Homilía de Mons. Rubén Oscar Frassia en la vigilia diocesana por el V Centenario nacimiento Santa Teresa

Parroquia San Judas Tadeo – Lanús  (27 de marzo 2015)

Queridos sacerdotes, diáconos, religiosas, seminaristas. 

Querido pueblo fiel:

La pregunta que hoy nos hacemos está concentrada en el Evangelio de San Juan. Jesús muestra a sus interlocutores que Él es el Hijo de Dios, el verdadero Dios y verdadero Hombre; esa es su identidad, su realidad. No puede mentir como hacen los hombres y no puede decir lo contrario sino que tiene que decir lo que es, sabiendo que le iba a ir muy mal. Porque “no te apedreamos por las obras que haces, sino que te queremos apedrear porque te haces Hijo de Dios, igual a Dios” Esa es la raíz, el centro, de toda nuestra vida cristiana. 

Seguimos a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre; en Él tenemos puesta nuestra confianza, a Él escuchamos y le decimos, una vez más, “Señor, aquí estoy para hacer tu voluntad”. Por lo tanto, la raíz, la causa de todo apostolado y de toda evangelización en la Iglesia y en el mundo, de todo lo que hacemos, está apoyado en esta confesión: verdadero Dios y verdadero Hombre. Eso es lo definido y definitivo. 

Desde esa definición vamos construyendo todas las demás definitividades, todas las demás cosas: la entrega, los sacrificios, los sufrimientos, las realidades, los fracasos, los límites, el cansancio, los pecados, todo lo hacemos en Jesús, el definitivo. Pero si la confesión no se apoya en la fe, todo lo demás se puede convertir en superficialidad y en pérdida de tiempo y no vale la pena ser superficiales, ni perder el tiempo.

Hoy, en la Iglesia, celebramos el nacimiento de una mujer que tuvo la fuerza y la gracia del Espíritu Santo para vivir -de una manera intensa- la amistad y el amor a Jesús, al Señor: Santa Teresa de Jesús. En estos actos que hoy iniciamos, tenemos la dicha y la gracia de recibir los beneficios de la Iglesia a través de la Indulgencia Plenaria. Aprovechemos esta gracia que el Señor nos da por medio de la Iglesia. Pero eso sería insuficiente si nos quedásemos simplemente en esta valoración. 

Tenemos que darnos cuenta qué cosa le ha tomado a esta mujer y por qué se ha enamorado tanto de Jesucristo y con qué alegría se ha volcado intensamente a esta pasión por el Evangelio y por la Iglesia. Es evidente que estaba enamorada de Cristo y lo vemos reflejado en mil cosas que podemos seguir e imitar.

La primera actitud es la oración. La oración está presente en saber que amamos a Jesús, que Jesús nos habla y estando a solas con Él le podemos hablar porque nos escucha. Por eso la oración es el medio más eficaz de nuestra apostolicidad, porque nos lleva a buscarlo, a contemplarlo, a mostrarle nuestra pobreza, nuestra limitación. La oración nos va convirtiendo para que seamos conformados a su imagen y semejanza, de una manera profunda y plena. Por eso, el que reza debe hacerlo como creyente y esto repercute en el hombre común, el bautizado, el casado, el consagrado, el religioso, la religiosa, el sacerdote, el diácono, el Obispo, es decir toda persona humana que existe y tiene una misión.

Todos tenemos que pedir -y pedirnos-  que este año la oración sea más intensa. Más intensa en comunidad y en calidad. Si es intensa, profunda y tiene calidad, va a hermosear nuestra vida. La oración, volcada en manos de Dios, vuelve a nosotros y repercute en nuestra calidad de vida, calidad de compromiso, de actitud, de servicio, de transparencia. El que reza no quedará confundido jamás

La segunda actitud es la humildad. Tenemos que volver al camino del que nos hemos ido alejando, el camino de la humildad. Esto está contrarrestado porque cada uno se cree genio, vive a su manera, quiere privatizar su vida, quiere “hacer la suya”; pero el camino que nos enseña el Señor, y también Santa Teresa, es el de la humildad para recorrer los senderos y las gradas del castillo interior; para darnos cuenta que el que es humilde es más equilibrado, más respetuoso, considera a los demás, los acepta. En cambio el soberbio compite con el otro, destruye lo que el otro hizo, desprecia lo que los demás hicieron, porque solo considera lo que hizo el orgulloso.

Otra característica que se fue deteriorando en décadas: la obediencia. Hoy no se obedece a nadie. La obediencia voluntaria nos lleva a una perfección mucho más madura, más plena. ¡Qué distinta la madurez voluntaria a hacer mi voluntad! Quien obedece voluntariamente tiene más personalidad que aquel que hace su voluntad.  Porque muchas veces mi voluntad no coincide con la voluntad de Dios, expresada en nosotros. Y muchas veces así nos va, cuando hacemos “lo nuestro” despreciando lo de los demás.

Humildad y obediencia -en clave de fe- para llegar a Cristo, que se hizo humilde obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.  Por eso creo que todos tenemos que retomar, recuperar, renovar, despertar y hacer brillar estas dos características: humildad y obediencia. Y pedirlo intensamente. En la medida que nosotros lo reconozcamos, vamos a cansarnos menos, porque el que es humilde, y el que es obediente, tiene más paz, más equilibrio y se desgasta menos. En cambio, el que no es así pierde una cantidad enorme de energías. Quien no se guía por la verdad, por la libertad, por el Evangelio, por los otros o por la Iglesia, gasta energías por sus caprichos y sus antojos.

Otra actitud a imitar, en este Año Teresiano, es la consabida alegría. Sería importante que todos nosotros, como Iglesia diocesana, en los ámbitos donde nos toque desarrollar nuestra tarea misional y apostólica, tengamos la alegría de saber que estamos tratando lo más importante y lo más bello; por lo tanto, aunque estemos crucificados y traspasados por el dolor, o por sufrimientos o enfermedades, jamás perdamos la ilusión, el sueño, la esperanza y la alegría.

La alegría del servicio, la alegría de cansarnos por los demás, la alegría de escuchar al otro, de caminar juntos, la alegría de saber decir si y saber decir no, cuando sea necesario. Pero una alegría que es una gracia, no una desgracia. Es una gracia vivir, ser cristiano, ser llamados en la Iglesia, es una gracia y un honor servir en las condiciones que Dios nos llama a través de la amada Iglesia.

En este tiempo especial de los quinientos años de Santa Teresa de Jesús, pidamos ir recorriendo este camino. Cada uno lo tiene que recorrer, tiene que andar por sí  mismo, aunque sea con bastones, cada uno tiene que recorrer un camino hacia la libertad, hacia el amor, hacia la Montaña Santa, hacia Dios y recorrer -como decía Santa Teresa- un camino al Monte Carmelo. Y allí, encontrándonos con Dios y Dios encontrándonos a nosotros, nos va a ayudar a encontrar a los demás. A encontrar, amar, servir y nunca perder. Que esa alegría también esté presente en nuestras vidas. 

Santa Teresa de Jesús, mujer con tanto coraje, con tanto humor, con tanta alegría y con tanto sufrimiento, fue perseverante y fiel hasta el final. Que también nosotros hagamos lo mismo.

Que así sea.

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