La homilía de la Misa de Pascua en la Plaza San Pedro: «El Señor no sabe hacer un anuncio sin sorprendernos y conmovernos. Con palabras de los jóvenes: “es un golpe bajo”»
En esta Pascua, «¿tengo el corazón abierto a las sorpresas de Dios o procedo con la cantilena del “mañana veremos”?». El Papa Francisco tomó el micrófono durante la misa Pascual en la Plaza San Pedro y pronunció una breve homilía improvisada, reflexionando sobre el Evangelio. «Escuchando este pasaje, quisiera decir tres cosas: primero, el anuncio. Allí hay un anuncio: el Señor ha resucitado. Un anuncio que en los primeros tiempos cristianos iba de boca en boca, era el saludo: “Jesús ha resucitado”», dijo el Pontífice a los miles de fieles que abarrotaban la Plaza San Pedro, transformada para la ocasión en un enorme jardín de floristas holandeses, que enviaron al Vaticano 50 mil plantas.
El Papa concentró su homilía sobre las figuras de las mujeres que fueron al Sepulcro para ungir el cuerpo del Señor y, por el contrario, «se encontraron frente a una sorpresa. La sorpresa». «Los anuncios de Dios siempre son una sorpresa –comentó Bergoglio–, porque el nuestro es el Dios de las sorpresas. Es así, desde el inicio de historia de la salvación, desde nuestro padre Abraham, a quien Dios dice “Ve, ve, abandona tu tierra y ve”».
«Siempre una sorpresa tras otra. Dios no sabe hacer un anuncio sin sorprendernos», afirmó el Papa. «Y la sorpresa es la que te conmueve el corazón, la que te toca precisamente allí en donde no te lo esperas. Para usar las palabras de los jóvenes: la sorpresa es “un golpe bajo”, no te lo esperas». Y Dios actúa así: «va allí y te conmueve».
Conmueve, pone en marcha. El segundo aspecto es, efectivamente, «la prisa»: «las mujeres corren, van de prisa a decir: “Hemos encontrado esto”. Las sorpresas de Dios nos ponen en camino inmediatamente, sin esperar. Así corren, para ver». Corren también Pedro y Juan: «De Juan, el Evangelio dice que creyó. También Pedro creyó, pero a su manera: la fe un poco mezclada con el remordimiento de haber renegado del Señor», observó Francisco.
Los dos discípulos corren como corrieron los pastores esa noche de Navidad y que decían: «Vamos a Belén a ver lo que nos dijeron los ángeles». Corren como corrió la samaritana para decirle a su gente: «Esta es una novedad, he encontrado a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho». «Y la gente sabía qué había hecho esa mujer».
«Esa mujer corre, deja lo que está haciendo, incluso la ama de casa deja las papas en la olla, se las encontrará quemadas, pero no importa, lo que importa es ir a ver la sorpresa, el anuncio», dijo Bergoglio. «También hoy –añadió– sucede en nuestras ciudades, en las aldeas, la gente corre para ir a ver algo extraordinario. Ir de prisa… Andrés no perdió tiempo, fue donde Pedro a decirle: “Hemos encontrado al Mesías”. Las buenas noticias se dan siempre así, de prisa».
Pero también están los que se toman «un poco de tiempo», porque no quieren arriesgarse. El Evangelio cita un nombre: Tomás, el apóstol que respondió tras escuchar el anuncio de la Resurrección: «Lo creeré cuando vea las heridas». «El Señor es bueno, lo espera con amor», subrayó el Papa, «el Señor tiene paciencia para los que no van de prisa».
El anuncio, pues, y la sorpresa, la respuesta de prisa. Pero hay un tercer elemento que destacó Francisco, que es, en realidad, una pregunta: «Y yo, ¿qué?». Tres palabras que encierran un examen de conciencia que todos los cristianos deberían hacerse en este que es el momento más importante del año cristiano: «¿Tengo el corazón abierto a las sorpresas de Dios? ¿Soy capaz de ir de prisa o siempre con esa cantilena: “pero, mañana veremos, mañana, mañana”? ¿Qué e dice la sorpresa? Hoy, en esta Pascua de 2018, ¿qué hago yo?».

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