“No notabas su presencia, pero cuando no estaba se percibía su ausencia, porque irradiaba tranquilidad”. Quienes conocieron a Belén de la Cruz, carmelita española fallecida en 2018 a los 33 años tras luchar contra el cáncer, coinciden en que la humildad y la sencillez fueron los rasgos que mejor definieron su vida.
Por Almudena Martínez-Bordiú
De hecho, la profunda huella que dejó en quienes la rodeaban no se conoció plenamente hasta después de su muerte, cuando centenares de cartas, junto con los testimonios de otras carmelitas, revelaron los detalles de una existencia completamente entregada a Dios y a los demás, siempre en silencio.
Cuando su tío —quien siguiendo el ejemplo de discreción y humildad de su sobrina, prefiere no revelar su identidad— habla de ella, la luz de sus ojos empañados cobra un brillo especial. “Belén tenía un sentido muy grande de la amistad y la familia y, sobre todo, una gran capacidad de darse a los demás”, cuenta a ACI Prensa sobre su sobrina, actualmente en proceso de beatificación.
Lo tenía todo, pero prefirió no quedarse a este lado de la reja
Belén Pery Osborne nació en Cádiz (España), en 1984, en el seno de una familia unida donde recibió la primera semilla de la fe católica. Debido al trabajo de su padre, Estanislao, transcurrió su infancia y juventud entre Vigo, el Puerto de Santa María y Madrid. En la capital, estudió en el Colegio Mater Salvatoris, que marcaría su proceso espiritual.
“Le encantaba el campo y el deporte, especialmente el golf, llegó a ser campeona de Andalucía. Pertenecía a una familia reconocida, sin problemas económicos…Lo tenía todo, pero prefirió no quedarse a este lado de la reja y seguir la vocación que el Señor le dio”, señala su tío.
Fue durante una noche de fiesta con sus amigos cuando Belén sintió que aquel no era su lugar. Unido a ese fuerte sentimiento, en su interior supo con certeza que su hogar se encontraba en el monasterio de Carmelitas Descalzas de San Calixto, un enclave situado en la sierra de Hornachuelos, en Córdoba, cercano a la casa de campo familiar, donde entró como postulante en 2005. “A lo largo de 12 años ella sintió que San Calixto era su casa y que las hermanas eran su familia”.
De sobrina a consejera
Su tío, quien iba a visitarla con frecuencia al monasterio, es testigo de cómo el Señor “le tocó con una gracia especial”. Al principio, recuerda, “iba a ver a una sobrina, pero terminé yendo porque allí estaba mi consejera. Obtuvo una gran madurez en el convento… Yo siempre me preguntaba cómo esta niña podía decirme esas cosas tan profundas y tan sencillas con esa edad, si no es porque alguien estaba detrás de ella iluminándola”.
Destaca el papel fundamental que su familia tuvo en el camino de su vocación. “Ni la empujaron a entrar en el convento, ni la retuvieron para que no entrase, sino que la dejaron con absoluta libertad y le acompañaron para que ella supiera que su familia estaba a su lado. Ellos entregaron a su hija a la Iglesia”.
Antes de entrar en el convento, su padre le preguntaba cada día si estaba segura de su vocación y decisión. “Y ella, cada vez, respondía que sí”, recuerda con una sonrisa.
Vivió su enfermedad con una gran fortaleza interior
Su tío suelta una bocanada de aire antes de hablar de su enfermedad. “Nunca perdió la serenidad y la paz, ni se dejó llevar por la tristeza o el llanto, sino todo lo contrario. Todo era una alegría, porque ella consideraba que eso se lo había mandado el Señor y de que era un bien para ella”.
“Las veces que estuve con ella en la habitación del hospital era como estar en el locutorio. Hablábamos como si hubiera una reja de por medio, sin que estuviera. Vivió su enfermedad con una gran fortaleza interior, a pesar de lo duro que era, especialmente para una chiquilla de 30 años. Marcó profundamente a los médicos y a quien se encontraba en el hospital”, recuerda.
Belén no quiso recibir un trato especial, sino vivir su enfermedad sin perder su identidad de monja. “Cuando falleció, no tenía nada, era pobre, cuando podía haber tenido de todo. Murió nada más que con su medalla de congregante y su hábito”, destaca su tío.
Cuando se inició la búsqueda de la documentación que había escrito Belén, sus padres fueron recopilando sus cartas, y salieron a la luz cerca de 200 que escribió a los amigos, parientes, conocidos que curiosamente todos hemos conservado”.
Una santa agarrada a la cruz
“Yo tenía fe, pero me fortaleció mucho más, y a su entorno también. Todo aquel que conocía a Belén, aunque no tuviera fe, se la cuestionaba. Ella tenía la habilidad de que tú le podías preguntar lo que fuera o hablar con ella, y al final sólo terminamos hablando de Dios".
“Cuando Belén falleció —continúa su tío— se produjo una especie de eclosión de gente que, de pronto, quería saber más de ella”.
“Hemos descubierto muchas cosas del interior de Belén, no porque ella nos lo contara, sino porque después han surgido en las conversaciones, en los testimonios que se han dado de ella, en los escritos que ella mandaba, por ejemplo, a una persona que se había quedado viuda, a unos amigos que sabían que se acababan de casar, a un matrimonio que no podía tener hijos…”.
Fruto de sus escritos y correspondencia, sus padres publicaron en 2023 el libro Belén, carmelita descalza, nuestra hija. Para su tío, “es un muy buen momento para hablar de la clausura, de la que se habla poco, pero es algo fundamental de la Iglesia, porque las monjas no rezan para ellas”.
Asegura que Belén puede convertirse en “un modelo”, especialmente para la juventud de hoy. “Para su nombre eligió la cruz, algo que para ella no solamente era un referente, sino una luz, un bien. No permaneció a su sombra, si no que se abrazó a ella. Me gustaría que fuera recordada como una santa abrazada a la cruz”, concluye.
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