Jóvenes errantes y el declive de la pastoral

Iván Ariel Fresia (1969) es religioso salesiano, Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación con orientación en Pastoral Juvenil y postgraduado en “Estudios y políticas de juventud en América Latina” (FLACSO) y doctor en historia. 

Trabaja en pastoral con jóvenes y asesora instituciones religiosas sobre pastoral juvenil y educativa. Ha sido asesor de la Pastoral de Juventud Nacional de la Conferencia Episcopal Argentina. Actualmente, es co-coordinador del Espacio Educativo CONFAR, profesor invitado en el CEBITEPAL-CELAM (Centro Bíblico Teológico Pastoral 
para América Latina y el Caribe-Conferencia Episcopal Latinoamericana) y en el ISET (Instituto Superior de Estudios Teológicos) de los salesianos en Buenos Aires.

CR: Habitualmente se escucha “la juventud está perdida” o “ya no es como antes”. ¿Qué opinás, Ariel?

IAF: Es un lugar común. Muchos terminan pensando así porque los jovenes marcan una distancia con el mundo adulto. Se trata de una ilusión por el “mundo perdido”. Al que le cuesta aceptar los cambios epocales asume que el “pasado fue mejor”, validando un anacronismo en la historia inaceptable y un puritanismo de las formas de vida que actualmente no tiene cabida. Es la “civilización de los padres” que no advierte que el tiempo ha cambiado y que la generación siguiente requiere de un marco de autonomia respecto del modo de vida de los adultos

CR: En tu último libro, Jóvenes errantes…, vos hablás del “declive de la pastoral”. ¿Cuáles son los principales desafíos a encarar?

IAF: El principal desafio es encarar una institucionalización diferente. Las instituciones fijan sentidos, y en el ambito eclesial, ese sentido es “para siempre”. Pero en la actualidad es dificil pensar instituciones eternas. Los tiempos son cambiantes, el ritmo de los cambios es vertiginoso y las instituciones facilmente se desactualizan ante la mutación de la cultura y de las subjetividades. Un mínimo de institucionalización y un máximo de autonomía facilitaría estar mejor preparados para las mutaciones culturales de la época.

CR: En nuestros días se dice mucho sobre las nuevas tecnologías. ¿Crees que la pastoral debe atender esta cuestión?

IAF: ¡Claro que sí! Pero atender a la cuestión de las tecnologias no significa abrir un face, tener una cuenta de twiter o andar con el último smartfone. Por supuesto que hay que estar. Pero para la pastoral el desafío es asumir la lógica de esos espacios, asumir la velocidad de las conexiones y la simultaneidad de los tiempos, favorecer nuevas formas de vinculación en función de la versatilidad de las redes. La temporalidad dominante en los espacios eclesiales es de orden secuencial. Atender al “paradigma informacional y la sociedad red”, implica poner en sintonía la pastoral con los códigos, los lenguajes y las estéticas juveniles que se mueven en ese paradigma. No a lo fijo, lo estatico, lo permanente. Sino apostar al cambio, la mutación, la flexibilidad.

CR: Hoy nos toca un país muy desigual. ¿De qué manera debe darse la pastoral en contextos de marginación?

IAF: Hay muy pocas propuestas eclesiales en contextos de vulnerabilidad y exclusión que no sean asistencialistas, disciplinadoras o compensatorias. Ante las desigualdades y las injusticias extremas la iglesia tiene que estar en el territorio y decir una palabra que restituya derechos vulnerados. También tendrá que dar pan y vestido pero fundamentalmente provocar dignidad, apostar por líneas superadoras de la caridad asistencialista que mantiene a los pobres en su lugar. En este sentido, a veces la pastoral tiene que atreverse a tocarse con la politica en el sentido que tiene que apostar por la transformaciones de las desigualdades y de las injusticias en un mundo que sea más justo y para todos.

CR: En Morelia, Francisco sostuvo que la juventud es la riqueza de la humanidad. ¿Qué riqueza ves en los jóvenes argentinos?

IAF: Suscribo lo que dice el Papa. Francisco se esfuerza por decir que “no son la esperanza”, ese sería un discurso neoconservador con apariencias de emancipatorio. En cambio, que diga que los jovenes son la riqueza del presente impele a tomar decisiones. Que los espacios eclesiales tradicionales se abran al mundo de los jovenes, que la parroquia asuma la dinámica juvenil, que la liturgia valore las manifestaciones culturales de los jovenes, rompe con el ritmo cansino de las instituciones. No es fácil, porque entre la afirmación de que los jovenes son la riqueza de las naciones –politicamente correcta y más ahora con el Papa Francisco- y tomar decisiones que rompan la monotonía de los tiempos y la inercia de los espacios eclesiales hay un paso gigante para dar.

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