Mons. Buenanueva alienta a vivir la fe en la sociedad actual

Mons. Buenanueva alienta a vivir la fe en la sociedad actual

El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, escribió una reflexión sobre los “desafíos formidables” que la actual cultura presenta a la Iglesia católica, con su fe y su doctrina, y consideró que los católicos deben vivir sin complejos, siendo alegres. El prelado llamó a vivir una “ortodoxia positiva”, que se enorgullece de la trascendencia del mensaje divino y que se vuelca hacia la humanidad.

El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, escribió una reflexión sobre los “desafíos formidables” que la actual cultura presenta a la Iglesia católica, con su fe y su doctrina, y consideró que los católicos deben vivir sin complejos, siendo alegres. El prelado llamó a vivir una “ortodoxia positiva”, que se enorgullece de la trascendencia del mensaje divino y que se vuelca hacia la humanidad. 

Escrita hace unos años, el obispo compartió nuevamente su pensamiento con algunas modificaciones sobre las referencias concretas que hacía al entonces “lugar en el mundo” en que se encontraba, es decir, la provincia de Mendoza. 

La columna del obispo dice así: 

Ortodoxia positiva 

No me asusta la sociedad plural. Al contrario, me gusta. Plantea desafíos formidables a una institución como la Iglesia católica, a su fe y a su doctrina, y a la forma de vida que ella encarna y promueve. Sin duda, pero eso no me asusta. Todo lo contrario, me gusta. Me atrae y me fascina. Un sentimiento visceral. Lo confieso. 

El catolicismo que viene es positivo, sin complejos, alegre y muy vital. No está alienado, como entregado al espíritu del tiempo. Sabe de sí y de su riqueza interior. Se trata de un catolicismo orgulloso de sí mismo, de su historia, de su tradición, de su fe, vivida y formulada, transmitida y siempre novedosa. 

Orgulloso de Roma, no menos que de mi pueblo o ciudad. Del Papa, venerado y amado como el “dulce Cristo en la tierra”, tanto como de la vida escondida con Cristo en Dios de esa inmensa nube de testigos, de esa multitud de los santos de la que habla el Apocalipsis. Los que lavaron sus túnicas en la sangre del Cordero. Los que, en medio de la jungla en que vivimos, sostienen la esperanza de todos con su pasión por el bien, la belleza y la verdad. Son testigos creíbles del Dios amigo de la vida. 

Algunos hablan hoy de “ortodoxia positiva”. La expresión me parece magnífica. Puede sonar a tautología, lo reconozco. Sin embargo, ¿hay algo más positivo que la verdad? 

¿Puede haber algo más positivo que aquella verdad que no está hecha a la medida de nuestra pequeñez, sino la verdad que nos alcanza y nos trasciende, nos empuja hacia delante y nos tracciona con su fuerza, la verdad que desgarra nuestra conciencia abriéndola más allá de sí misma? 

Quién ha probado el gozo de abrir el secreto que encierran las antiguas palabras, los viejos dogmas, los añosos maestros, los catecismos mayores y menores, ¿podrá acaso sentir vergüenza al mirar a una cultura ambiente que ya no cree en nada ni en nadie, que no tiene suelo ni raíces, que se pierde en el instante fugaz? 

Ni vergüenza, ni lástima. Sentirá compasión, se conmoverá por dentro con el mismo amor de Cristo. La compasión de Jesús al ver a las multitudes como ovejas sin pastor. Y se pondrá, como él, a enseñarles. “Y estuvo enseñándoles largo tiempo”, dice el evangelio. Y después vino el pan, la multiplicación de los panes. Y curando a los enfermos. Y expulsando a los demonios que atenazan por dentro y deshumanizan. 

