplo de dedicación, de servicio y de amor”
La tercera imagen inmortaliza las manos, aún las del Pontífice, que, en la Misa de la Coena Domini en la Basílica de San Juan de Letrán, lavaron los pies a los jóvenes sacerdotes consagrados por él mismo. Un gesto que, en palabras de León XIV, recordó el poder purificador de Dios. Él lava no solo la sangre que gotea de los conflictos, sino también la imagen distorsionada que ellos devuelven: las “idolatrías” y las “blasfemias” que la ensucian. Y con ellas el Señor limpia también al hombre mismo.
El que se cree poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se cree grande cuando es temido. Verdadero Dios y verdadero hombre, Cristo nos da en cambio un ejemplo de dedicación, de servicio y de amor.
Lavatorio de pies en Jueves Santo (@Vatican Media)Sobre las “huellas” de Jesús
Los llamados del Papa sobre la paz remiten a la continua dicotomía entre mal y amor. De la misma manera, las meditaciones escritas por el padre Francesco Patton, ya custodio de Tierra Santa, para el Vía Crucis presidido por el mismo Pontífice, identificaron una ambivalencia similar, recorriendo la misma senda transitada por Jesús entre personas que compartían “la fe” y “otros que se burlan e insultan”. “Así es la vida de todos los días”, escribió el fraile menor: así es el camino trazado siguiendo “las huellas” de Jesús, como afirmó el Pontífice recitando la Oración Omnipotens compuesta por San Francisco de Asís, junto a unos 30.000 fieles presentes en el Coliseo en la noche del Viernes Santo.
El Vía Crucis en el Coliseo (@VATICAN MEDIA) (@Vatican Media)“Dios no quiere nuestra muerte”
Es nuevamente la oscuridad, esta vez preludio de la mañana de Pascua, la que acompañó la vigilia en la Basílica de San Pedro llena de 6.000 personas. Dios “no quiere nuestra muerte”: este fue el llamado del Papa, urgente frente a la narrativa de los conflictos que reduce a las víctimas a fríos números.
El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, que va más allá de la muerte y que ninguna tumba puede aprisionar.
León XIV exhortó a dar vida a un “mundo nuevo, de paz, de unidad”, partiendo de los fracasos de la humanidad, con referencia al mar por el que Dios liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto. Un elemento que el Pontífice definió “puerta de entrada” para el inicio de una vida “libre”, pero también “lugar de muerte”, justo mientras la crónica devolvía otra tragedia en el Mediterráneo: el naufragio de una embarcación que salió de Libia, causando más de 70 desaparecidos, y los relatos de los supervivientes, en estado de shock, en Lampedusa. El lugar donde León XIV se dirigirá el próximo 4 de julio.
“El Señor está vivo y permanece con nosotros”
La noche, el amanecer y luego la Misa en el día de Pascua. El cielo claro de la Plaza de San Pedro, 60.000 fieles presentes. Ciertamente, el mal no se borra en un día: la guerra “mata y destruye” y la amenaza siempre acecha:
La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos parciales, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva desde todos lados por los abusos que aplastan a los más débiles, por la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, por la violencia de la guerra que mata y destruye.
Pero se puede y se debe recoger la invitación pascual a “levantar la mirada”, vislumbrando el “espacio para una nueva vida que surge”, más allá de los sepulcros y del dolor.
El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de grietas de resurrección que se abren en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino final de nuestra vida.
El Papa en Plaza de San Pedro para la Misa del día de Pascua (@VATICAN MEDIA) (@Vatican Media)“La fuerza con la que Cristo ha resucitado es totalmente no violenta”
Es la invitación final del Pontífice, que también resuena en el tradicional mensaje para la Urbi et Orbi.
Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes a la muerte de miles de personas. Indiferentes a las repercusiones de odio y división que los conflictos siembran. Indiferentes a las consecuencias económicas y sociales que producen y que todos percibimos.
Porque si en el mundo hay batallas, el ejemplo para vencerlas surge de la Pascua: manos que abrazan, y que no empuñan armas.
La fuerza con la que Cristo ha resucitado es totalmente no violenta.
Una exhortación que resuena en el llamado dirigido el martes pasado en Castel Gandolfo por León XIV al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y a los líderes del mundo:
Vuelvan a la mesa para dialogar, busquemos soluciones a los problemas, busquemos maneras de reducir la violencia que estamos alimentando. Y que la paz, especialmente en Pascua, esté en nuestros corazones.


Comentá la nota