El Papa y comunión y liberación

El Papa y comunión y liberación

Qué ocurrió realmente en Plaza San Pedro

Por Massimo Borghesi 

filósofo

No fue una cita formal, meramente “eclesiástica”, el encuentro del Papa Francisco con 800.000 miembros de Comunión y Liberación, el sábado 7 de marzo en la plaza San Pedro. Las palabras que resonaron en el discurso papal hizo que algunos hablaran de críticas abiertas, de “bastonazos”, de “un amor no correspondido”, de trato desigual en comparación con otros movimientos. En fin, para CL, acostumbrado a estar en el centro del escenario eclesial en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, habría llegado la hora del ocaso. En realidad, si se lee detenidamente el discurso del Papa en ningún momento se registra ese tono negativo que los críticos habituales de CL, sumados a los que no quieren a Francisco, consideran que tiene. Sin duda hay observaciones críticas, concretas y puntuales, pero están en profunda sintonía con lo que Luigi Giussani, el sacerdote que dio origen a la experiencia de Comunión y Liberación, en numerosas oportunidades ha repetido al mismo movimiento. Vale decir que la óptica papal no es la de alquien que siempre ha sentido desconfianza y aprovecha la oportunidad para una reprimenda, sino la de una persona que, valorando claramente el testimonio y el pensamiento de don Giussani, desea que la realidad que él prometió no se pierda en las estrecheces del formalismo, la autocomplacencia narcicista, los apetitos de poder o las desviaciones secularizantes.

¿DESAPEGO O PATERNIDAD? Sobre el aprecio que Bergoglio, ya como cardenal de Buenos Aires, sintió siempre por la persona de Giussani, no hay ninguna duda. En Argentina, en cuatro oportunidades presentó sus libros traducidos al español. En una de esas oportunidades declaró: “Desde hace muchos años los escritos de Monseñor Giussani han inspirado mi reflexión” (Cfr. M. Borghesi, Bergoglio e Giussani, “Terre d’America.it”). Y lo confirmó en la plaza de San Pedro: “Estoy agradecido a don Giussani por varias razones. La primera, más personal, es el bien que este hombre me hizo a mí y a mi vida sacerdotal a través de la lectura de sus libros y de sus artículos. La otra razón es que su pensamiento es profundamente humano y llega hasta lo más íntimo del anhelo del hombre”. Dentro del contexto de esta gratitud, que nunca ha expresando tan explícitamente por otro “fundador” de un movimiento, se deben colocar las puntualizaciones críticas, que en realidad se reducen fundamentalmente a una: la autorreferencialidad. Es una desviación de la que Francisco ha hablado constantemente en el curso de los dos años de su magisterio, y por lo tanto es una desviación que no afecta solamente a CL sino a la Iglesia en su conjunto. Una Iglesia que debía demoler los bastiones de la ciudadela asediada, con la ayuda del Concilio Vaticano II, y que a partir de los años 80 empezó en cambio a enroscarse de nuevo sobre sí misma, a identificar servicio con burocracia, a clericalizarse separando jerarquía y pueblo, a confiar en los espacios de poder residuales. Este proceso ha afectado todas las realidades eclesiales, incluyendo CL. El reclamo del Papa que resonó en la Plaza San Pedro está inspirado directamente en don Giussani: “La referencia al legado que les ha dejado don Giussani no puede reducirse a un museo de recuerdos, de decisiones tomadas, de normas de conducta. Comporta ciertamente fidelidad a la tradición, pero fidelidad a la tradición —decía Mahler— «significa mantener vivo el fuego y no adorar las cenizas». Don Giussani no les perdonaría jamás que perdieran la libertad y se transformaran en guías de museo o en adoradores de cenizas. ¡Mantengan vivo el fuego de la memoria del primer encuentro y sean libres!”..

