El Papa: “No vamos al paraíso en un carruaje”

El Papa: “No vamos al paraíso en un carruaje”

Durante la Audiencia, en este Miércoles de Ceniza, explicó que en la Cuaresma se forma la esperanza y Jesús con la Pascua inauguró una historia de amor que requiere nuestra participación

Por IACOPO SCARAMUZZI

La Cuaresma es «un periodo de penitencia, también de mortificación, pero no un fin en sí mismo, sino finalizado a hacernos resurgir con Cristo, a renovar nuestra identidad bautismal, es decir, a renacer nuevamente». Lo dijo Papa Francisco en la Audiencia general en la Plaza San Pedro de este Miércoles de Ceniza, cuando comienza el periodo litúrgico que concluye con la Pascua. El Papa explicó que «el éxodo cuaresmal es el camino en el cual la esperanza misma se forma» y «se cumple con la Resurrección de Jesús», evento que inauguró el camino de una «historia de amor», que requiere «nuestra participación». «Pero esto no quiere decir —añadió— que Él ha hecho todo y nosotros no debemos hacer nada, que Él ha pasado por medio de la cruz y nosotros “vamos al paraíso en un carruaje”». 

«En este día, Miércoles de Ceniza, entramos en el Tiempo litúrgico de la Cuaresma. Y ya que estamos desarrollando el ciclo de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy quisiera presentarles la Cuaresma como camino de esperanza», comenzó el Papa. Y por ello, «la Cuaresma —agregó el Obispo de Roma— es un periodo de penitencia, también de mortificación, pero no un fin en sí mismo, sino finalizado a hacernos resurgir con Cristo, a renovar nuestra identidad bautismal, es decir, a renacer nuevamente “desde lo alto”, desde el amor de Dios. Por esto es que la Cuaresma concluyó el Papa, es por su naturaleza, tiempo de esperanza». 

Así, de la misma manera en la que el pueblo de Israel tuvo un éxodo para huir de la esclavitud hacia la tierra de la libertad, un «camino en la esperanza», la Pascua de Jesús «es su éxodo, con el cual Él nos ha abierto la vía para alcanzar la vida plena, eterna y gozosa. Para abrir esta vía, este camino, Jesús ha debido despojarse de su gloria, humillarse, hacerse obediente hasta la muerte y la muerte de cruz. Abrirnos el camino a la vida eterna le ha costado toda su sangre, y gracias a Él nosotros somos salvados de la esclavitud del pecado. Pero esto no quiere decir que Él ha hecho todo y nosotros no debemos hacer nada, que Él ha pasado por medio de la cruz y nosotros “vamos al paraíso en un carruaje”. No, no quiere decir esto. No es así. Nuestra salvación es ciertamente un don suyo, pero, como es una historia de amor, requiere nuestro “si” y nuestra participación en su amor, como nos demuestra nuestra Madre María y después de ella todos los santos». 

  

El Papa subrayó que Cristo «nos precede con su éxodo, y nosotros atravesamos el desierto gracias a Él y detrás de Él. Él es tentado por nosotros, y ha vencido al Tentador por nosotros, pero también nosotros debemos con Él afrontar las tentaciones y superarlas. Él nos dona el agua viva de su Espíritu, y a nosotros corresponde tomar de su fuente y beber, en los Sacramentos, en la oración, en la adoración; Él es la luz que vence las tinieblas, y a nosotros se nos pide alimentar la pequeña llama que nos ha sido confiada el día de nuestro Bautismo». Se trata de «un camino de la esclavitud a la libertad, que siempre hay que renovar», un camino, claro, difícil, como es normal que lo sea, «porque el amor es difícil, pero es un camino lleno de esperanza. Es más, diría además: el éxodo cuaresmal es el camino en el cual la esperanza misma se forma. La fatiga de atravesar el desierto – todas las pruebas, las tentaciones, las ilusiones, las visiones… – todo esto vale para forjar una esperanza fuerte, sólida, en el modelo de la Virgen María, que en medio a las tinieblas de la pasión y de la muerte de su Hijo continuó creyendo y esperando en su resurrección, en la victoria del amor de Dios». 

Hoy por la tarde el Papa, como indica la Tradición, se dirigirá a la colina romana del Aventino para presidir a las 16,30 la procesión penitencial en la Iglesia de San Anselmo. A las 17 será la Misa en la Basílica de Santa Sabina con la bendición e imposición de la Ceniza. 

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