El escándalo de Pell se abate en Australia; pero algunos lo defienden: “Es un chivo expiatorio”

El escándalo de Pell se abate en Australia; pero algunos lo defienden: “Es un chivo expiatorio”

Leña al fuego; es lo que representa la condena del cardenal en el país en el que desde hace años se han verificado una disminución de vocaciones y un aumento de indemnizaciones. Los medios celebran la sentencia, justo castigo para una Iglesia manchada por los abusos, pero la percepción varía entre las personas

Sería muy inocente hablar de tensiones en la Australia que se está dividiendo frente al caso del cardenal George Pell. La condena del ex “ministro de la economía” vaticano, que acabó arrestado por pederastia, es el epílogo de por lo menos quince años de acusaciones continuas. Y ahora se añade leña al incendio que surgió hace dos años con el informe de la Royal Commission que, después de una investigación de cuatro años, refirió que alrededor del 7% del clero australiano estaba compuesto por pederastas y abusadores seriales. Y que, desde los años 50 hasta la fecha, han sido 4.400 los menores que han sufrido abusos sexuales.

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Datos arrolladores para la opinión pública y que han provocado una disminución de las vocaciones después del “boom” de 2010, la reducción de la presencia en las parroquias y la creación de una atmósfera de resentimiento, cuando no de odio, por parte de las personas en relación con la Iglesia católica, que cuenta con 5,4 millones de fieles (el 23% de la población). Esa misma Iglesia que se vio obligada a seguir el plan nacional de indemnización para las víctimas de pederastia, con cifras que llegaron hasta los 150 mil dólares.

En el pasado, las diócesis australianas tuvieron que vaciar las propias cajas para indemnizar a los supervivientes, en particular la de Melbourne en donde se registró el mayor número de abusos y en donde, de 1996 a 2001, fue arzobispo precisamente George Pell, quien reivindicaba la creación de la “Melbourne response”, un esquema de compensación con un límite muy bajo de indemnizaciones que desincentivaba, al mismo tiempo, recurrir a la justicia civil y penal.

Es decir, la “tierra de los canguros” anticipó algunos años la situación que se creó en 2018 en Estados Unidos, en donde la Iglesia no logra reponerse del gancho al hígado que han representado el informe de Pennsylvania y el escándalo de McCarrick.

Muchos ven un paralelismo entre las figuras del ex arzobispo de Washington y del cardenal australiano, para quien invocan (principalmente los medios de comunicación) las mismas medidas: la prohibición del ejercicio público del ministerio y la cancelación de su dignidad cardenalicia. Precisamente, los medios celebran en estos días la condena contra Pell como un justo castigo para una Iglesia que se ha manchado de crímenes y encubrimientos. En las primeras páginas de los periódicos australianos se repiten las mismas ideas «finalmente, justicia», «se ha destapado el mal de la Iglesia», «un pederasta ha caído, ahora la Iglesia ya no es intocable».

Sin embargo, la percepción sobre el caso judicial que ha culminado con el arresto del cardenal, que podría pasar hasta cincuenta años en la cárcel, cambia cuando se dialoga con las personas de a pie. Los católicos que van a las parroquias o que pudieron conocer de cerca a Pell dicen que están «sufriendo mucho» al ver que, en su opinión, todo es un «proceso farsa» con todo y «sentencia prefabricada».

Pero también las personas que normalmente se ocupan y se preocupan por lo que sucede en la vida eclesial se dicen «desconcertadas» con el resultado de una historia que ha durado quince años. Como Sarah, profesor de Brisbane, que, en una conversación con “La Stampa – Vatican Insider”, describió sus sensaciones y las de sus colegas agnósticas: «Es una absurdidad, todo es muy extraño». «La gente está en estado de shock», comentó, por su parte, una pareja de Melbourne. «Está claro que detrás hay una campaña contra la Iglesia».

Mucho más neto es el juicio de Anthony, que es misionero desde hace décadas en Australia y se refiere a la «masacre mediática»: «No es posible que el jurado no estuviera influido por la atmósfera general. El cardenal Pell es un chivo expiatorio y, por lo tanto, “debe” ser culpable, “debe” ir a la cárcel».

«Civo expiatorio». La misma expresión fue utilizada por el conocido jesuita australiano Frank Brennan, abogado y defensor de los derechos humanos, que ha seguido de cerca el proceso (incluso llegó a participar en las audiencias) y que escribió un artículo, publicado en The Tablet, para poner en duda la racionalidad del veredicto: «Si la apelación (presentada por los abogados de Pell, ndr.) fracasara, espero y rezo que el cardenal no sea la víctima inconsciente de una nación herida que busca un chivo expiatorio. Si se acepta la apelación, la policía de Victoria debería verificar la propiedad de la investigación de la policía sobre estas graves acusaciones penales».

También el padre John, sacerdote de Perth, piensa más o menos lo mismo: «Es importante que quienes hayan sufrido abusos sean tratados con respeto y sean escuchados», afirmó. Sin embargo, «también hay que hacer que prevalezca la verdad, de lo contrario no habrá esperanza para nadie, ni para las víctimas ni para los carniceros. Temo que no será así para Pell, es triste ver que tantas personas hayan llegado a una conclusión sin haber conocido realmente los hechos».

Es decir, dos facciones. Se intuía esta situación ya desde el lunes pasado, cuando, al salir del tribunal (mientras grupos de manifestantes gritaban: «Guilty!» y mientras se agitaban carteles con la frase «arde en el infierno»), una mujer aferró la mano del cardenal y le dio un beso en la mejilla.

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