«Cuántas fuerzas intentan acabar con la Iglesia, pero ella sigue viva»

«Cuántas fuerzas intentan acabar con la Iglesia, pero ella sigue viva»

Francisco en la Fiesta de los Santos Pedro y Pablo habla sobre los ataques «desde fuera» y «desde dentro» que se han verificado a lo largo de la historia y que se repiten todavía en la actualidad, y sobre las persecuciones que a menudo perduran «bajo la mirada y el silencio de todos». 

Por ANDREA TORNIELLI

La invitación para los arzobispos que reciben el palio: el verdadero testimonio es «no contradecir» con el comportamiento lo que se predica. No hay que «tener miedo de los muchos Herodes» que afligen con persecuciones.

 «¡Cuántas fuerzas, a lo largo de la historia, ha intentado –y siguen intentando– acabar con la Iglesia, desde fuera y desde dentro, pero todas ellas pasan y la Iglesia sigue viva y fecunda!». Se necesitan en la actualidad no maestros, sino testimonios y pastores que están llamados a «no ¡contradecir con el comportamiento y con la vida lo que se predica con la palabra y lo que se enseña a los otros!». Lo dijo Papa Francisco en la homilía de la misa en la fiesta de los Santos Pedro y Pablo, patronos de Roma; al final, entregó el palio a 46 nuevos arzobispos metropolitanos que fueron nombrados a lo largo del último año. Por primera vez, según la nueva modalidad establecida por el Pontífice, el palio (la banda de lana blanca decorada con cruces negras que simboliza al cordero que cargaba el Buen Pastor sobre sus hombros y que indica el vínculo con elobispo de Roma), no fue impuesta por el Papa a los arzobispos. Los palios fueron solamente entregados. La imposición se llevará a cabo en las Iglesias locales, con la participación de todos los fieles, el clero y los obispos de las diócesis sufragáneas. 

En la homilía, Francisco reflexionó sobre el testimonio de la primera comunidad cristiana «acosada por la persecución», tal y como la describen los Hechos de los Apóstoles. El Papa no quiso solo detenerse «en las atroces, inhumanas e inexplicables persecuciones, que desgraciadamente perduran todavía hoy en muchas partes del mundo, a menudo bajo la mirada y el silencio de todos», sino más bien prefirió reflexionar sobre la «valentía» de los apóstoles y de los primeros cristianos para evangelizar «sin miedo a la muerte y al martirio, en el contexto social del imperio pagano». Francisco afirmó que «para nosotros creyentes de hoy» la vida de aquella comunidad es «una fuerte llamada a la oración, a la fe y al testimonio».

El Papa llamó principalmente a la oración, sin la cual ninguna comunidad puede salir adelante, y recordó que las mismas catacumbas eran principalmente lugares de oración y de culto. Y, citando la primera Lectura, en la que se describe la ayuda de un ángel a Pedro cuando estaba encadenado en la cárcel, añadió: «¿Pensamos en cuántas veces ha escuchado el Señor nuestra oración enviándonos un Ángel? Ese Ángel que inesperadamente nos sale al encuentro para sacarnos de situaciones complicadas, para arrancarnos del poder de la muerte y del maligno, para indicarnos el camino cuando nos extraviamos, para volver a encender en nosotros la llama de la esperanza, para hacernos una caricia, para consolar nuestro corazón destrozado, para despertarnos del sueño existencial, o simplemente para decirnos: “No estás solo”. ¡Cuántos ángeles pone el Señor en nuestro camino! Pero nosotros, por miedo, incredulidad o incluso por euforia, los dejamos fuera».

Después, reflexionando sobre la llamada de la fe, Francisco dijo: «Dios no saca a sus hijos del mundo o del mal, sino que les da fuerza para vencerlos». Y observó: «¡Cuántas fuerzas, a lo largo de la historia, ha intentado –y siguen intentando– acabar con la Iglesia, desde fuera y desde dentro, pero todas ellas pasan y la Iglesia sigue viva y fecunda!, inexplicablemente a salvo para que, como dice san Pablo, pueda aclamar: “A Él la gloria por los siglos de los siglos”».

«Todo pasa –continuó Francisco–, solo Dios permanece. Han pasado reinos, pueblos, culturas, naciones, ideologías, potencias, pero la Iglesia, fundada sobre Cristo, a través de tantas tempestades y a pesar de nuestros muchos pecados, permanece fiel al depósito de la fe en el servicio, porque la Iglesia no es de los Papas, de los obispos, de los sacerdotes y tampoco de los fieles, es única y exclusivamente de Cristo. Solo quien vive en Cristo promueve y defiende a la Iglesia con la santidad de vida, a ejemplo de Pedro y Pablo». Los que creen en el nombre de Cristo, continuó el Papa, «¡han resucitado a muertos, han curado enfermos, han amado a sus perseguidores, han demostrado que no existe fuerza capaz de derrotar a quien tiene la fuerza de la fe!».

Al final, el obispo de Roma llamó al testimonio: «Una Iglesia o un cristiano sin testimonio es estéril, un muerto que cree estar vivo, un árbol seco que no da fruto, un pozo seco que no tiene agua. La Iglesia ha vencido al mal gracias al testimonio valiente, concreto y humilde de sus hijos». Por ello la invitación a los arzobispos que recibieron el palio: «La Iglesia quiere que sean hombres de oración, maestros de oración, que enseñen al pueblo que les ha sido confiado por el Señor que la liberación de toda cautividad es solamente obra de Dios y fruto de la oración, que Dios, en el momento oportuno, envía a su ángel para salvarnos de las muchas esclavitudes y de las innumerables cadenas mundanas. ¡También ustedes sean ángeles y mensajeros de caridad para los más necesitados!».

«La Iglesia –añadió– quiere que sean hombres de fe, maestros de fe, que enseñen a los fieles a no tener miedo de los muchos Herodes que los afligen con persecuciones, con cruces de todo tipo. ¡Ningún Herodes es capaz de apagar la luz de la esperanza, de la fe y de la caridad de quien cree en Cristo!».

Y, para concluir, indicó que la Iglesia «quiere que sean hombres de testimonio». Francisco citó las palabras de San Francisco, que decía a sus frailes: «Prediquen siempre el Evangelio y, si fuera necesario, también con las palabras». No hay testimonio «¡sin una vida coherente! Hoy no se necesita tanto maestros, sino testigos valientes, convencidos y convincentes, testigos que no se avergüencen del Nombre de Cristo y de su Cruz ni ante leones rugientes ni ante las potencias de este mundo,». Un testimonio que ha sido ofrecido por los cristianos de diferentes confesiones.

«Es muy sencillo –concluyó Francisco–: porque el testimonio más eficaz y más auténtico consiste en no contradecir con el comportamiento y con la vida lo que se predica con la palabra y lo que se enseña a los otros».

En el rito participaron el Metropolita de Pérgamo, Ioannis Zizioulas, delegado del Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomeo I, a quien el Papa saludó al principio de la celebración y con quien, al final de la misa, fue a venerar las reliquias de Pedro, bajo el altar de la Basílica. Los arzobispos metropolitanos que recibieron el palio fueron 46 en total: 18 europeos, 13 americanos, 1 de Oceanía, 8 africanos y 6 asiáticos.

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