Maaden el Ervane, un oasis sufí en Mauritania

Maaden el Ervane, un oasis sufí en Mauritania

Una carretera de un kilómetro de largo atraviesa el semidesierto de Mauritania hasta llegar a una cresta rocosa. No hay casas ni plantas; en la aridez de estas tierras desérticas no sobrevive prácticamente nada. 

Pero quienes se atreven a recorrer la larga ruta a través de un paisaje lunar disfrutan de una vista extraordinaria: al final del trayecto, entre las dunas de arena del desierto del Sáhara y las montañas, se ve un oasis de color verde reluciente, salpicado de casitas y campos llenos de palmeras datileras. Es Maaden el Ervane, que significa “el tesoro del conocimiento” en el dialecto árabe local.

La aldea, ubicada a más de 370 kilómetros de Nuakchot, la capital mauritana, fue fundada en 1975 por Mohammed Lemine Sidina, un líder comunitario de la corriente musulmana del sufismo, una forma moderada de islam que en muchos casos incorpora tradiciones animistas africanas.

En este fértil oasis, Sidina construyó una colonia agraria en la que hombres y mujeres son iguales. Hoy, Maaden alberga a 300 familias, una cifra que crece cada año. Sin embargo, la igualdad y el sentimiento comunitario de la aldea sufren presiones: sus detractores dicen que los habitantes no son verdaderos musulmanes.

“La gente de la región viene con frecuencia a ver cómo vivimos aquí”, dice Aminatou Boubou en una de las muchas granjas de Maaden. La mujer tiene el chal suelto sobre el cabello negro de punta. “A muchos visitantes les provoca celos y envidia”, dice. En su opinión, es por las creencias religiosas de esa gente: cada vez son más los mauritanos devotos que creen que las mujeres no deben trabajar en el campo.

La labor que está haciendo Boubou —quitar las malas hierbas con el filo de la tapa de una lata de leche en polvo— sería impensable en muchos otros lugares. Los informes del Banco Mundial muestran que hay una gran brecha de género en Mauritania, no solo en la agricultura, sino también en otros ámbitos. Mientras el 57% de los hombres eran población activa en 2024, apenas el 26% de las mujeres entraba en esa categoría. Según la ONU, las presiones culturales y religiosas crean “obstáculos significativos” para las mujeres que quieren trabajar y comprar tierras o inmuebles.

Un poco más allá, en otro campo, el imán Taha Sidina está preparando té de menta. Es el hijo del fundador del pueblo, fallecido en 2003. “Somos musulmanes practicantes”, dice Sidina con rotundidad, agachado junto a la tetera. “Pero somos menos estrictos que otros seguidores del islam. Nos ayudamos unos a otros, cultivamos las tierras de los demás. Intentamos trabajar en comunidad”.

Sidina y los discípulos de su padre siguen la doctrina de Ahmad al Tijani, descendiente del profeta Mahoma según la tradición islámica y fundador de la Tijaniyyah. Esta orden sufí del islam suní surgió en Argelia y se ha extendido por todo el Magreb y África occidental durante los últimos siglos.

La vida en el oasis de Maaden parece tranquila y fácil, pero Sidina está preocupado. “En el resto de Mauritania, el salafismo está ganando terreno”, asegura mientras niega con la cabeza. “Las comunidades sufíes como la nuestra sufren cada vez más presiones”. Los seguidores de la fe salafista, también llamada “salafismo wahabí”, consideran que el islam sufí moderado que se practica en el Sahel es pagano.

“El sufismo se inspira en la dimensión espiritual de la religión y es tolerante con los demás”, explica Ould Moma, “sean musulmanes o no”. Y subraya el contraste con la ideología wahabí-salafista. “Esta es una ideología cerrada y rígida, muchas veces violenta. Es una ideología financiada por Arabia Saudí y Qatar, que tienen como objetivo tener el control intelectual sobre el mundo islámico”, asegura.

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