Cuando la muerte da perspectiva a la vida

Cuando la muerte da perspectiva a la vida

Por Monseñor José Luis Corral. Obispo de Añatuya

Dios transita nuestros caminos, está en nuestro andar. Él nos recibe y acepta, así como estamos y con nuestras vidas a cuestas. Nos acompaña en esta hora, atravesados por el silencio, la soledad, la muerte, la incomprensión, la perplejidad y el desconcierto. Dios nos sostiene en todo lo que nos hace conmover, arder, luchar; sabe de nuestras caídas e impotencias, de nuestros intentos y de nuestros logros.

Seguimos sacudidos por esta situación inédita, no sabemos bien dónde estamos parados. A veces con ganas de dejarnos ganar por el desánimo y, otras veces, con garras y confianza para no darnos por vencidos y alentados a resistir sin resignarnos. Descolocados frecuentemente por el pesimismo y otras por el optimismo, sin saber si es ingenuidad o realismo, si se trata de fe o fuga.

Estamos en un impasse impuesto por un acontecimiento que vino abruptamente a irrumpir en nuestras vidas, se desploman seguridades y queda al desnudo la fragilidad. Y desde las entrañas, desde lo profundo del abismo o desde las cimas de los montes, clamamos: “¿Dónde está Dios?, ¡Sálvanos, Señor!”

El mundo ha cambiado en pocas semanas y nosotros también podremos salir transformados si hemos aprendido a conectar con los grandes temas de la existencia, de la vida y de la muerte, de la comunidad y la solidaridad, del amor y la fe y la esperanza, las relaciones y las prioridades…

Ojalá no salgamos igual cuando pasen las conmociones, que nos hayamos dejado sacudir y zarandear de tantas costras para vivir más auténticamente, sabiendo a quién defender en la vida y porqué, dónde poner las fuerzas y los esfuerzos, anteponer el bien común y el servicio a las búsquedas egoístas y utilitarias.

Seguimos esperando que pasen las tormentas, estamos en el hueco de la incertidumbre, repletos de preguntas sin respuestas, buscando a toda costa salidas desde la ciencia y desde la fe.

Nos dejamos estrujar el corazón y desahogamos en lágrimas, gestos de cuidado y acciones llenas de fantasía e imaginación. Nos viene bien la recomendación de Santa Teresa de Ávila: “En tiempos recios, amigos fuertes de Dios”; y podremos agregar: amigos cuidadores de los demás.

Lo furibundo de la pandemia con la estridencia de las noticias y con la velocidad del contagio, nos abruman los sentidos y nos embotan la mente, nos sumergen en la angustia y nos aíslan en la impotencia o el miedo.

Pero una voz y una convicción desde el hondón del corazón o de la conciencia nos dicen que si bien estamos poniendo el cuerpo en este presente nuestra mirada se alarga y expande al horizonte de un futuro mejor que no nos pueden arrebatar.

No perdamos la oportunidad de crecer, de aprender y descubrir lo que vale la pena y el gozo, de dar espacio al amor dormido y de avivar la ternura que nos vuelven más humanos y más hermanos.

Cuando todo pase -porque sabemos que pasará- será difícil recuperarnos, en todos los sentidos, en lo económico y social; tendremos que atender muchos frentes que quedarán impactados por esta pausa y muchas serán las víctimas para asistir, pero tendremos el patrimonio atesorado de haber salidos victoriosos como humanidad de una dura batalla y que igualmente podremos enfrentar lo que sigue. 

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