Francisco: el hoy de la vida se juega en el corazón

Francisco: el hoy de la vida se juega en el corazón

El Papa en Santa Marta: la existencia está llena de «días que no se repiten, sin “replay”», por lo que hay que vivirlos con fe y abiertos a Dios. Sobre todo porque no se sabe cuándo llega el propio ocaso.

DOMENICO AGASSO JR. - CIUDAD DEL VATICANO

La existencia está llena de días que no se repiten (“cada sol repetido es un cometa”, diría Góngora); la vida es un constante hoy, cada uno diferente del otro (somos “presentes sucesiones de difunto”, diría Quevedo). Hay que afrontar el hoy, el presente, y hay que jugárselo en el proprio corazón, que no debe ser duro, cerrado, sin fe, sino abierto a Dios. Fue lo que explicó Papa Francisco hoy, 12 de enero, por la mañana durante la misa en la Capilla de la Casa Santa Marta, según indicó la Radio Vaticana. 

 

“Hoy, si escuchan su voz, no endurezcan sus corazones”. A partir de este pasaje de la Carta a los Hebreos, contenido en la Primera Lectura, el Pontífice comenzó su homilía, cuya reflexión giró en torno a dos palabras: “hoy” y “corazón”. En efecto el hoy del que habla el Espíritu Santo, en la Carta a los Hebreos, es, precisamente “nuestra vida”. Un hoy “lleno de días” pero “después del cual no habrá un “replay”, un mañana”, sino “un hoy en el que hemos recibido el amor de Dios”, la promesa de Dios de encontrarlo”, explicó Francisco. “Un hoy” en el que podemos renovar “nuestra alianza con la fidelidad de Dios”. 

 

Sin embargo, el Obispo de Roma añadió que hay “solamente un hoy en nuestra vida”, si bien tenemos la tentación de decir: “Sí, lo haré mañana”. Y dijo que la tentación del mañana no existirá, como el mismo Jesús lo explica en la parábola de las diez vírgenes, con cinco que no habían llevado con ellas el aceite para las lámparas, sino que van a comprarlo, pero cuando llegan encuentran la puerta cerrada. De ahí que el Papa Bergoglio haya aludido a la parábola de aquel que llama a la puerta diciendo al Señor: “He comido contigo, he estado contigo…”. “No te conozco: llegaste tarde…”. 

 

“Esto lo digo no para asustarlos –continuó–, sino sencillamente para decir que nuestra vida es un hoy: hoy o jamás. Yo pienso en esto. El mañana será el mañana eterno, sin ocaso, con el Señor, para siempre. Si yo soy fiel a este hoy. Y la pregunta que les hago es la que hace el Espíritu Santo: ¿Cómo vivo yo, este hoy?”. 

 

La segunda palabra que se repite en la Lectura es “corazón”. Con el corazón, en efecto, “encontramos al Señor” y muchas veces Jesús reprocha diciendo: “lentos para entender”. De donde se desprende la invitación a no endurecer el corazón y a preguntarse si acaso no le falta la fe, o si se siente seducido por el pecado. 

 

“En nuestro corazón –advirtió– se juega el hoy. Nuestro corazón, ¿está abierto al Señor? A mí siempre me llama la atención cuando encuentro a una persona anciana – muchas veces sacerdotes o monjitas – que me dicen: ‘Padre, rece por mi perseverancia final’. ‘Pero, ¿hiciste toda tu vida bien, todos los días de tu hoy están al servicio del Señor, y tienes miedo…?’. ‘No, no: a mi vida aún no le ha llegado el ocaso: yo querría vivirla plenamente, rezar para que el hoy llegue pleno, pleno, con el corazón firme en la fe, y no arruinado por el pecado, los vicios, la corrupción…”. 

El Sucesor de Pedro concluyó exhortando a interrogarnos acerca del estado de nuestro hoy y de nuestro corazón. Puesto que – como recordó – los días se repiten “hasta que el Señor diga basta”: “Pero el hoy no se repite: la vida es ésta. Y corazón: corazón abierto, abierto al Señor, no cerrado, no duro, no endurecido, no sin fe, no perverso, no seducido por los pecados. Y el Señor ha encontrado a tantos de estos que tenían el corazón cerrado: los Doctores de la Ley, toda esta gente que lo perseguía, lo ponía a prueba para condenarlo… y al final lograron hacerlo. Vayamos a casa sólo con estas dos palabras: ¿Cómo es mi hoy? El ocaso puede ser hoy mismo, este día o tantos días después. Pero ¿cómo va mi hoy en presencia del Señor? Y mi corazón, ¿cómo es? ¿Es abierto? ¿Está firme en la fe? ¿Se deja conducir por el amor del Señor?”. 

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