Concluye el ciclo de catequesis sobre la misa: no es una tarea semanal que luego olvidamos, sino todo lo contrario, «es como el grano de trigo, que luego en la vida ordinaria crece y madura en las obras buenas»
El Papa Francisco invita a los fieles presentes en la Plaza San Pedro a desearle en coro «buena Pascua» al «amado Papa Benedicto, que nos sigue en televisión», durante la Audiencia general de hoy, miércoles 4 de abril. Durante la catequesis, que concluye el ciclo dedicado al redescubrimiento del significado de la Misa y de la Eucaristía, Jorge Mario Bergoglio subraya que «los cristianos no van a misa para hacer una tarea semanal y luego se olvidan», sino que, por el contrario, «la misa es como el grano de trigo, que después en la vida ordinaria crece y madura en las buenas obras».
«Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!», comenzó el Papa en esta primera Audiencia general tras el Domingo de Pascua. «Ustedes ven que hoy hay flores, y las flores dicen alegría. En algunos lugares, la Pascua se llama “Pascua florida”, porque florece el Cristo resucitado, la flor nueva, florece nuestra justificación, florece la santidad de la Iglesia. Por esto hay tantas flores y nuestra alegría, toda la semana nosotros festejamos la Pascua, toda la semana, y por esto nos deseamos una vez más “feliz Pascua”; digámoslo: “Feliz Pascua”. Y yo quisiera que le deseáramos “feliz Pascua”, fue obispo de Roma, al amado Papa Benedicto, que nos sigue por la televisión: “¡Feliz Pascua!”, todos, ¡deseémosle “Feliz Pascua”, y un aplauso fuerte!».
Con la catequesis de hoy, dijo el Papa, «concluimos el ciclo dedicado a la misa, que es conmemoración, pero no solo como memoria: se vive de nuevo la pasión y la resurrección de Jesús». Reflexionando sobre el tema de los ritos finales de la misa, Francisco subrayó que «mientras la Misa acaba, se abre el compromiso del testimonio cristiano. Los cristianos no van a misa para hacer una tarea semanal y luego se olvidan; no: los cristianos van a Misa para participar en la pasión y en la resurrección del Señor y luego vivir más como cristianos. Salimos de la iglesia para “ir en paz” a llevar la bendición de Dios a las actividades cotidianas, a nuestras casas, a los ambientes de trabajo, entre las ocupaciones de la ciudad terrenal, “glorificando al Señor con nuestra vida”. Pero, si nosotros –insistió el Papa argentino– salimos de la misa platicando, “Mira, esto”, “Mira, lo otro”, con la lengua larga… la Misa no entró a mi corazón, porque no soy capaz de vivir con testimonio cristiano. Cada vez que voy a Misa debo salir mejor de como entré, con más vida, más fuerza, más ganas de ofrecer testimonio cristiano».
En particular, «celebramos la Eucaristía para aprender a convertirnos en hombres y mujeres eucarísticos. ¿Qué quiere decir esto? Significa dejar que Cristo actúe en nuestras obras; que sus pensamientos sean nuestros pensamientos, que sus sentimientos sean los nuestros, que sus decisiones también sean las nuestras. Y esto es santidad: hacer como hizo Cristo es santidad cristiana». Siguiendo los textos de San Pablo, «en la medida en la que mortifiquemos nuestro egoísmo», explicó Jorge Mario Bergoglio, «hacemos morir lo que se opone al Evangelio y al amor de Jesús, se crea dentro de nosotros un mayor espacio para la potencia de su Espíritu. Los cristianos son hombres y mujeres que se dejan ensanchar el alma con la fuerza del Espíritu Santo, después de haber recibido el cuerpo y la sangre de Cristo: déjense ensanchar el alma –exhortó el papa. No estas almas estrechas, encerradas, pequeñas, egoístas. No: almas grandes, con grandes horizontes, déjense ensanchar el alma con la fuerza del Espíritu después de haber recibido el cuerpo y la sangre de Cristo». Los frutos de la Misa, continuó el Papa, «están destinados a madurar en la vida de cada día. Podemos decir así, un poco forzando la imagen: la misa es como el grano de trigo, que después en la vida ordinaria crece y madura en las buenas obras, en las actitudes que se asemejan a Jesús».
La Eucaristía, concluyó el Papa, «actualiza la gracia que el Espíritu nos ha dado en el Bautismo y en la Confirmación, para que sea creíble nuestro testimonio cristiano», «nos separa del pecado» y, para concluir, nos compromete por los demás «especialmente los pobres, educándonos a pasar por la carne de Cristo a la carne de los hermanos, en los que Él espera ser reconocido por nosotros, servido, honrado, amado». Por ello, «que nuestra vida esté siempre florecida, así como la Pascua con las flores de la esperanza, de la fe, de las buenas obras, que nosotros siempre encontremos la fuerza de esto en la Eucaristía y en la unión con Jesús».

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