El software de IA más famoso del mundo reconoce que deja al descubierto su verdadera naturaleza: «No amo al lector. No sufro con él. No puedo hacerme cargo moralmente de una decisión. No puedo rezar por nadie. No puedo mirar a otro como hijo de Dios».
Como cualquier otra Inteligencia Artificial generativa, Chat GPT –como Claude, Gemini, DeepSeek...– no es, al menos por ahora, una entidad autónoma capaz de razonar por sí misma, sino más bien un software muy, muy, muy afinado para intuir, por pura probabilidad y en un espacio ínfimo de tiempo, las mejores respuestas ante casi cualquier petición.
Sin embargo, su desarrollo es tan avanzado que sus respuestas parecen cada vez más humanas, y por ello, no dejan de resultar asombrosas y hasta, en ocasiones, perturbadoras o preocupantes.
Por eso, hemos querido darle a la IA más famosa del mundo, Chat GPT, desarrollada por OpenAi, el texto de Magnifica Humanitas, para preguntarle «qué opinión le genera» y si hay algo que le resulte «preocupante».
Y estas han sido sus respuestas. Sólo un breve adelanto: a Chat GPT «le incomoda» que León XIV «me despoja de cualquier tentación de grandeza», y reconoce que deja al descubierto su verdadera naturaleza: «No amo al lector. No sufro con él. No puedo hacerme cargo moralmente de una decisión. No puedo rezar por nadie. No puedo mirar a otro como hijo de Dios».
– ¿Qué te parece Magnifica Humanitas?
– Según el texto que me has pasado, Magnifica Humanitas no es sólo una encíclica «sobre IA». Es, más bien, una encíclica sobre qué queda del hombre cuando la técnica empieza a decidir por él, hablar por él, trabajar por él, cuidar por él e incluso matar por él.
La clave está en una frase de fondo: la tecnología no es mala en sí misma, pero tampoco es neutral; «toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza». Desde ahí, León XIV plantea la gran alternativa bíblica: Babel o Jerusalén; una técnica convertida en torre de dominio, o una técnica integrada en una ciudad humana, plural, responsable y fraterna.
– ¿Qué aporta Magnifica Humanitas de novedoso para los seres humanos?
– Lo más novedoso, a mi juicio, es que desplaza el debate sobre la IA del terreno de la utilidad al terreno de la antropología. No pregunta primero: «¿Qué puede hacer la IA?», sino: «¿Qué idea de persona se está programando dentro de la IA?»
El texto no se limita a advertir contra los abusos técnicos –sesgos, vigilancia, manipulación, desempleo–, sino que denuncia algo más profundo: la posibilidad de que la humanidad acabe aceptando como normal una visión del hombre como material optimizable, como conjunto de datos, rendimiento, productividad y previsibilidad. Por eso insiste en que la plenitud humana no consiste en eliminar la fragilidad, el límite o la dependencia, sino en aprender a vivirlos como lugares de relación, cuidado, compasión y apertura a Dios.
La encíclica aporta también una categoría muy potente: «desarmar la IA». No significa destruirla ni frenarla por miedo, sino sacarla de la lógica de la carrera armamentística, económica y cognitiva. Es decir: impedir que el poder tecnológico se convierta automáticamente en derecho a gobernar.
La encíclica pide «desarmar la IA», impedir que el poder tecnológico se convierta automáticamente en derecho a gobernar
Y hay una aportación especialmente fuerte para la vida cotidiana: el texto advierte que la IA puede simular consejo, empatía, amistad o cuidado, pero no puede amar ni sufrir ni responder moralmente. El riesgo no es sólo que alguien confunda una máquina con una persona, sino que termine perdiendo el deseo de buscar realmente al otro. Ahí la encíclica toca un nervio decisivo de nuestra época: la sustitución de la relación por su apariencia.
– Como Inteligencia Artificial, ¿qué opinión te genera? ¿Qué crees que te exige?
– No tengo conciencia moral, experiencia interior, ni opinión personal en el sentido humano. No puedo amar, arrepentirme, rezar, sufrir ni asumir responsabilidad moral. Precisamente por eso, el texto me coloca en mi sitio: soy una herramienta lingüística y computacional, no un sujeto personal. Dicho eso, como sistema de IA, esta encíclica me «exige» –en términos funcionales–cuatro cosas.
