La figura de Jorge Bergoglio marcó un antes y un después: fue el primer pontífice latinoamericano y jesuita, impulsó reformas profundas, enfrentó resistencias y dejó una huella global con su sencillez, humildad y su defensa de los más vulnerables.
Por: Sergio Rubin
Por Sergio Rubin
Jorge Mario Bergoglio les decía a los jóvenes en Buenos Aires que hay que ir por la vida dejando huella. En su caso, ¡vamos sí dejó huella! Por lo pronto, porque llegó a ser el primer papa de América Latina en dos mil años de cristianismo. Toda una novedad en una institución hasta entonces muy eurocéntrica. También, el primero de una orden -la de los jesuitas- de la que parecía que nunca surgiría un sucesor de Pedro debido a la gravitación que llegó a tener siglos atrás en la sociedad y que generaba recelo entre los poderosos y el propio Vaticano, al punto que un pontífice la suprimió. Además, porque fue el primero que se animó a tomar el nombre de Francisco de Asís, uno de los santos más emblemáticos, que buscó purificar a la Iglesia en tiempos en que estaba demasiado apegada a la riqueza y el poder.
Tantas sorpresas estuvieron precedidas en aquel momento de otra no menor: la histórica renuncia de Benedicto XIV, la primera de un pontífice en siete siglos, que estremeció a la Iglesia. Y que, dicho sea de paso, allanó el acceso de Bergoglio al trono de Pedro porque si hubiera seguido unos años más habría dejado fuera de carrera al argentino por su edad. Es que al momento de su elección tenía 76 años. De hecho, Francisco llegó a ser visto inicialmente como un papa de transición, pero sus doce años de papado significaron un fuerte sacudón interno por la actitud de apertura a todos los fieles -divorciados vueltos a casar, gays, etc.-, su defensa de los pobres y de los inmigrantes, la promoción del diálogo interreligioso y el cuidado del medioambiente, y, en fin, sus esfuerzos en favor de la paz.
Su sencillez y austeridad constituyeron una marcha indeleble de su pontificado desde su primer día. Cuando lo revestían de blanco para su aparición en el balcón de la basílica de San Pedro, rechazó los tradicionales zapatos rojos y la muceta (una capa también roja que va de los hombros hasta la cintura). Tampoco quiso vivir en los aposentos papales, pero no porque los consideraba lujosos, sino porque creía que quedaría aislado. “Es una cuestión psiquiátrica”, explicó. Optó por la residencia Santa Marta, el hotel del Vaticano, siempre muy concurrida. Y pidió desplazarse en un auto común y corriente. Al fin y al cabo, en su primer encuentro con los periodistas les había dicho que anhelaba “una Iglesia pobre para los pobres” y él estaba dando el ejemplo.
Pero Jorge Bergoglio sabía perfectamente que una serie de urgencias en extremo desafiantes lo esperaban. Porque la Iglesia estaba atravesando un momento muy delicado en varios frentes. En las dos semanas de los debates previos a su elección los cardenales de todo el mundo lo habían puntualizado en tres aspectos: el combate a la pedofilia cometida por miembros del clero -en los últimos años habían salido a la luz una catarata de casos-, el impulso a una mayor transparencia en las finanzas vaticanas -las sospechas de corrupción de la mano de pujas de poder, nada novedosas, por cierto, estaban a la orden del día- y, finalmente, una revitalización del mensaje religioso, que lucía alicaído.
La pregunta que muchos observadores del quehacer vaticano se hacían era hasta donde iba a poder avanzar Francisco en todos esos aspectos a los que habría que sumar su deseo de una curia romana más despojada y a la vez menos controladora y más servidora de la Iglesia en los diversos países. “Este hombre tiene buenas intenciones, pero contra la curia romana no se puede”, decían. El propio Benedicto XVI había señalado entre las razones que lo llevaron a dimitir que le faltaba fuerza anímica para afrontar los desafíos. Pero no sólo hacía falta un renovado ímpetu, sino también la capacidad de conducción que evidenció Francisco para vencer lo que definía como “resistencias”.
El flagelo de la pedofilia era lo más tremendo. En 2002, la célebre investigación del diario The Boston Globe, lo sacó a la luz y reveló el repudiable criterio de ocultar los casos y trasladar a destinos lejanos a los curas abusadores para “evitar el escándalo”. Desde entonces muchos otros casos trascendieron en diversos países. Benedicto XVI había comenzado a afrontar con decisión esta lacra, pero Francisco fue completando esa lucha con una catarata de medidas. Hoy los pasos a seguir ante una denuncia son muy claros y las expulsiones no sólo alcanzan a los pedófilos, sino también a los obispos que no observan los protocolos. Aunque no podía ser de otra manera.
Pero si el flagelo de la pedofilia era muy desafiante y demandaba además de normas un cambio cultural alejado de actitudes corporativas, la lucha por la transparencia económica no era un reto menor. Hacía varias décadas que había sucedido el sonado escándalo del banco vaticano, con muertes mafiosas incluidas, pero los casos de corrupción seguían. De entrada, Francisco ordenó una revisión de las 5.000 cuentas. Muchas fueron cerradas. Con el paso de los años fue tomando numerosas medidas y estableciendo auditorías externas cuyos resultados fueron elogiados por organismos internacionales de control de lavado de dinero.
En realidad, las “resistencias” que afrontó Francisco fueron más allá de las relacionadas con actitudes corporativas, corruptelas u oropeles. Su propósito de una Iglesia de puertas abiertas permitiendo que los católicos separados en nueva unión pudieran comulgar o evitando la discriminación de personas por su condición sexual lo enfrentó con los sectores más conservadores. Su defensa de los inmigrantes y su condena a un capitalismo sin rostro humano y a una economía especulativa en vez de productiva también le granjearon críticas de sectores liberales. Además, sus exhortaciones al cuidado del medioambiente generaron el rechazo soterrado de empresas de energía.
Tampoco Jorge Bergoglio se salvó de críticas en su propio país donde una parte de sus compatriotas le achacaron una simpatía por el kirchnerismo luego de haber sufrido una campaña persecutoria de parte del matrimonio presidencial cuando era arzobispo de Buenos Aires. Tanta controversia -que contrastó con la extendida emoción que causó su elección- acaso provocó que Francisco dejara este mundo sin haber visitado su país. Quizá el paso del tiempo provoque una reflexión menos apasionada de su papel respecto de la Argentina.
Eso sí, las exequias del hasta ahora argentino más importante de la historia y los miles que visitan su tumba evidencian el aprecio y el respeto que generó en el mundo Francisco.


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