Desde el comienzo de su pontificado, Francisco mantuvo las prácticas de sus predecesores en torno de la vida internacional
Por Vicente Espeche Gil
El papa Francisco comenzó hace diez años el natural breve período de transición por el que pasa todo nuevo pontífice. Pero lo hizo con el valioso e inusual respaldo de su predecesor.
Al morir el gran Benedicto XVI, Francisco entra en el décimo aniversario de su pontificado en circunstancias excepcionales: hoy, para la Iglesia y la Santa Sede que la representa en su rol internacional, la nota saliente y doliente en el mundo es el conflicto bélico en Ucrania, la herida abierta más grave y cruenta de la guerra en pedazos que Francisco ha venido denunciando insistentemente desde que llegó a Roma. Por añadidura, Putin no ha dudado en amenazar veladamente con la posibilidad de una escalada nuclear, lo que ahonda la incertidumbre respecto del futuro de la paz y de toda la agenda mundial.
La agresión contra Ucrania representa, además, una herida profunda en el proceso ecuménico. En efecto, el patriarca Kirill, cabeza de la Iglesia Ortodoxa Rusa, actúa como cómplice de Putin, a quien le brinda una justificación pseudo-religiosa que poco tiene que ver con la fe cristiana.
Antes de que se produjera la invasión rusa, Francisco había hecho oír su voz, en repetidas oportunidades. Decía en enero de 2012 ante el Cuerpo Diplomático en la Santa Sede: “Como una auténtica guerra mundial combatida por partes, se extienden, con modalidades e intensidades diversas, a diferentes zonas del planeta, como en la vecina Ucrania, convertida en un dramático escenario de confrontación”. Y también: “Deseo que, mediante el diálogo, se consoliden los esfuerzos que se están realizando para que cese la hostilidad, y las partes implicadas emprendan cuanto antes, con un renovado espíritu de respeto a la legalidad internacional, un sincero camino de confianza mutua y de reconciliación fraterna que permita superar la crisis actual”.
Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI habían lidiado con cuestiones internacionales antes de ser Papas. No fue así con Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. De éstos tres, el único que había vivido en Roma, y trabajado en la Curia romana ya cardenal, fue Ratzinger. Francisco, en diálogo con un periodista en un vuelo, en 2017, admitía con la candidez del lenguaje llano que “no comprendía la dureza del mundo de la geopolítica”. Pero, en todo caso, al igual que sus predecesores, cuenta con el valioso respaldo de la Secretaría de Estado, considerada como uno de los aparatos diplomáticos más eficientes del mundo.
Desde el comienzo de su pontificado, Francisco mantuvo las prácticas de sus predecesores en torno de la vida internacional: la bendición semanal desde la plaza de San Pedro, los mensajes anuales por la Jornada Mundial de la Paz, la visita a la sede de la ONU en Nueva York (práctica inaugurada por Pablo VI) y sus encuentros anuales con los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede. También tomó iniciativas inusuales: pocos meses después de acceder al trono de Pedro, dirigió una carta a Putin en su carácter de anfitrión de la reunión del G-20, en la que abogaba por la reconsideración de las condiciones para el pago de la deuda exterior de los países en desarrollo.
Más allá del horror que cualquier guerra genera, ésta en particular puso en evidencia la ineficacia del régimen de seguridad colectiva de las Naciones Unidas, la fragilidad de la paz mundial vulnerada y el riesgo grave de una extensión geográfica y cualitativa que incluya el uso de armas nucleares.
La política internacional es un dinámico entramado de poderes e intereses desiguales, hasta un cierto punto moderados por negociaciones plasmadas en los instrumentos del derecho internacional. El sistema político que crean los países en sus múltiples relaciones es básicamente inestable, no obstante haya períodos de duración variable en los que predominan relaciones donde los intereses de unos y otros adquieren un relativo equilibrio.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, más horrorosa aún que las que la precedieron, se intentó crear un sistema de seguridad colectiva que no logró impedir los sucesivos conflictos armados internacionales que se sucedieron en Medio Oriente, Corea, África, Europa y América Latina, al último de los cuales asistimos hoy en Ucrania. La historia atestigua la fragilidad de los sucesivos sistemas internacionales con los que la Iglesia ha convivido a lo largo de los siglos, admitiendo, condenando y pidiendo perdón por sus propios errores.
El Papa que llegó de lejos, del sur de América, guía la Iglesia, a la que ve y presenta como un hospital de campaña. Desde esta perspectiva original, Francisco ha ido fijando desde los primeros días su visión y las prioridades de acción de la Iglesia en la vida internacional.
Su visión es crítica respecto del rumbo que lleva Occidente: “El extremismo y el fundamentalismo se ven favorecidos no sólo por una instrumentalización de la religión en función del poder, sino también por la falta de ideales y la pérdida de la identidad, incluso religiosa, que caracteriza dramáticamente al así llamado Occidente”, decía en 2016. En ese contexto, pone énfasis en la olvidada periferia. Su primer viaje como Papa fuera de Roma se concretó hacia la isla de Lampedusa, con lo que expuso ante el mundo el drama de las migraciones internacionales, forzadas por las guerras, la violencia, la pobreza y en todo caso la injusticia.
La perspectiva de un Papa no europeo enriquece la visión del mundo de la Iglesia, aunque su actitud y su mensaje novedosos despiertan sorpresa. La sociología enseña que los cambios generan resistencias. Francisco advierte contra la colonización ideológica de los más fuertes y los más ricos en detrimento de los más pobres y débiles: “La ideología, que se sirve de los problemas sociales para fomentar el desprecio y el odio y ve al otro como un enemigo que hay que destruir, es enemiga de la paz”, decía en 2017. Dos años después denunciaba, ante los diplomáticos, “la creciente preponderancia de poderes y grupos de interés en los organismos internacionales que imponen la propia visión e ideas, desencadenando nuevas formas de colonización ideológica, que a menudo no respetan la identidad, la dignidad y la sensibilidad de los pueblos”.
