Los silencios de Su Santidad

Los silencios de Su Santidad

Más de una vez hemos explicado en estas páginas que, sobre todo en nuestra era de información incesante, lo que un líder mundial calla es tan significativo como lo que dice. Y el silencio de Francisco sobre los abusos en China empieza a ser ensordecedor.

¿Se acuerdan de los rohingya? Son un pueblo de confesión musulmana que, procedente de Bangladesh, ha ido a lo largo de las décadas asentándose en el estado birmano de Rajine, trastocando su equilibrio demográfico, antes abrumadoramente budista. Hubo conflictos entre la antigua población y la nueva, y el gobierno birmano respondió con medidas represivas. Nada excesivamente novedoso.

Los rohingya fueron sensación por una temporada. El Papa insistió durante días y días sobre su triste destino, denunciando su exterminio y pidiéndonos nuestro compromiso para acabar con semejante desafuero. Fue así como conocimos que existían. Dudo que se haya resuelto su situación, pero ha pasado su momento bajo los focos.

¿Y los uigures, saben quiénes son? Son una etnia túrquica que ocupa lo que ahora es la provincia china de Xinjiang, antes conocida como Turkestán Chino. El Gobierno chino tiene dos cosas contra esta población: que no son Han (étnicamente chinos) y que son musulmanes. Así que ha iniciado lo que numerosos medios en todo el mundo han calificado de campaña de genocidio, con campos de concentración, detenciones arbitrarias, programas de esterilización, torturas, prohibición de prácticas religiosas… No es imposible que el panorama se preste a exageraciones e incluso a campañas de propaganda antichina por parte de Estados Unidos, pero eso también puede decirse de los rohingya, que lejos de ser esas víctimas pasivas del cuadro que se pintó en su día, cometieron no pocas masacres sobre sus vecinos budistas.

Lo que sí parece claro es que el Gobierno chino tiene un interés evidente en ‘sinificar’ la provincia y es poco probable que respete los derechos humanos de los interesados. Otro tanto, por supuesto, puede decirse de los propios fieles chinos de cualquier parte del país, que ven como sus iglesias y santuarios son demolidos, sus cruces e imágenes retiradas, arrestados los sacerdotes que se niegan a integrarse en la asociación católica patriótica controlada por el Partido Comunista y obligados a oír en sus misas y ritos alabanzas al socialismo.

Pero el Papa calla. Calla incluso cuando le preguntan a quemarropa, como pasó en el vuelo de vuelta a Roma tras su periplo africano. Le interrogó un periodista sobre la represión del movimiento disidente de Hong Kong y Su Santidad se zafó, logró no condenarlo explícitamente y vino a decir que en todas partes cuecen habas.

Ahora, esa actitud es comprensible. Un Papa puede optar por no juzgar explícitamente la conducta de los estados por razones diplomáticas, o por pruritos de no injerencia, o para que no se politice su mensaje. Pero no es el caso del Papa Francisco.

Su Santidad condena y ha condenado lo que le parece mal en otros estados. Sonríe y anima y consuela a unos líderes e ignora o censura a otros. No es tímido en absoluto a la hora de mostrar sus simpatías y antipatías en el panorama internacional. Y si es necesario ponerle nombre a las cosas, se lo pone, como hizo con los rohingya.

Por eso pesa su silencio. Porque China no es meramente una tiranía vocalmente anticristiana, sino una tiranía enorme y poderosísima. Comparada con ella, Birmania es un país marginal; y comparados con los uigures, los rohingya no lo tienen tan mal.

Y esa es la cosa, que cuando te niegas empecinadamente a criticar a la mayor tiranía del planeta (“¿Por qué calla Francisco?”, se desespera el cardenal Zen) y a sus feroces campañas de represión contra pueblos enteros, es difícil mantener la credibilidad para denunciar otros desmanes

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