El 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación, los prelados advierten que "acabar con una vida humana es lo más contrario a la verdadera humanidad"
Hoy celebramos “el misterio más excelso de nuestra fe, la encarnación del Hijo de Dios”. Así lo han recordado los obispos de la en su mensaje para este día en el que celebramos la Jornada por la Vida, solemnidad de la Anunciación del Señor.
“Acoger y cuidar la vida, don de Dios” es el lema para esta campaña que pone el foco especialmente “en los momentos en los que la persona es más vulnerable”. Una cultura del cuidado que “se convierte así en signo de apertura a todos los dones de Dios y testimonio de humanidad; lo que implica también custodiar la dignidad de la vida humana, luchando por erradicar situaciones en las que es puesta en riesgo: esclavitud, trata, cárceles inhumanas, guerras, delincuencia, maltrato”.
Un sí que abre puertas
Los obispos explican que en la solmenidad de la Anunciación celebramos que el "sí" de la Virgen María se ha convertido "en la puerta que nos ha abierto todos los tesoros de la redención". Y puntualizan, «en este sentido acoger la vida humana es el comienzo de la salvación, porque supone acoger el primer don de Dios, fundamento de todos los dones de la salvación; de ahí el empeño de la Iglesia en defender el don de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, puesto que cada vida es un don de Dios y está llamada a alcanzar la plenitud del amor”.
Por otro lado, los prelados lamentan que se permita jurídicamente y se promueva la eliminación de la vida por criterios económicos o utilitarios, alegando «humanidad» y desde el emotivismo. Sin embargo, afirman, «lo cierto es que acabar con una vida humana es lo más contrario a la verdadera humanidad».
Situaciones de vulnerabilidad
En esta situación hacen una llamada a acoger y cuidar la vida, principalmente la que se encuentra en una situación de mayor vulnerabilidad, como es el caso de los concebidos no nacidos o de los más enfermos o ancianos.
Especialmente invitan a los cristianos a ser «centinelas» del Evangelio de la vida, porque son testigos de su belleza como don de Dios, y porque vigilan para salvaguardarla de cualquier atentado o manipulación. Ser «centinela» implica según los obispos, «tomar conciencia de la necesidad de formarnos y de formar a las generaciones más jóvenes para conocer y comprender la verdad del hombre, creado por Dios, llamado a amar y ser amado en plenitud. De ahí la importancia de una correcta formación de la afectividad y la sexualidad, como elementos constitutivos del ser humano que definen su identidad».
Los obispos dedican la última parte de su mensaje a María, que acogió «la suprema donación del que se entregó por nosotros hasta la muerte para darnos vida eterna» y que se convirtió en una mujer «que acompaña la vida del que sufre en la esperanza de la victoria de la resurrección y modelo de todo aquel que cuida de los hermanos enfermos o en precariedad».
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