Ángelus en la plaza San Pedro: las rutas migratorias a menudo son utilizadas por los traficantes para reclutar nuevas víctimas. «No seamos observadores destacados frente al grito de hambre de los hermanos del mundo». «Nunca hay que tirar los restos de comida, hay que dárselos a quien pueda comerlos»
Ya sea «explotación laboral y sexual», «comercio de órganos», o «delincuencia forzada», de cualquier manera el tráfico de seres humanos es un crimen «vergonzoso» contra el que hay que luchar «con firmeza». Desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, donde recitó con miles de fieles el Ángelus, Francisco denunció con fuerza nuevamente esta plaga del mundo moderno, que «reduce en esclavitud a muchos hombres, mujeres y niños».
La ocasión fue la Jornada Mundial contra la Trata de Personas, promovida por las Naciones Unidas (todos los 30 de julio). Esta práctica horrenda, denunció Francisco, esclaviza a personas de todas las edades, provenientes de poblaciones vulnerables, con «el objetivo de la explotación laboral y sexual, del comercio de órganos, del fraude y de la delincuencia forzada». Y esto sucede «también aquí, en Roma... », dijo el Pontífice. «También las rutas migratorias son utilizadas a menudo por la s traficantes y explotadores para reclutar nuevas víctimas de la trata». Entonces, «es responsabilidad de todos denunciar las injusticias y contrarrestar con firmeza este crimen vergonzoso».
Los cristianos, en primer lugar, no pueden ser «espectadores destacados y tranquilos» frente «al grito de hambre (cualquier forma de “hambre”) de hermanos y hermanas en todas las partes del mundo», dijo el Papa en su catequesis, reflexionando sobre el Evangelio de hoy, que narra la multiplicación de los peces y de los panes. Bergoglio habló sobre este milagro de Cristo para darle de comer a la multitud que le había seguido a los alrededores del lago Tiberíades. El milagro, explicó, es fruto de esa mirada de «compasión» que Jesús tiene para cada hombre.
La página evangélica de hoy, de la narración de Juan, «nos muestra nuevamente a Jesús atento a las necesidades primarias de las personas», recordó el Papa. «El episodio surge de un hecho concreto: la gente tiene hambre y Jesús involucra a los discípulos para que sea saciada esta hambre. A la multitud, Jesús no se limitó a ofrecerle esto: le donó su Palabra, su consolación, su salvación y, al final, su vida. Pero ciertamente también hizo esto: se preocupó por la comida para el cuerpo».
Como cristianos, pues, como sus discípulos, «no podemos hacer finta de nada. Solamente escuchando las más simples peticiones de la gente y poniéndonos al lado de sus situaciones concretas existenciales, podremos ser escuchados cuando hablemos de valores superiores», indicó el Papa Francisco.
«El amor De Dios por la humanidad hambrienta de pan, de libertad, de justicia, de paz y, sobre todo de su gracia divina, nunca falta. Jesús continúa, hoy, quitando el hambre, haciéndose presencia viva y consoladora, y lo hace a través de nosotros», añadió. El impulso del Evangelio nos lleva a ser, pues, «disponibles y operados», porque frente «al grito de hambre (cualquier forma de “hambre”) de hermanos y hermanas en todas las partes del mundo», no podemos quedarnos tranquilos.
«El anuncio de Cristo, pan de vida eterna, exige un generoso compromiso de solidaridad por los pobres, los débiles, los últimos, los indefensos», insistió Francisco. «Esta acción de proximidad y de caridad es la mejor comprobación de la calidad de nuestra fe, tanto a nivel personal como a nivel comunitario».
Antes de concluir, el Papa se detuvo para reflexionar sobre un último aspecto: las palabras de Jesús a los discípulos cuando todos fueron saciados: «recojan los pedazos que sobraron, para que nada se pierda». Es una frase que demuestra que Jesús «Se preocupa de tal manera por las personas hambrientas, que pide que no se pierdan ni siquiera ls pedazos más pequeños de pan con el que las nutrió. A imitación de Cristo, la humanidad está llamada a hacer que los recursos que existen en el mundo no tengan objetivos de autodestrucción del hombre, sino que sirvan a su verdadero bien y a su legítimo desarrollo», aconsejó el Papa.
Este es un camino que comienza con pequeñas cosas, desde los ambientes domésticos. El Papa pidió, dirigiéndose a cada uno de los fieles: «Pienso en la gente que tiene hambre, en todas las sobras que nosotros tiramos... que cada uno de nosotros piense: las sobras que quedan de la comida, de la cena, ¿dónde acaban? ¿Qué se hace en mi casa con las sobras? ¿Se tiran? ¡No! Si tienes esta costumbre, te doy un consejo: habla con tus abuelos que vivieron después de la guerra y pregúntales qué hacían con las sobras. Nunca hay que tirar la comida que sobra, este es un consejo y un examen de conciencia».

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