Durante la Audiencia General celebrada este miércoles, el Papa León XIV instó a superar las “falsificaciones y manipulaciones” que impiden la plena realización de la dignidad humana.
Por Victoria Cardiel
“Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando las numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su percepción y obstaculizan su realización”, señaló el Pontífice al continuar con el ciclo de catequesis dedicado a la constitución conciliar Gaudium et spes, cuyo primer capítulo aborda la dignidad de la persona humana.
En concreto, este documento del Magisterio de la Iglesia subraya que la dignidad humana es el fundamento y la condición de aquellos “valores que hoy disfrutan la máxima consideración”, aunque advierte de la necesidad de no perder la relación con “su fuente divina, para sustraerse a las posibles distorsiones debidas a la corrupción del corazón humano”.
El Pontífice constató desde el atrio de la Plaza de San Pedro del Vaticano que el camino pendiente para la plena realización de la dignidad humana “debe afrontar las contradicciones, antiguas y nuevas, que impiden su plena realización”.
Asimismo, recordó que la Iglesia ofrece una contribución clara en este ámbito al reafirmar que la dignidad humana brota del mismo ser de la persona, y citó, en este contexto, su reciente encíclica Magnifica humanitas.
En este sentido, explicó que la dignidad infinita del ser humano se arraiga “en su identidad de criatura hecha a imagen de Dios, capaz de conocer y amar a su Creador” y que, por tanto, la persona “implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás”.
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Además, enfatizó: “Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio”.
El Santo Padre presentó las decisiones contrarias a la dignidad humana adoptadas a lo largo de la historia como una de las causas de la “división íntima del hombre”.
“Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”, afirmó, citando la Gaudium et spes.
Asimismo, llamó a superar las “visiones dualistas” que separan el cuerpo del alma, al recordar que “la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona”.
El cuerpo no es un “objeto”
“La reducción del cuerpo a un objeto, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona”, aseguró.
En este contexto, recordó que el ser humano “no debe [...] despreciar la vida corporal del hombre”, y que es necesario “tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día”, vigilando que este no “permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón” (GS, 14), puesto que todos están heridos por el pecado.
Según explicó, solo en Cristo “encuentra verdadera luz el misterio del hombre”; de Él se recibe luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él se camina hacia la resurrección.
“Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la fuerza del Evangelio”, concluyó.

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