La Vía de la Seda no puede existir sin la confianza entre China y el Vaticano

La Vía de la Seda no puede existir sin la confianza entre China y el Vaticano

Históricamente es encrucijada entre cristianos, musulmanes y budistas. Un encuentro entre Xi y Francisco sería posible si se refuerzan las relaciones

Hoy en Roma se presenta el libro “La Iglesia en China. Un futuro aún por escribir” (Ancora), editado por el director de “La Civiltà Cattolica”, Antonio Spadaro, y dedicado a las relaciones entre la Iglesia católica y China después del acuerdo que alcanzaron el Vaticano y Pekín en relación con el nombramiento de los obispos. Intervienen el superior general de los jesuitas, Arturo Sosa, monseñor Claudio Maria Celli y el presidente del Consejo Italiano, Giuseppe Conte. Modera el padre Antonio Spadaro. Con motivo de esta conferencia, publicamos uno de los análisis del mismo padre Spadaro.

PUBLICIDADinRead invented by Teads

Una selezione dei migliori articoli della settimana. Ti presentiamo Top10

Es un dato comprobado que China está jugando un papel relevante en la organización de los intercambios comerciales globales. La historia hoy debe ayudarnos a entender que la globalización de los intercambios comerciales globales. La historia precisamente ahora debe ayudarnos a comprender que la globalización no coincide con la «occidentalización» del mundo, sino que debe ser enmarcada dentro de una perspectiva más amplia.

De hecho, es tiempo de recorrer la larga historia de la “Vía de la seda”, activa entre el primer siglo a.C. y el siglo XVI. Se vuelve a descubrir un continente euroasiático que en el primer milenio y más estuvo profundamente interconectado, incluso bajo el perfil cultural. La Vía de la seda, tal y como Pekín pretende sacarla adelante, retoma siglos de historia de relaciones políticas y comerciales. Por ello exige gran atención en la actualidad. Es un proyecto global de raíces profundas.

Cambio de mentalidad

Firmado el memorando con todas las reacciones que ha suscitado, ahora debemos mirar hacia adelante y considerar que la iniciativa china no puede ser evaluada solo según su relevancia en ámbito económico y financiero. Sería miope. Pekín insiste mucho sobre los intercambios culturales entre los pueblos de la ecúmene euro-afro-asiática, y lo hace invirtiendo recursos en innumerables iniciativas dedicadas al patrimonio cultural inmaterial: museos, ferias, exposiciones. La cultura es fundamental en la estrategia de China para garantizar la propia influencia internacional.

Seguramente estamos viviendo la superación de la modernidad occidental y un cambio de mentalidad tanto en Oriente como en Occidente. Los historiadores se preguntan si estamos experimentando el final de quinientos años de predominio occidental. El debate refleja el dilema de una sociedad del oeste que siente que el futuro del mundo está cada vez en sus manos.

La presencia de los demás grandes actores en el escenario internacional (la India, Japón, Brasil, Rusia) hace que el marco sea muy complejo y exige una gobernanza global. Europa, en este sentido, debe encontrar un perfil coherente. Y luego, no olvidemos a sujetos como las empresas multinacionales y transnacionales, organismos no gubernamentales. No es imaginable un Oriente que surja y sumerja al Occidente. Como tampoco son imaginables un Oriente o un Occidente en el que haya un «centro» único con respecto a tantas periferias. La mirada geopolítica que Francisco saca adelante desde que comenzó su Pontificado insiste en invertir el esquema esclerótico de las relaciones entre un «centro» y sus «periferias».

La cultura europea, por lo menos hasta la Ilustración, siempre ha mirado con atención la realidad china. Testigo de ello es el cristianismo. Las espléndidas cartas de los misioneros jesuitas en China (verdaderos reportajes) fueron, al mismo tiempo, ocasión de conocimiento de la cultura china por parte de los intelectuales incluso alejados de la fe, como Voltaire, Montesquieu, Rousseau. Los jesuitas, de alguna manera, «sinizaron» a Europa. Posteriormente, en cambio, prevaleció el sentido de superioridad. El colonialismo europeo entre los siglos XIX y XX impuso una visión euro-céntrica. Las Guerras del opio hicieron que el cristianismo pareciera a la población china una religión extranjera, la de los colonizadores.

Francisco ha contradicho claramente en varias ocasiones esta visión colonial. Recordemos que, al final de su viaje a Myanmar y Bangladesh, habló explícitamente del nuevo papel que China está desempeñando en el contexto internacional. Dijo: «La China de hoy es una potencia mundial: si la miramos desde este lado, puede cambiar el panorama».

La portada del volumen

El «cambio de panorama» evocado por el Pontífice sintetiza las reflexiones que hemos hecho hasta ahora. Y en este «panorama» hay que situar el acuerdo provisional del 22 de septiembre pasado entre China y la Santa Sede. El vocero del ministerio del Exterior de Pekín, Geng Shuang, al margen del viaje del presidente Xi Yinping a Italia, afirmó que ese acuerdo «constituye una etapa importante. China está dispuesta a seguir en esta dirección con el Vaticano, a poner en marcha un diálogo constructivo, a mejorar la comprensión, a instaurar una confianza recíproca y a promover la mejora de las relaciones bilaterales».

Muchos se esperaban un encuentro entre Xi y Francisco en Roma. Pero también es cierto que la confianza debe construirse sólidamente. Lo que es cierto es que la Vía de la Seda, por su alcance y sus ambiciones, no podrá realizarse sin esta confianza creciente entre Pekín y Roma, entendida como la sede de Pedro, dada la naturaleza global del cristianismo. Y este acuerdo pone la columna espiritual que fue fundamental para sostener la Vía de la seda de la época Tang, en la que el presidente Xi se inspira.

El diálogo

De hecho, precisamente por la Vía de la Seda se llevó a cabo un extraordinario encuentro entre tradiciones religiosas diferentes: cristianos, musulmanes, zoroástricos y budistas se encontraron y vivieron lado a lado. Precisamente en este ambiente pluralista, el cristianismo estaba dispuesto a entrar en un diálogo fecundo con tradiciones culturales y religiosas muy diferentes de la tradición hebraica y de la tradición greco-helenista con las que se confrontó al principio.

Pero a lo largo de la Vía de la Seda están los países árabes. La conquista turca de Estambul, de 1453, y la afirmación del Imperio Otomano fueron algunas de las causas que provocaron la interrupción de la Vía de la Seda. Ahora la fractura entre el Oeste y el Este debe ser subsanada. Y China y los Emiratos Árabes Unidos ya han firmado acuerdos que unen a estos dos mundos. No hay que olvidar, en este sentido, que el otro evento de fuerte impacto geopolítico de Francisco, además del evento chino, es el Documento sobre la fraternidad humana firmado en Abu Dhabi con el imán de al-Azhar. No es difícil comprender que la paz en el mundo también pasa por China y el Islam, dos grandes prioridades del Pontificado de Francisco, que se ha dotado de aguja e hilo muy resistente.

El cristianismo en la época Tang a lo largo del itinerario de la Vía de la Seda permaneció fiel al Evangelio, asumiendo plenamente el vocabulario budista y taoísta, volviéndose, sin temores ni tanteos, plenamente chino: muchos siglos antes de Matteo Ricci.

Los antiguos vínculos, gracias al Acuerdo de septiembre, volverán a entretejerse con mayor armonía. Se confía en que se proceda como cuando se anda en bicicleta, a la velocidad correcta para poder permanecer en equilibrio y seguir adelante sin detenerse.

Coment� la nota