¿QUÉ SIGNIFICA QUE “EN EL CENTRO NO ESTÁ EL CARISMA”? Esta libertad es la que ha faltado, en CL y en muchas otras partes. La gran tentación es reducir al fundador a un ícono, sistematizar el “discurso”, fijar su pensamiento en fórmulas, en citas que sirven para cualquier circunstancia. El resultado, entonces, es una monótona repetición de frases sacadas de contexto y destinadas a la autocelebración del carisma en función del poder dentro de la misma Iglesia. Son procesos ya conocidos, que atraviesan la historia de las órdenes religiosas y que el Papa ha estigmatizado tanto al referirse a “sus” jesuitas como en el discurso dirigido a los movimientos eclesiales en noviembre de 2014 (Cfr. M. Borghesi, Francisco y los movimientos. Preservar la frescura del carisma…). En el caso de Comunión y Liberación “el carisma original no ha perdido su frescura y su vitalidad”. Es un reconocimiento importante. El Papa no les ha dicho a 800.000 personas en la plaza San Pedro que su experiencia estaba agotada, terminada, atrapada en un callejón sin salida, al punto de que la Iglesia ya no tenía necesidad de ella. Todo lo contrario. Como un padre solícito y preocupado les ha pedido que estuvieran atentos para no olvidar, para no traicionar a Giussani en nombre de Giussani. “Pero recuerden que el centro no es el carisma, el centro es uno solo, es Jesús, Jesucristo. Cuando pongo en el centro mi método espiritual, mi camino espiritual, mi modo de actuarlo, me salgo del camino. Toda la espiritualidad, todos los carismas en la Iglesia deben ser «descentrados»: ¡en el centro está sólo el Señor!”. Es uno de los pasajes más controvertidos, menos comprendidos del discurso papal. Sin embargo, el sentido es claro. La grandeza de don Giussani no se debe simplemente a sus dotes sino a su “descentrar”, a su remitir, en todas y cada una de las cosas, a Cristo como corazón del mundo. En este sentido el método educativo que él ha transmitido no puede ser aislado en sí mismo, absolutizado como si fuera una técnica. Es la tentación del racionalismo, o de la gnosis. Como decía Giussani en 1962: “Se puede llegar a ser muy fieles al usar un método como fórmula y transmitirlo, sin que este método siga siendo fuente de inspiración de un desarrollo: un método que no desarrolle una vida es un método sepulcral, es una petrificación” (A. Savorana, Vita di don Giussani, Rizzoli 2014, p. 254). Con palabras muy semejantes el Papa habló de los riesgos que corre la transmisión del carisma: “Y tampoco el carisma se conserva en una botella de agua destilada. Fidelidad al carisma no quiere decir «petrificarlo», es el diablo quien «petrifica», no lo olviden. Fidelidad al carisma no quiere decir escribirlo en un pergamino y ponerlo en un cuadro”. Giussani no puede y no debe ser momificado, repetido como una letanía de fórmulas, utilizado como fuente de legitimación. Al carisma no hay que “repetirlo”. Hay que arriesgarlo, en el presente, siguiendo las sugerencias que señala el Espíritu para afrontar situaciones nuevas. En este sentido las dos citas, tomadas de Giussani, que el Papa ha repetido al final de su intervención, tienen el valor de una señal para el camino. En la primera, de 1967, Giussani afirmaba: “El cristianismo nunca se realiza en la historia como fijeza de posiciones que hay que defender, que se plantean ante lo nuevo como mera antítesis; el cristianismo es principio de redención, que asume lo nuevo, salvándolo” (Lleva la esperanza. Primeros escritos, Génova 1967, 119). La segunda, del último período de su vida, dice: “No sólo nunca tuve la intención de “fundar” nada, sino que creo que el genio del movimiento que he visto nacer consiste en haber sentido la urgencia de proclamar la necesidad de volver a los aspectos elementales del cristianismo, es decir, la pasión por el hecho cristiano como tal en sus elementos originales, y basta.” (Carta a Juan Pablo II, 26 de Enero de 2004 con motivo de los 50 años de Comunión y Liberación).

