El Dr. Ricardo Albelda reflexiona sobre la paz cristiana desde la Escritura y el magisterio de León XIV, quien propone una paz desarmada y desarmante como camino de fraternidad y conversión.
Con motivo del próximo viaje apostólico del Santo Padre a la Argentina, AICA inauguró una sección de columnas semanales sobre el magisterio y el pontificado de León XIV. Cada viernes, académicos y comunicadores ofrecen reflexiones que profundizan en su enseñanza y testimonio. La agencia reafirma así su servicio a la comunicación católica y acompaña la preparación espiritual de las comunidades ante la visita papal.
¿De qué paz estamos hablando?
Una mirada desde la Sagrada Escritura y el papa León XIVDr. Ricardo Albelda *
Desde una perspectiva creyente, la paz no se reduce a la mera ausencia de conflictos: ella es la plenitud de bien al que aspira el hombre y hacia el cual orienta su existencia. En la Biblia shalom expresa la armonía integral que abarca la relación de la persona consigo misma, con los demás, con el mundo creado y con el mismo Dios; shalom que se evidencia en el perdón -que supone justicia y caridad-, la fraternidad -fruto de la reconciliación social- y la felicidad compartida como estado final. Esta paz es, ante todo, un don divino ofrecido por el Padre en Jesucristo -"Príncipe de la Paz" (Is 9,6)- quien ha reconciliado todas las cosas "haciendo la paz por la sangre de su cruz" (Col 1,20).
De este modo, la paz cristiana es una realidad ya presente en la tierra -que brota de la acción del Espíritu y que hace reinar "la paz de Cristo" en el corazón de los creyentes (Col 3,15; Jn 20,19-23)- aunque todavía no se ha manifestado en la plenitud escatológica definitiva. De allí que la Iglesia está llamada a ser en la historia signo e instrumento, lugar de anticipación de esa paz definitiva, expresándose en acciones concretas en favor de todos los pueblos como manifestación de la obra salvadora de Cristo.
Sin duda, a partir de la dignidad de la persona humana, la tradición social cristiana ha situado la paz como uno de los ejes centrales de su mensaje. Desde las primeras comunidades -que respondieron a la persecución y el martirio con un testimonio de vida fraterna y el perdón a los enemigos- hasta figuras como Francisco de Asís -él mismo un "instrumento de la paz" del Señor- el cristianismo ha conservado la convicción de que la fuerza del Evangelio se manifiesta principalmente en la búsqueda de ese bienestar cotidiano de existencia junto -y gracias- a los que me rodean.
La novedad de la paz "desarmada y desarmante"
La paz aparece como uno de los ejes vertebrales del Magisterio de León XIV y como una de sus preocupaciones pastorales más visibles, estrechamente vinculada a la dignidad de la persona humana y a la cultura del diálogo. Quizás, a diferencia de su antecesor, el foco está puesto más en la paz como fruto de la conversión interior del corazón del hombre -propia de su tradición agustiniana- que en la paz como fruto de la inclusión social y la fraternidad universal -más propio de la tradición jesuita de Francisco-; aun así, la continuidad en el llamado a la paz resulta indudable.
Ya en su primer saludo desde la Plaza de San Pedro (8 de mayo de 2025), ofrece una clave hermenéutica de lectura de todo su pontificado: "La paz esté con todos vosotros". Dirigiéndose no solo a los fieles, sino "a todas las personas, estén donde estén; a todos los pueblos, a toda la Tierra", define la paz cristiana como "la paz de Cristo resucitado. Una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, que nos ama a todos de manera incondicional". Desde el inicio, por tanto, la paz no es presentada únicamente como una aspiración social, ética o política, sino como -tal como lo sostiene el mensaje bíblico- un don de Dios que debe transformar las relaciones humanas y orientar la misión de la Iglesia en el mundo.
Esta convicción se manifestó rápidamente en sus primeras intervenciones públicas. Una semana después de su elección, en su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (16 de mayo de 2025), presenta la paz como una responsabilidad fundamental de la comunidad internacional y de la acción diplomática; pocos días más tarde, al inicio de su ministerio petrino, invita a anunciar a Cristo como "camino a seguir juntos" para construir "un mundo nuevo en el que reine la paz". En estos y otros contextos, insiste que la paz requiere conversión de los corazones, diálogo, encuentro, cooperación y reconocimiento mutuo, proponiendo una cultura capaz de superar la fragmentación social y toda lógica de confrontación entre los hombres.
Quizás, la formulación más completa de esta visión se encuentra en su mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz de este año, titulado "La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante". Allí afirma aquella idea bíblica central mencionada: la paz de Cristo resucitado "no es solamente una meta futura", sino una realidad que ya está presente en la historia y que puede orientar la vida de las personas y de los pueblos. "Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino"; una fuerza espiritual que "resiste a la violencia y la vence".
Frente a la lógica del miedo y de la confrontación, denuncia que "la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza".
En contraposición -y aquí, a juicio de quien esto escribe, el núcleo de su mensaje- propone una paz "desarmada", fundada en la confianza, el derecho y la justicia, y una paz "desarmante", capaz de derribar fronteras y transformar los conflictos mediante la bondad, la mediación, la diplomacia y el respeto del derecho internacional. Por ello insiste en que "la paz no es una utopía", sino una tarea concreta que exige reconciliación, fraternidad y compromiso compartido, haciendo suyo el horizonte profético de Isaías: "Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra" (Is 2,4-5).
Esta misma preocupación atraviesa también la encíclica Magnifica humanitas (2026) que, aunque dedicada principalmente a los desafíos éticos de la IA, uno de sus capítulos más significativos aborda directamente la cuestión de la paz mediante temas como "La normalización de la guerra", "Armas e IA", "La crisis del multilateralismo", "Desarmar las palabras", "Construir la paz en la justicia", "Relanzar el diálogo" y "La necesidad de la diplomacia y el multilateralismo". Allí se nos advierte que las nuevas tecnologías están transformando las formas contemporáneas de hacer la guerra, y llama a evitar que la innovación tecnológica contribuya a naturalizar la violencia. Frente a ello, propone fortalecer la cooperación internacional, renovar los mecanismos diplomáticos y promover una cultura del encuentro capaz de sostener una paz justa y duradera.

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