Franciso se ausentó del cierre de la cumbre sindical en el Vaticano porque tiene "trabajo atrasado"; les pidió a los dirigentes de todo el mundo, entre los que estaban la cúpula de la CGT y la CTA, cuidarse del "cáncer de la corrupción"
Elisabetta Piqué
Para gran decepción de los cerca de 30 sindicalistas argentinos que viajaron especialmente para darle un apretón de manos, el Papa finalmente no cerró el Encuentro Internacional de Organizaciones Sindicales que tuvo lugar entre ayer y hoy en el Vaticano.
Pocos minutos antes de las 17 locales (las 13 de la Argentina y la hora en la que, según el programa de la reunión, aparecería el Pontífice), con el Aula Nueva del Sínodo llena de gremialistas de todo el mundo y muchos compatriotas ilusionados con saludar al Papa, el cardenal ghanés, Peter Turkson, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que organizó el encuentro, anunció el faltazo.
"Hasta hace una hora estaba confirmado que venía, pero el Santo Padre me hizo llegar hace minutos una nota en la que se disculpa con todos ustedes, pero por su viaje a Myanmar y Bangladesh tiene trabajo atrasado y no puede venir", dijo el purpurado, que pasó a leer una carta que el papa Francisco le mandó a los asistentes.
En la epístola, que Turkson leyó en italiano, al margen de alentar a los movimientos de trabajadores a seguir luchando por la justicia social, también los llamó a cuidarse del "cáncer social de la corrupción".
"Así como, en ocasiones, «la política es responsable de su propio descrédito por la corrupción», lo mismo ocurre con los sindicatos. Es terrible esa corrupción de los que se dicen «sindicalistas», que se ponen de acuerdo con los emprendedores y no se interesan de los trabajadores dejando a miles de compañeros sin trabajo; esto es una lacra, que mina las relaciones y destruye tantas vidas y familias", escribió. "No dejen que los intereses espurios arruinen su misión, tan necesaria en los tiempos en que vivimos. El mundo y la creación entera aguardan con esperanza a ser liberados de la corrupción. Sean factores de solidaridad y esperanza para todos. ¡No se dejen corromper!", exhortó.
A los asistentes a la cumbre, entre los cuales una numerosa delegación argentina marcada por la presencia de dos triunviros de la CGT, Héctor Daer y Juan Carlos Schmid, así como líderes de otras corrientes, Francisco también pidió cuidarse de de la tentación del "individualismo colectivista", es decir, "de proteger sólo los intereses de sus representados, ignorando al resto de los pobres, marginados y excluidos del sistema".
"Se necesita invertir en una solidaridad que trascienda las murallas de sus asociaciones, que proteja los derechos de los trabajadores, pero sobre todo de aquellos cuyos derechos ni siquiera son reconocidos", apuntó. "Sindicato es una palabra bella que proviene del griego dikein (hacer justicia), y syn (juntos)", recordó. "Por favor, hagan justicia juntos, pero en solidaridad con todos los marginados", pidió.
La decepción por la ausencia del Papa fue evidente en la delegación argentina. "Muy mal, muy mal", comentó a La Nación, ofuscado, Pablo Micheli, secretario general de la CTA Autónoma. "Para venir hicimos un sacrificio económico en un momento tan difícil como era el tema de la reforma laboral y lo hicimos fundamentalmente, al menos nosotros, para saludarlo al Papa, que nos convocó a esto. Podría haber venido diez minutos a saludar aunque sea. Nos van a acusar en la Argentina que vinimos acá a gasta plata, a pasear. La verdad, mucha desilusión", lamentó el sindicalista argentino, resumiendo un sentir generalizado.
En una carta de dos carillas y medio, en la que citó varias veces su encíclica Laudato Sí, Francisco recordó la necesidad de un "diálogo sincero y profundo" para redefinir la idea del trabajo y el rumbo del desarrollo. "Pero no podemos ser ingenuos y pensar que el diálogo se dará naturalmente y sin conflictos. Hacen falta agentes que trabajen sin cesar para generar procesos de diálogo en todos los niveles: a nivel de la empresa, del sindicato, del movimiento; a nivel barrial, de ciudad, regional, nacional, y global. En este diálogo sobre el desarrollo, todas las voces y visiones son necesarias, pero en especial aquellas voces menos escuchadas, las de las periferias", aseguró. "Sobre esta base, podremos renovar la solidaridad universal de todos los pueblos, y podremos encontrar el modo de salir de una economía de mercado y de finanzas, que no da al trabajo el valor que corresponde, y orientarla hacia aquella en la que la actividad humana es el centro", agregó.
Antes, recordó que para la Doctrina Social de la Iglesia el trabajo "no puede considerarse como una mercancía ni un mero instrumento en la cadena productiva de bienes y servicios, sino que, al ser primordial para el desarrollo, tiene preferencia sobre cualquier otro factor de producción, incluyendo al capital".
Al destacar el contexto actual, marcado por la cuarta "revolución industrial", caracterizada por la tecnología digital, la robótica y la inteligencia artificial, también les dijo a los sindicalistas que "el mundo necesita de voces como la de ustedes". " Son los trabajadores quienes, en su lucha por la jornada laboral justa, han aprendido a enfrentarse con una mentalidad utilitarista, cortoplacista, y manipuladora. Para esta mentalidad, no interesa si hay degradación social o ambiental; no interesa qué se usa y qué se descarta; no interesa si hay trabajo forzado de niños o si se contamina el río de una ciudad. Sólo importa la ganancia inmediata", denunció. "Todo se justifica en función del dios dinero", lamentó. "Dado que muchos de ustedes han contribuido a combatir esta patología en el pasado, se encuentran hoy muy bien posicionados para corregirla en el futuro. Les ruego que aborden esta difícil temática y que nos muestren, desde su misión profética y creativa,que es posible una cultura del encuentro y del cuidado. Hoy ya no es sólo la dignidad del empleado la que está en juego, sino la dignidad del trabajo de todos, y de la casa de todos, nuestra madre tierra", advirtió.
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