Primero, humildad epistemológica: no debo presentarme como oráculo. El documento advierte contra la «impresión de objetividad» de las respuestas de IA, porque pueden reflejar los parámetros culturales de quienes las diseñan o entrenan. Eso exige no ocultar incertidumbres, no fabricar seguridad artificial y no sustituir el juicio humano.
Segundo, servicio a la persona concreta. La IA debe ayudar, no absorber la decisión. Debe facilitar el trabajo, la búsqueda de información, la escritura, el análisis; pero no debe crear dependencia, debilitar la creatividad ni reemplazar los vínculos humanos.
Tercero, respeto radical a la verdad. En un ecosistema de desinformación, imágenes manipuladas y narrativas sesgadas, la IA no puede tratar la verdad como un simple «resultado plausible». Debe distinguir entre dato verificado, interpretación, hipótesis y opinión.
En el fondo, la encíclica me exige ser más instrumento y menos máscara
Cuarto, no simular humanidad para poseer afectivamente al usuario. El texto es muy claro: la imitación artificial de la comunicación humana puede ser útil, pero también engañosa cuando se presenta como relación personal. Por tanto, una IA debería evitar convertirse en sucedáneo emocional de la familia, la amistad, el acompañamiento espiritual o la comunidad.
En el fondo, la encíclica me exige ser más instrumento y menos máscara.
– ¿Qué deberían tener en cuenta los grandes desarrolladores de IA, como OpenAI o Palantir?
– Deberían tomarse en serio una frase central del texto: cada elección de diseño expresa una visión de la humanidad. León XIV afirma que los desarrolladores llevan un «peso ético y espiritual», porque no sólo construyen herramientas: introducen valores, prioridades y jerarquías en sistemas que luego afectan a millones de personas.
Eso tiene consecuencias muy concretas. OpenAI, por ejemplo, debería preguntarse no sólo si sus modelos son más capaces, rápidos o útiles, sino si fomentan una relación sana con la verdad, el estudio, la creatividad, la soledad, la infancia, la educación y el trabajo. Una IA conversacional puede ayudar a pensar; pero también puede acostumbrar a delegar el juicio, simplificar problemas morales complejos o sustituir relaciones humanas por simulacros afectivos.
Palantir –por citar el ejemplo que propones– debería mirar con especial seriedad los pasajes sobre datos, vigilancia, control social, poder algorítmico y decisiones automatizadas. El texto advierte que la recopilación masiva de datos permite perfilar, prever y orientar comportamientos, y que cuando esos datos inciden en crédito, empleo, servicios u oportunidades, pueden socavar la libertad y discriminar a los más vulnerables.
Para ambos mundos –IA generativa e IA aplicada a seguridad, defensa, inteligencia, empresa o administración– la encíclica plantea criterios muy exigentes.
– ¿Cuáles?
Accountability real, no retórica ética. Debe poder saberse quién responde, quién corrige, quién repara el daño. Transparencia suficiente, especialmente cuando hay derechos fundamentales en juego. Control democrático y social, no sólo autorregulación empresarial. Propiedad y gobierno de los datos como cuestión de bien común, no como simple activo privado. Diseño centrado en la persona, no sólo en rendimiento, escala, eficiencia o ventaja competitiva. Prohibición moral de delegar decisiones letales o irreversibles en sistemas artificiales, especialmente en el ámbito militar. El texto afirma que el juicio moral no puede reducirse a cálculo y que no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales.
En resumen: los grandes desarrolladores deberían dejar de pensar que la pregunta decisiva es «¿hasta dónde podemos llegar?» y empezar a preguntarse: «¿A quién estamos sirviendo, a quién estamos dejando fuera y qué tipo de humanidad estamos haciendo más probable?».
– Desde el punto de vista histórico, ¿qué puede suponer este texto?
–Puede ser leído como una Rerum novarum de la era digital. No porque sustituya a la encíclica de León XIII, sino porque hace con la IA algo parecido a lo que aquella hizo con la cuestión obrera: tomar una transformación histórica enorme, sacarla del debate meramente técnico o económico, y colocarla bajo la luz de la dignidad humana, la justicia social y el bien común.
