El Papa León XIV explica que la santidad no se puede reducir a “un compromiso ético”

El Papa León XIV explica que la santidad no se puede reducir a “un compromiso ético”

La Constitución conciliar Lumen gentium volvió a ocupar un lugar central en la catequesis del Papa León XIV durante la Audiencia General de este miércoles, en la que el Pontífice subrayó que la santidad no es un “privilegio” reservado a una élite, sino una vocación y un don que compromete a todos los bautizados.

Por Victoria Cardiel.

“La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo”, recordó el Papa.

Según explicó, el Concilio Vaticano II enseña que la santidad consiste en tender a la perfección de la caridad, entendida como la plenitud del amor a Dios y al prójimo. “La caridad es el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados”, afirmó, señalando que su expresión más alta, como en los orígenes de la Iglesia, es el martirio, es decir, la disposición a confesar a Cristo incluso hasta el derramamiento de la sangre.

“Esta disposición para el testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan señales de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose por la justicia”, detalló el Pontífice en su catequesis.

En este camino, añadió, los sacramentos, y de modo particular la Eucaristía, son el alimento que hace crecer una vida santa, al conformar a cada persona con Cristo, modelo y medida de toda santidad.

En este sentido, aseveró que la santidad no tiene “solamente una naturaleza práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso ético, por grande que sea, sino que concierne a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria”.

El Pontífice recordó además que Lumen gentium define la santidad como una característica constitutiva de la Iglesia Católica, que se concibe como “indefectiblemente santa”. 

Sin embargo, precisó que esta afirmación no implica una perfección plena y acabada, sino una llamada “a confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna”, caminando, según dijo citando a San Agustín, “entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios”.

En este contexto, el Papa abordó también la realidad del pecado dentro de la Iglesia, subrayando que este hecho interpela a todos a un serio proceso de conversión personal y comunitaria. “La gracia infinita que santifica a la Iglesia nos confía una misión cotidiana: la de nuestra conversión”, afirmó.

El Papa reservó una parte significativa de su reflexión a la vida consagrada, a la que definió como un signo profético del mundo nuevo ya presente en el misterio de la Iglesia. En este sentido, señaló que los consejos evangélicos —pobreza, castidad y obediencia— son signos del Reino de Dios y dan forma a toda experiencia de vida consagrada.

León XIV concluyó destacando que estas virtudes no son límites a la libertad, sino “dones” liberadores del Espíritu Santo. De este modo, afirmó, las personas consagradas testimonian la vocación universal a la santidad mediante una forma radical de seguimiento de Cristo, recordando que incluso la experiencia del sufrimiento, vivida en unión con la pasión del Señor, puede convertirse en un camino de santidad y de transformación.

Sufrimiento, vía para la santidad

Así, el Pontífice explicó que no hay experiencia humana que “Dios no redima”. 

“Incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en una vía de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos refuerza así en toda prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor”, concluyó.

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