El cineasta ha culminado una filmación épica que divide la historia en dos entregas y que supone el relevo de Jim Caviezel por el finlandés Jaakko Ohtonen, la decisión más audaz de esta segunda entrega de la vida de Cristo.
Mel Gibson lo ha vuelto a hacer. Con la rotundidad de quien no teme al juicio del mundo, el cineasta ha clausurado el rodaje en Italia de la que ya es, por derecho propio, la producción más ambiciosa y costosa de su carrera. Tras siete meses de una filmación épica que ha recorrido los estudios Cinecittà en Roma y los paisajes ancestrales de Matera, La Pasión de Cristo: Resurrección entra en fase de postproducción convertida en un monstruo cinematográfico de dos partes con un presupuesto total de 250 millones de dólares. Esta cantidad pulveriza los 30 millones con los que rodó La Pasión de Cristo en 2004 y supera con creces los presupuestos de sus mayores éxitos previos, situando al cine religioso en la estratosfera de los grandes blockbusters de Hollywood.
La magnitud del proyecto ha obligado a Gibson a dividir la historia en dos entregas independientes que se estrenarán en 2027 con una precisión litúrgica: la primera parte llegará el 26 de marzo (Viernes Santo) y la segunda el 6 de mayo, coincidiendo con el día de la Ascensión. Este díptico no pretende ser una secuela amable, sino una incursión sensorial en lo desconocido. Gibson, fiel a su estilo visceral, ha desechado la narrativa lineal para sumergir al espectador en lo que él mismo ha definido como «un viaje de ácido». La película explorará los tres días de oscuridad entre la Crucifixión y la Resurrección, abordando conceptos teológicos de una densidad abrumadora: el descenso de Jesús a los infiernos, la batalla apocalíptica entre ángeles y demonios, y la caída de los ángeles rebeldes. Es, en palabras de la producción, una odisea metafísica filmada parcialmente con cámaras IMAX para capturar la escala de un conflicto que trasciende lo humano.
La decisión más audaz, y quizá la más dolorosa, ha sido el relevo de Jim Caviezel. Tras años de rumores, el actor de 57 años ha cedido su lugar al finlandés Jaakko Ohtonen. El motivo es puramente narrativo y técnico: la película transcurre apenas tres días después de los hechos de la primera cinta, y el rejuvenecimiento digital de Caviezel habría disparado el presupuesto a niveles insostenibles, restando verdad a una interpretación que el director exigía 'viva y física'. Ohtonen, de 36 años, no es un rostro de portada, pero su formación teatral y su presencia en series como The Last Kingdom o Vikings: Valhalla le otorgan esa sobriedad cruda que el director buscaba.
La potencia visual de este relevo ha quedado patente en las primeras imágenes filtradas tras el cierre del rodaje. En ellas se ve a un emocionado Ohtonen abrazando al equipo de filmación, pero lo que ha paralizado a los fanáticos es un detalle estremecedor: los profundos agujeros de los clavos, recreados con un realismo perturbador, todavía visibles en las palmas de sus manos. Este realismo táctil, donde la carne herida se convierte en el centro del encuadre, confirma que la estética del dolor y la trascendencia sigue siendo el eje central de la visión de Gibson; una marca física que recuerda que, antes de la gloria de la resurrección, el cuerpo del Nazareno fue desgarrado.
Acompañando a Ohtonen, el reparto se ha renovado con figuras que aportan un aire internacional y solemne: Mariela Garriga asume el peso de María Magdalena, mientras que el carismático Riccardo Scamarcio se mete en la piel de Poncio Pilato y el veterano Rupert Everett interpreta a Abraham. Lo que significa esta película va mucho más allá de la taquilla. Para Mel Gibson, es el cierre de un círculo vital y una apuesta por el cine como herramienta de revelación. Si La Pasión de Cristo fue el relato del sacrificio carnal, esta secuela pretende ser la crónica de la victoria sobre la muerte.
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