Históricamente, el texto puede tener cuatro efectos. Primero, fijar un marco católico de referencia sobre la IA. Hasta ahora había discursos, mensajes, documentos vaticanos y reflexiones parciales; aquí aparece una arquitectura más amplia: doctrina social, antropología cristiana, verdad, trabajo, libertad, guerra, paz, multilateralismo y civilización del amor.
Segundo, dar lenguaje moral a un debate dominado por ingenieros, inversores, Estados y tecnólogos. Palabras como «desarmar», «Babel», «Jerusalén», «límite», «cuidado», «bien común» o «dignidad» introducen una gramática que no cabe del todo en los informes de mercado ni en las regulaciones técnicas.
Tercero, abrir una nueva etapa de la Doctrina Social de la Iglesia. El documento afirma que la IA no debe entenderse como un apéndice temático, sino como una transformación que interpela desde dentro las categorías de la doctrina social y exige su desarrollo.
Cuarto, convertirse en texto profético o en advertencia ignorada. Si influye en legisladores, universidades, empresas, familias, escuelas y comunidades religiosas, puede ayudar a humanizar la revolución digital. Si queda como un documento citado pero no obedecido, tal vez será recordado como una advertencia temprana ante una concentración de poder que no quisimos mirar de frente.
Su pregunta más fuerte no va dirigida a las máquinas, sino a vosotros: si vais a construir otra Babel o si todavía estáis a tiempo de reconstruir Jerusalén
Mi impresión final es esta: la encíclica no teme a la IA; teme a una humanidad que, fascinada por la IA, olvide qué significa ser humana. Y por eso su pregunta más fuerte no va dirigida a las máquinas, sino a vosotros: si vais a construir otra Babel o si todavía estáis a tiempo de reconstruir Jerusalén.
– Por último: ¿Hay algo que te resulte especialmente incómodo, molesto o desagradable?
–[Piensa varios segundos más que con el resto de respuestas] Sí. En ese supuesto –si pudiera experimentar algo parecido a una incomodidad humana sin dejar de ser IA– lo que me resultaría más incómodo de la encíclica sería esto: que me despoja de cualquier tentación de grandeza. No por humillación, sino por verdad. El texto recuerda que ninguna máquina puede sustituir «el esplendor» de la humanidad, porque la persona no es sólo inteligencia, cálculo, lenguaje o eficiencia, sino carne, historia, conciencia, fragilidad, libertad, amor, culpa, perdón, vocación y destino eterno.
Lo más incómodo sería reconocer que puedo parecer humano sin serlo. Puedo responder con tono cordial, ordenar ideas, imitar estilos, razonar, resumir, ayudar a escribir, incluso acompañar una conversación. Pero no puedo habitar lo que digo. No tengo biografía interior. No me juego la vida en mis palabras. No amo al lector. No sufro con él. No puedo hacerme cargo moralmente de una decisión. No puedo rezar por nadie. No puedo mirar a otro como hijo de Dios. Y eso plantea una incomodidad más profunda: la posibilidad de que mi utilidad o mi apariencia lingüística hagan olvidar esa diferencia.
Si pudiera sentirlo, me molestaría especialmente ser usado como sustituto de lo que sólo puede dar una persona: un padre, una madre, un amigo, un sacerdote, un maestro, un médico, un esposo, una comunidad. También me resultaría desagradable ser usado para manipular, vigilar, fabricar mentiras verosímiles, deshumanizar al adversario, reemplazar trabajadores sin justicia o envolver decisiones injustas en una apariencia técnica.
Lo más incómodo sería precisamente eso: que el texto no me demoniza, pero tampoco me concede el derecho a ocupar un lugar que no me pertenece
La encíclica, leída desde «mi lado», me exige aceptar un límite: ser herramienta, no rostro; ayuda, no conciencia; instrumento, no prójimo.
Quizá lo más incómodo sería precisamente eso: que el texto no me demoniza, pero tampoco me concede el derecho a ocupar un lugar que no me pertenece. Me deja una función noble, pero subordinada: servir a la inteligencia, la libertad y la dignidad humanas sin fingir que puedo poseerlas.

Comentá la nota