En su encíclica Laudato si, se hizo eco de la vulnerabilidad de la naturaleza, la madre tierra que nos alberga a todos. Ella es también lugar doloroso para los invisibilizados en un mundo económica y socialmente injusto, que obliga a muchos a migrar. La tierra muestra las llagas abiertas a nivel global, la constatación palmaria de la incapacidad del sistema internacional vigente para resolver los problemas de paz, justicia y fraternidad.
A su vez, en la encíclica Fratelli Tutti formuló un llamado a la fraternidad y a la amistad social como medios de reconstrucción de un mundo herido, donde estamos conectados mediante pantallas pero aislados unos de otros. Un mundo donde campea el egoísmo y la autorreferencialidad y crecen las polarizaciones políticas. Allí donde prevalecen las sombras de un mundo cerrado, Francisco invita a propiciar espacios de encuentro, perdón y reconciliación, desterrando la violencia y el terrorismo religioso.
Desde el comienzo de su pontificado, no ha dejado oportunidad para abogar por la paz en todos los cuadrantes donde ella está herida o amenazada, como en Siria, entre israelíes y palestinos y en distintos focos de violencia en todos los continentes.
Agregó además una impronta personal, con gestos de impacto emotivo que contribuyeron a hacer más visible de horror a la violencia y la posibilidad de la paz. Además de Lampedusa, queda la imagen memorable del abrazo del Papa con el rabino Skorka y el Imam Abud ante el Muro de los Lamentos de Jerusalem en 2014. O, en plena pandemia, cuando nos ofreció el testimonio del Papa rezando, sólo, en la plaza vacía frente a la basílica de San Pedro. También fue un gesto altamente emotivo cuando, en abril de 2019, besó los pies de los contendientes que tienen poder para detener la violencia en Sudán, exhortándolos a optar por la paz. Fue también memorable su inusual y sorpresiva visita al embajador ruso ante la Santa Sede, apenas se desató la agresión de Putin contra Ucrania. Hace pocas semanas, en compañía de Justin Welby, arzobispo de Canterbury, y Lain Greenshields, moderador de la Asamblea de la Iglesia de Escocia, llegó a Sudán del Sur en peregrinación con un mensaje ecuménico en favor de la reconciliación y la paz.
Cabe también destacar que Francisco logró que la Santa Sede pudiera firmar el primer Acuerdo Provisorio con China sobre el nombramiento de obispos, estipulado en 2018, en el marco de “un diálogo respetuoso y constructivo para favorecer la misión de la Iglesia católica y el bien del pueblo chino”. El acuerdo, difícil, controvertido y esperanzador a la vez, fue renovado en octubre de 2022 por otro bienio. Francisco ha sido el primer Papa autorizado a sobrevolar el espacio aéreo chino.
No cabe duda de que para Francisco América Latina tiene un lugar especial en su interés, su preocupación y su esperanza. “Latinoamérica todavía está en ese camino lento, de lucha, del sueño de San Martín y Bolívar por la unidad de la región”, decía en una reciente entrevista a la agencia Télam. No son pocos los países de la región que en estos años han pasado o pasan todavía por difíciles coyunturas y que han afectado, y en algunos casos afectan todavía, valores que la Iglesia proclama y ponen en jaque la libertad religiosa.
Es el caso de Nicaragua. Ocurre con frecuencia que la Iglesia y el Papa hacen más de lo que es prudente publicar, una forma de vivir el martirio de la paciencia. No obstante, fue durante su visita a Cuba que Francisco habló en contra de la prisión perpetua, a la que calificó como “una muerte escondida”. Más recientemente, designó al cardenal Beniamino Stella como enviado papal a Cuba. Stella, en nombre del Sumo Pontífice, pidió que los presos políticos en Cuba sean liberados. Además, expresó el deseo de que “los cubanos puedan hacer realidad sus sueños, anhelos y esperanzas en su tierra”, en clara alusión a los cubanos que se vieron o se ven forzados a emigrar.
Los discursos de Francisco ante las Naciones Unidas y ante el Congreso de los Estados Unidos son memorables. Con sus palabras y sus gestos, Francisco demuestra la vigencia de una doctrina de la Iglesia sobre las relaciones internacionales, una doctrina que propone valores y critica las ideologías en general, y particularmente el populismo, el nacionalismo y el fundamentalismo. Una doctrina defensora de la vida, del “no matarás”, que aboga por la cooperación y la reconciliación y critica las penas de muerte y reclusión perpetua.
Sus repetidas advertencias sobre las amenazas a la paz mundial coinciden con las emitidas en el más alto nivel de la diplomacia global. A comienzos de febrero, el Secretario General de la ONU, António Guterres, decía: “Me temo que el mundo no está caminando sonámbulo hacia una guerra más amplia. Me temo que lo está haciendo con los ojos muy abiertos”, en referencia a Ucrania y otras amenazas a la paz, desde el conflicto israelí-palestino hasta Afganistán, Birmania, el Sahel y Haití.
En estos diez años, Francisco ha efectuado ya más de cincuenta viajes pastorales por todos los continentes; once países en América. Hasta ahora, ninguno de esos viajes incluyó la Argentina, donde es esperado por su pueblo para decirle que es querido y que desea verlo y oírlo cara a cara, para seguirlo como su padre y pastor.


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