Catequesis de León XIV sobre la Constitución pastoral “Gaudium et Spes”

Catequesis de León XIV sobre la Constitución pastoral “Gaudium et Spes”

El Papa presidió este miércoles la Audiencia General en la plaza de San Pedro del Vaticano y continuó con el ciclo de catequesis sobre la Constitución pastoral Gaudium et Spes. Lea aquí la catequesis completa del Santo Padre.

 

Por Papa León XIV

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos! Al dedicar su segundo capítulo a la «comunidad humana», la Constitución Gaudium et Spes (GS) invita a considerar la «multiplicación de las relaciones entre los hombres» como «uno de los aspectos más importantes del mundo actual» (n. 23).

Sin embargo, esta realidad necesita alcanzar su plenitud «más profundamente en la comunidad de las personas», para la cual es indispensable «el respeto mutuo de su plena dignidad espiritual» (ibíd.). Son afirmaciones cuya urgencia se ha incrementado en nuestros días.

Por una parte, el desarrollo tecnológico, la difusión de los medios de comunicación y de las redes sociales, así como el recurso cada vez mayor a la inteligencia artificial, abren nuevas posibilidades, derribando barreras y distancias; por otra, las relaciones tienden a ser cada vez menos personales y más virtuales, y existe el riesgo de acostumbrarse a delegar en algoritmos decisiones que corresponden únicamente a la conciencia humana.

Hacer que las relaciones sociales tengan un auténtico espesor humano y una verdadera profundidad personal es, en este sentido, la contribución que la comunidad cristiana se propone ofrecer. El Concilio invita a inspirarse en el proyecto creador de Dios, que quiso que «todos los hombres constituyeran una sola familia y se trataran entre sí como hermanos»; por ello, «el amor a Dios y al prójimo es el primero y más grande mandamiento», que en Cristo ha tenido su plena revelación y realización (cf. GS 24).

El perfeccionamiento de la persona humana y el desarrollo de la sociedad deben considerarse estrechamente interdependientes: contraponerlos o separarlos significaría frustrarlos. La historia, también la más reciente, confirma claramente esta verdad y, por ello, no debemos cansarnos de repetir con los Padres del Vaticano II que «la persona humana, que por su propia naturaleza necesita absolutamente de la vida social, es y debe ser el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales» (GS 25).

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Desde esta perspectiva, Gaudium et Spes afirma que la diversidad de las personas y de los pueblos en el mundo no debe considerarse un peligro o una amenaza, sino una potencial fuente de enriquecimiento y crecimiento. La confrontación, que a veces degenera en violencia, es fruto del poder del pecado y de cómo este condiciona las mentalidades y las acciones, a todos los niveles, causando destrucción y muerte.

Es necesario abrirse cada vez más a la lógica de la reciprocidad, del compartir y del cuidado mutuo, como sucede también entre los distintos miembros del cuerpo humano (cf. 1 Co 12, 21-25). En este punto, la Constitución pastoral ofrece también una definición sintética del «bien común», recordando que consiste en «el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten tanto a los grupos como a cada uno de sus miembros alcanzar más plena y fácilmente su propia perfección» (GS 26).

Al mismo tiempo, reconociendo la interdependencia entre los pueblos, afirma que «todo grupo debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos, e incluso el bien común de toda la familia humana» (GS 26). A partir de este planteamiento, los Padres conciliares señalan algunas «consecuencias prácticas de mayor urgencia» (GS 27). En primer lugar, el respeto a la persona humana.

Dice Gaudium et Spes: «Todo lo que atenta contra la vida misma, como cualquier tipo de homicidio, el genocidio, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas físicas y mentales, las coacciones psicológicas; todo lo que ofende la dignidad humana, como las condiciones de vida infrahumanas, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de mujeres y jóvenes, o las indignas condiciones de trabajo en las que los trabajadores son tratados como simples instrumentos de lucro y no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente vergonzosas» (ibíd.).

La segunda consecuencia es el respeto y el amor incluso hacia los adversarios o hacia quienes tienen formas de pensar y actuar distintas de las propias (cf. GS 28).

En tercer lugar, la igualdad fundamental de todos los seres humanos, que exige justicia social. Dice el documento: «Toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea por motivos sociales o culturales, por razón de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser superada y eliminada por ser contraria al designio de Dios» (GS 29). Finalmente, los Padres conciliares exhortan a superar la mentalidad individualista y a asumir una actitud de responsabilidad y participación (cf. GS 30-31).

Queridos hermanos y hermanas, esta visión de la humanidad como «comunidad de personas» es una valiosa herencia que nos dejó el Concilio Vaticano II. Nos ayuda a todos a realizar un discernimiento personal y comunitario para evaluar responsablemente los proyectos sociales y políticos de hoy a la luz de los criterios de la dignidad de la persona humana, la justicia social y la libre participación en la construcción del bien común. Porque el futuro de la humanidad depende del compromiso de cada uno para colaborar con Dios y con los hermanos en la construcción de un mundo más humano.

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