¡Por Dios! Soy católico, hijo de esta Iglesia de santos, de mártires, de pastores egregios, de doctores que brillan como faros en medio de la noche, de místicos que tocan el alma, de humildes trabajadores en la viña del Señor. Soy hijo de la “católica” que está en cada Eucaristía: la totalidad en el fragmento, la vida plena en el don de sí, la expiación en el amor. 

Soy católico, hijo de una Iglesia que mira de frente el pecado de sus hijos, y los reconoce suyos (Sí, también el de los abusadores). Por eso hace penitencia, llora y se avergüenza. No escucha los cantos de sirena del mundo que conducen a la desesperación. Se hace cargo. Se reforma a sí misma. Repara y expía. No vive de la ilusión de creer que ha caído del cielo, y que solo tiene reproche para los demás, como hacen tantos hipócritas. 

La única Iglesia, comunidad visible e invisible, histórica y escatológica; la única -repito- que puede ser reflejo del Verbo encarnado, la que recoge en su red peces bueno y malos, la que sabe que junto al trigo para el pan de la eucaristía, crece la cizaña del veneno, del resentimiento y la corrupción. 

Es la Iglesia “semper reformanda”, que peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, como anotaba Agustín en su tormentoso cambio de época. Y las puertas del Hades no prevalecerán sobre ella, fundada por el Kyrios sobre la roca del frágil Simón Pedro. 

¿Qué me quieren dar en lugar de la “católica”? El moralismo, la utopía, la fuga hacia lo indeterminado, una religiosidad vaga, panteísta y pagana, el subjetivismo y la clausura sobre sí mismo disfrazados de conciencia, el gueto irrespirable del integrismo, sea de derecha o de izquierda. ¿Qué en lugar de la humanidad de la “católica”? ¿La gnosis? ¿La New Age clericalizada? ¡Por favor! 

En la “católica” está el esplendor de la verdad en la humildad de la carne, de los sacramentos, de la Palabra anunciada y predicada, en la sangre de los testigos, en las reliquias de los santos, en la virginidad de los célibes, en la castidad de los esposos, en las promesas, los rosarios y los responsos. 

Aquí está el Viviente, porque él se ha hecho inseparable de los suyos, sus hermanos y hermanas. ¿No dicen los evangelios que, resucitado de entre los muertos, comió pescado y pan partido con los suyos? ¿De qué Jesús me hablan? ¿De una hipótesis reconstruida por ingeniosos biblistas, cuya vigencia dura hasta que aparezca la próxima, y que siempre refleja a sus autores, sus humores, fobias y filias, más que al Autor de la vida? ¡Pero, por favor! 

* * * 

En esta ciudad plural, con infinidad de calles y plazas, con rostros y vestidos multicolores, yo me reconozco en la humanidad del anciano que viene de Roma, en las manos del pastor que perdona, en el cirio encendido frente al Santo de pan y del trabajo, en el olor agrio de las multitudes en peregrinación siguiendo la imagen de la mujer vestida de sol, con una corona de doce estrellas sobre su cabeza y la luna bajo sus pies; me reconozco en el pan y en el vino, en el aceite y el agua, en el incienso y en los cantos, cuya armonía lleva al cielo. 

Catolicismo es humanidad, humanismo y encarnación. Lo demás es gnosis, insoportable, vacía… 

En una ciudad así, la fe es el milagro de un encuentro, como aquellos que narran los evangelios. Aquí están los Zaqueos, las Magdalenas, los Pedros, los Juanes, los endemoniados llevados a la sensatez por la mano de Jesús. Todos transfigurados por ese encuentro con el Señor, el Logos de Dios que ilumina la propia vida. 

Aquí, en esta ciudad de contrastes, se arraiga la fe como “amén” personal, pronunciado con emoción y lágrimas, subiendo desde lo profundo del alma. 

Aquí, en esta ciudad amada y sufrida, yo mismo pronuncio mi Amén, unido a mis hermanos. Amén, sí, Señor, creo en Vos. Ortodoxia positiva, la del Catecismo. Así de concreta.

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