La Rioja volvió a renovar su alianza de fe en el tradicional Tinkunaco

La Rioja volvió a renovar su alianza de fe en el tradicional Tinkunaco

Una multitud participó del encuentro en la plaza central de la capital, presidido por monseñor Dante Braida, con gestos de adoración, paz y compromiso que atraviesan la historia riojana. 

Bajo el sol intenso del verano y fiel a una tradición que no se interrumpe, el pueblo riojano celebró el 31 de diciembre una nueva edición del Tinkunaco en la Plaza 25 de Mayo de la capital provincial. A las 12 del mediodía, como lo marca la tradición, una multitud de fieles se congregó para renovar su encuentro con Dios en una celebración que une fe, historia e identidad.

La ceremonia fue presidida por el obispo de La Rioja, monseñor Dante Braida, acompañado por el clero diocesano y por el obispo auxiliar de Santiago del Estero, monseñor Enrique Martínez Ossola, signo de una Iglesia que camina junto a su pueblo y comparte sus expresiones más profundas de religiosidad popular.

 

Ni el calor agobiante ni las inclemencias climáticas alteran el horario del Tinkunaco. El pueblo sabe que esa hora es una cita con Dios que no se negocia. Bajo ese cielo ardiente, los fieles caminaron, rezaron y esperaron, porque el Tinkunaco -como repiten los riojanos- no se observa desde afuera: se vive.

La llegada de la imagen de san Nicolás de Bari, patrono de la diócesis, despertó una emoción visible. Pañuelos en alto, lágrimas y oraciones silenciosas expresaron lo vivido a lo largo del año: alegrías, dolores, ausencias y agradecimientos. En el santo moreno y en Jesús Divino Niño Alcalde, el pueblo deposita su vida entera.

El canto tradicional del Niño Alcalde, interpretado por el Coro Inmaculada Concepción de María del barrio Los Olivares, acompañó ese clima espiritual. La música se convirtió en oración comunitaria, expresión del sentir de un pueblo que se sabe acompañado por Dios.

Un encuentro con historia y tradición

Junto a san Nicolás y al Niño Jesús Alcalde, la presencia de san Francisco Solano recordó el origen histórico del Tinkunaco: aquel encuentro de paz de 1593 entre pueblos originarios y españoles, suscitado desde el Evangelio. Año tras año, ese acontecimiento fundacional se reactualiza en contextos sociales y culturales distintos, reafirmando que la paz nace del encuentro y no de la imposición.

La narración del rito estuvo a cargo del presbítero Juan Manuel Gómez, cuya voz acompañó cada gesto y ayudó a que el pueblo se introdujera en el misterio celebrado, tendiendo puentes entre la tradición y la vivencia actual.

Uno de los momentos centrales fue la entrega simbólica de la llave de la ciudad al Niño Alcalde, realizada por el intendente capitalino Armando Molina y la vicegobernadora Teresita Madera. El gesto expresó el reconocimiento de que la autoridad y la justicia encuentran su fundamento último en Dios.

 

El punto culminante llegó con las genuflexiones ante Jesús Divino Niño Alcalde. De rodillas, el pueblo confesó su fe, reconoció su pequeñez y expresó el deseo de volver a encontrarse con el Dios de la vida. Cada inclinación fue una oración silenciosa de adoración y confianza.

El saludo de la paz selló la celebración, recordando que la verdadera paz nace de Jesucristo y se construye en el reconocimiento mutuo como hermanos. Así, una vez más, el Tinkunaco se proyectó más allá de la plaza: como envío a vivir el diálogo, el perdón y la reconciliación en la vida cotidiana.

Bajo el sol ardiente del verano riojano, el Encuentro volvió a hacerse realidad. Dios salió al encuentro de su pueblo y el pueblo, una vez más, respondió.

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