Mons. Castagna expresó su preocupación por los “ateítos” de familias cristianas

Mons. Castagna expresó su preocupación por los “ateítos” de familias cristianas

 El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, advirtió que como consecuencia de “una innegable debilidad cultural y espiritual en la sociedad” muchas familias cristianas delegan su función natural de ser “educadoras de la fe de los hijos” (...)

(...)  por eso los párrocos y catequistas reciben para su preparación, niños que “no tienen la mínima noción de Dios y de la religión. Son pequeños y prácticos ‘ateítos’ que, aprovechando la buena voluntad de sus padres, se acercan a iniciar un proceso elemental de encuentro y conversión a Jesucristo”.

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, señaló que “el bautismo realiza la inserción en el Misterio de Cristo. Su carácter es sacramental y reclama dar forma a la existencia del bautizado”, por lo que lamentó “la falta de correspondencia entre la conformación sacramental y la existencial”. 

“Los santos constituyen el logro de esa correspondencia”, indicó y recordó la exhortación cuaresmal del papa Pío XII a los párrocos romanos: “La misión del párroco no debe contentarse con que sus feligreses mueran en gracia de Dios. Se debe empeñar en que vivan en gracia de Dios”. 

En su sugerencia para la homilía del próximo domingo, el prelado sostuvo que “el esfuerzo pastoral de la Iglesia debe concentrarse en que los bautizados adecuen su comportamiento temporal a las exigencias de su bautismo y, de esa manera, hagan posible la evangelización de los no creyentes” y estimó que “es preciso señalar la importancia de las familias cristianas, naturalmente ‘educadoras de la fe’ de los hijos”. 

Monseñor Castagna advirtió que “es aquí, como en todo el ámbito de la educación, donde se produce un ‘deleguismo’ - por parte de los padres - que causa una innegable debilidad cultural y espiritual en la sociedad”. 

“Los párrocos y catequistas reciben, para su preparación, niños que no tienen la mínima noción de Dios y de la religión. Son pequeños y prácticos ‘ateítos’ que, aprovechando la buena voluntad de sus padres, se acercan a iniciar un proceso elemental de encuentro y conversión a Jesucristo”. 

Texto de la sugerencia

1.-El sentido de la Pascua cristiana. El evangelista Juan sabe establecer una buena relación entre el misterio de la muerte y el misterio de la vida. En Cristo se cumple a la perfección. La Pascua cristiana muestra dos aspectos inseparables: la Muerte y la Resurrección. Estamos por celebrar esa inseparabilidad. No hay resurrección sin muerte y toda muerte, asumida por amor, desemboca necesariamente en la resurrección. Jesús lo asevera de esta manera: "Les aseguro que si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto". (Juan 12, 24) La glorificación de Cristo, por la Resurrección, lo constituye en "grano de trigo" florecido y, por lo mismo, dispensador de vida a quienes enfrentan la muerte con la esperanza firme de ser partícipes de su Resurrección. La celebración de la Pascua es la memoria de nuestra actual inserción en su Vida Eterna. Durante todo el tiempo de Cuaresma hemos procurado renovar y acrecentar nuestra fe en Él. Esa recordación debe mantener despierta la conciencia de nuestra dependencia bautismal. Ser cristiano es ser de Cristo y, por lo mismo, partícipe de su Muerte y Resurrección. San Pablo refuerza esta verdad con su enseñanza: "No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva". (Romanos 6, 3-4) 

2.- El Bautismo y su inserción en la Pascua. El Bautismo realiza la inserción en el Misterio de Cristo. Su carácter es sacramental y reclama dar forma a la existencia del bautizado. Es de lamentar la falta de correspondencia entre la conformación sacramental y la existencial. Los santos constituyen el logro de esa correspondencia. Siempre recuerdo la exhortación cuaresmal del Venerable Papa Pio XII a los párrocos romanos: "La misión del párroco no debe contentarse con que sus feligreses mueran en gracia de Dios. Se debe empeñar en que vivan en gracia de Dios". El esfuerzo pastoral de la Iglesia debe concentrarse en que los bautizados adecuen su comportamiento temporal a las exigencias de su Bautismo y, de esa manera, hagan posible la evangelización de los no creyentes. Es preciso señalar la importancia de las familias cristianas, naturalmente "educadoras de la fe" de los hijos. Es aquí, como en todo el ámbito de la educación, donde se produce un "deleguismo" - por parte de los padres - que causa una innegable debilidad cultural y espiritual en la sociedad. Los párrocos y catequistas reciben, para su preparación, niños que no tienen la mínima noción de Dios y de la religión. Son pequeños y prácticos "ateitos" que, aprovechando la buena voluntad de sus padres, se acercan a iniciar un proceso elemental de encuentro y conversión a Jesucristo. 

3.- El decaimiento de la fe. De los mil trescientos millones de católicos ¿cuántos viven la fe que formalmente profesan? Es la dramática cuestión que expone Jesús ante sus discípulos: "Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?". La mirada profunda de Benedicto XVI advirtió la grave dificultad y promovió un año dedicado a la fe. Esa profética decisión no puede ser encerrada entre márgenes cronológicos; debe reimpulsar la vida de la Iglesia y orientar a todos los bautizados a encarnar, con mayor perfección, el Misterio cristiano. De allí la insistencia - de San Juan Pablo II - en la necesidad, manifestada por el mundo contemporáneo, del testimonio de santidad de los cristianos. Los bautizados, incluso quienes intentan serlo de verdad, fueron cuestionados, hace más de setenta años, por un pastor protestante: "Bautizados, ¿son aún ustedes cristianos?". Coincide con la expresión de Jesús, recién mencionada. 

4.- El necesario aporte de la fe a la sociedad. El seguimiento de Jesús exige adoptar su estilo de vida evangélica, compartida con sus primeros discípulos. Nos hemos referido insistentemente a la coherencia entre fe y vida. Producida la misma, la desorientada sociedad contemporánea, aún contra los propósitos autodestructivos que la inspiran, acusa su impronta benéfica. Si decidimos un verdadero cambio, no podremos eludir el responsable aporte de nuestro compromiso cristiano. Para ello necesitamos aprovechar los medios que la Iglesia, en nombre de Cristo, pone al alcance de nuestra mano. Me refiero a la Palabra y a los sacramentos. La práctica de la vida cristiana, o la santidad, no consiste en la observancia rígida de los estatutos de una sociedad oculta, accesible a pocos y selectivos miembros. El mensaje evangélico, y el comportamiento público y privado, en él inspirado, se ofrece a todos. Más aún, es una "forma de vida" destinada a hacerse cultura, e intérprete Inteligente y magnánimo de las expresiones culturales afines al núcleo de su espíritu y doctrina. 

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