El Papa en el Ángelus: «Nuestra relación con Dios no es como entre los siervos y el padrón». El aplauso por el predecesor Pablo VI a 40 años de su muerte: «Que interceda por la Iglesia»
«Jesús ha venido a abrir nuestra existencia a un horizonte más amplio con respecto a las preocupaciones cotidianas del alimentarse, del vestirse, de la carrera». Lo dijo el Papa Francisco durante el Ángelus de hoy, 5 de agosto de 2018, en la Plaza San Pedro, al comentar el Evangelio de hoy. El Pontífice subrayó que «nuestra relación con Dios no es como entre siervos y padrón»: la religión, de hecho, no se puede reducir solamente a una práctica de las leyes. Y recordó con afecto y estima (también con un fuerte aplauso) a su predecesor Pablo VI, a 40 años de su muerte: «Que interceda por la Iglesia».
Jorge Mario Bergoglio explicó que «en estos últimos domingos, la liturgia nos ha mostrado la imagen llena de ternura de Jesús que sale al encuentro de las multitudes y de sus necesidades». En el Evangelio de hoy la perspectiva «cambia: es la multitud», a la que Jesús quitó el hambre, «la que se pone nuevamente en su búsqueda. Pero a Jesús no le basta que la gente lo busque, quiere que la gente lo conozca; quiere que su búsqueda y el encuentro con Él vayan más allá de la satisfacción inmediata de las necesidades materiales». El Hijo de Dios «ha venido a traernos algo más, a abrir nuestra existencia a un horizonte más amplio con respecto a las preocupaciones cotidianas del alimentarse, del vestirse, de la carrera, y así sucesivamente. Por ello, dirigiéndose a la multitud, exclama: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse». Éste es el modo de Jesús para «estimular a la gente a dar un paso adelante, a preguntarse sobre el significado del milagro y no sólo a aprovecharse de él. De hecho la multiplicación de los panes y de los peces es signo del gran don que el Padre ha hecho a la humanidad y que es Jesús mismo», dijo Francisco.
Cristo, verdadero «pan de vida, quiere saciar no solo los cuerpos, sino también las almas, dando comida espiritual que pueda satisfacer el hambre profunda. Por ello invita a la multitud a procurarse no la comida que no dura, sino la que permanece para la vida eterna». Es una comida que Jesús «nos da cada día: su Palabra, su Cuerpo, su Sangre. La multitud escucha la invitación del Señor, pero no comprende su significado (como nos sucede también muchas veces a nosotros), y le pregunta: «¿Qué debemos hacer para cumplir las obras de Dios?». Los que escuchan a Jesús piensan que Él les pide la observancia de los preceptos para obtener otros milagros como el de la multiplicación de los panes. Esta es una «tentación común»: reducir «la religión a la práctica de las leyes, proyectando sobre nuestra relación con Dios la imagen de la relación entre los siervos y su padrón: los siervos deben hacer las tareas que el padrón ha asignado, para tener su benevolencia. Por ello, la multitud quiere que Jesús le diga cuáles acciones debe hacer para agradar a Dios». Pero Cristo da una respuesta «inesperada: “Esta es la obra de Dios: que crean en aquel que Él ha mandado”». Estas palabras se dirigen, «hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consiste tanto en el “hacer” cosas, sino en el “creer” en Aquel que Él ha mandado». Esto significa que la fe en Jesús «nos permite cumplir las obras de Dios. Si nos dejamos involucrar en esta relación de amor y de confianza con Jesús, seremos capaces de cumplir obras buenas que perfuman de Evangelio, por el bien y por las necesidades de los hermanos».
Dios exhorta a «no olvidar que, si es necesario preocuparnos por el pan material, es mucho más importante cultivar la relación con Él, reforzar nuestra fe en Él, que es el “pan de la vida”, que vino a saciar nuestra hambre de verdad, justicia y amor».
Después invocó a «la Virgen María, en el día en el que recordamos la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, la “Salus Populi Romani”: que nos sostenga en nuestro camino de fe y nos ayude a abandonarnos con alegría al designio de Dios sobre nuestra vida».
Al final de la oración mariana, el Papa Francisco recordó que «hace cuarenta años el beato Pablo VI estaba viviendo sus últimas horas en esta tierra. Murió, efectivamente, el 6 de agosto de 1978 por la tarde. Recordémoslo con tanta veneración y agradecimiento, mientras esperamos su canonización el próximo 14 de octubre». Después invocó: que «desde el cielo» ∏hablo VI, «interceda por la Iglesia, que tanto amó, y por la paz en el mundo. A este gran Papa de la modernidad, saludémoslo con un aplauso, todos».

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