DOS CITAS QUE MARCAN EL CAMINO. Son dos afirmaciones que el Papa percibe como muy cercanas a su manera de sentir, el punto de encuentro entre él y don Giussani. El cristianismo no se afirma dialécticamente, a partir de un adversario, sino positivamente, redimiendo lo nuevo. Ése es el estilo del Papa Francisco. Además hoy la Iglesia es llamada a depositar nuevamente su confianza en los “aspectos elementales del cristianismo” y no en sí misma o en la herencia gloriosa de su pasado. Todo esto para Francisco, lo mismo que para Giussani, significa algo decisivo: el cristianismo ocurre en la experiencia de un “encuentro”. Esta intuición, fundamental, ya estaba en el centro de la teología de Ratzinger, como teólogo y como Papa. Francisco, por su parte, ha recordado la relevancia que tiene para don Giussani: “Ustedes saben cuán importante era para don Giussani la experiencia del encuentro: encuentro no con una idea, sino con una Persona, con Jesucristo. Así, él educó en la libertad, guiando al encuentro con Cristo, porque Cristo nos da la verdadera libertad”. Esta dimensión –el encuentro- es la que, junto con la categoría de “sentido religioso”, une al Papa con don Giussani. En la plaza San Pedro el Papa las ha evocado con los mismos ejemplos evangélicos que Giussani usaba en los años ’80 y ’90. Nunca un Papa había demostrado una sintonía tan evidente con la tonalidad “visual”, existencial, propia de Giussani al evocar el contenido del Evangelio. “Todo en nuestra vida, hoy como en tiempos de Jesús, comienza con un encuentro. Un encuentro con este hombre, el carpintero de Nazaret, un hombre como todos y, al mismo tiempo, diferente. Pensemos en el evangelio de san Juan, allí donde relata el primer encuentro de los discípulos con Jesús (cf. 1, 35-42). Andrés, Juan y Simón se sintieron mirados en lo más profundo, conocidos íntimamente, y eso provocó en ellos una sorpresa, un estupor, que inmediatamente los hizo sentirse unidos a Él… O cuando, después de la resurrección, Jesús le pregunta a Pedro: «¿Me amas?» (Jn 21, 15), y Pedro le responde: «Sí»; ese sí no era el resultado de la fuerza de voluntad, no venía sólo de la decisión del hombre Simón: venía ante todo de la gracia, era el «primerear», el preceder de la gracia. Ese fue el descubrimiento decisivo para san Pablo, para san Agustín y para tantos otros santos: Jesucristo siempre es el primero, nos primerea, nos espera, Jesucristo nos precede siempre; y cuando nosotros llegamos, Él ya nos estaba esperando. Él es como la flor del almendro: es la que florece primero y anuncia la primavera”

Aquí Francisco muestra -en contra de las críticas que quisieran reducir su pensamiento a una versión pelagiana y moralista de la teología jesuítica de la Escolástica española, fuente cercana de la Teología de la Liberación- que el cristianismo es, agostinianamente, un Acontecimiento de gracia. Una Gracia que es, esencialmente, misericordia. En completa sintonía con el Giussani de los últimos años, para el cual el Ser es misericordia, Francisco afirma que “No se puede comprender esta dinámica del encuentro que suscita el estupor y la adhesión sin la misericordia. Sólo quien ha sido acariciado por la ternura de la misericordia conoce verdaderamente al Señor. El lugar privilegiado del encuentro es la caricia de la misericordia de Jesucristo a mi pecado. Y por eso algunas veces me han oído decir que el lugar privilegiado del encuentro con Jesucristo es mi pecado. Gracias a este abrazo de misericordia vienen ganas de responder y cambiar, y puede brotar una vida distinta. La moral cristiana no es el esfuerzo titánico, voluntarista de quien decide ser coherente y lo logra, una especie de desafío solitario ante el mundo. No. Esa no es la moral cristiana, es otra cosa. La moral cristiana es respuesta, es la respuesta conmovida ante una misericordia sorprendente, imprevisible, incluso «injusta» según los criterios humanos, de uno que me conoce, conoce mis traiciones y me quiere lo mismo, me aprecia, me abraza, me llama de nuevo, espera en mí, espera de mí. La moral cristiana no es no caer jamás, sino levantarse siempre, gracias a su mano que nos toma”.

CORRECIONES LIBERADORAS. La moral cristiana no nace del ímpetu humano sino, decía Giussani, de ser mirados por una mirada amorosa que refleja la de Cristo, de ser abrazados por Él. Que un Papa manifieste un acento tan grande de sintonía, sobre un tema tan relevante para la fe, es el mayor reconocimiento que Giussani hubiera podido esperar. Por otra parte  las correcciones, fuertes y delicadas, que resonaron en la plaza San Pedro, tienen un valor liberador para aquellos que están oprimidos por los legalismos y despotismos que caracterizan la involución de los fenómenos comunitarios. Permiten superar esos procesos de autoglorificación –“Yo soy CL”- donde las identidades se solidifican como piedras. Repasando la biografía que Savorana ha dedicado a Giussani se pueden encontrar algunas frases donde no solo afirmaba: “vuestra compañía me importa un rábano” (Savorana, 900), refiriéndose a la reducción sociologista y autorreferencial del movimiento, sino que auspiciaba, además, una decadencia de CL, por lo menos en el futuro. “El ideal para nosotros –afirmaba en 1985- sería que CL desapareciera porque ya resulta inútil cuando toda la Iglesia vive sus acentos. No los de CL, sino los acentos cristianos fundamentales que CL empezó a subrayar hace treinta años” (Savorana, 668). No era una manera de decir. El movimiento, para Giussani, no es para sí mismo, sino para la Iglesia y para el mundo. Si se volvía cerrado, dejaba de ser un lugar de vida para convertirse en una carga despótica que solo sirve para complicar la vida. Ésa es la perspectiva que el Papa ha querido corregir, en completa sintonía con el legado del sacerdote de Desio.

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