Peripecias de un Papa latinoamericano

Peripecias de un Papa latinoamericano

El mensaje del Papa fortalece a Maduro, pero ¿fortalece a Venezuela?

En 1978, cuando el cardenal Samoré mediaba entre la Argentina y Chile para evitar la guerra inminente por una disputa en el Canal de Beagle, el padre Jorge Bergoglio tenía 42 años, estaba a cargo de los jesuitas de Buenos Aires y hacía terapia con una psicóloga judía.

Ahora es el primer Papa latinoamericano de la historia, pero sus mayores incordios diplomáticos los tiene en Latinoamérica.

En la Argentina nunca pudo ocultar su antipatía hacia el presidente Macri, con quien lo separan viejas disputas desde que el ex jefe de Gobierno porteño aprobó la unión civil para los homosexuales en la misma ciudad en la que Bergoglio ejercía su jefatura religiosa. Ya pasaron 10 años de aquella decisión, pero el frío no pasa.

Más acá llegaron el debate sobre la despenalización del aborto -la Iglesia salió a jugar fuerte, parroquia por parroquia, después de que la iniciativa tuviera media sanción en Diputados- y luego se conoció que los sueldos de los obispos le costaban al Estado 130 millones de pesos al año. ¿Una travesura de Durán Barba? Como fuera, la Iglesia terminó renunciando a ese aporte histórico.

Quizá eso bastaría para explicar por qué el jefe de Estado Francisco no programa nunca una visita al Estado donde nació. Es una privación que no parece un triunfo diplomático.

En Chile, Francisco se topó quizá con la más fría recepción a un Papa en la historia de Latinoamérica. Estaba en danza el encubrimiento a los pedófilos y las fuertes acusaciones al obispo Juan Barros, con quien el Papa se mostró libremente durante toda su visita.

Unos meses después expresó, con toda crudeza: "He incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada". Y les pidió perdón a las víctimas.

Ahora acaba de regresar de una visita histórica a los Emiratos Árabes, donde 170.000 cristianos residentes en el Golfo Pérsico asistieron a su misa de cierre en Abu Dhabi, pero debe volver a hacer equilibrio para ver cómo se para ante Venezuela.

Parece claro que Maduro lo busca porque necesita aire, después de la condena de Europa a su "gobierno ilegítimo". Y le pide mediación para un diálogo que el chavismo se ha empeñado en esquivar, postergar o dilatar.

Francisco aceptó el juego rápidamente, aún antes de leer la carta en la que Maduro dice que le asegura estar "al servicio de la causa de Cristo". Y pone a la oposición en el sitio justo donde Maduro quiere: "Las condiciones iniciales son que las dos partes pidan", dice el Papa, y remarca: "Siempre estamos disponibles".

El mensaje religioso está dado: la Iglesia busca acercar a las partes y ayudar. El mensaje político también: si no hay diálogo con la intermediación del Papa en Venezuela, será porque la oposición no lo quiere.

 Eso fortalece a Maduro, pero ¿fortalece a Venezuela?

La Iglesia venezolana es más dura contra el régimen chavista que El Vaticano. El propio Maduro lo ha interpretado así. Hace dos años, mientras pedía una intervención de las Naciones Unidas para un diálogo que luego nunca propiciaría, ya había dado a entender que el Papa tenía una actitud comprensiva hacia su gobierno, mientras que la Iglesia local respondía "a intereses imperialistas".

Francisco le contestó entonces, arriba de un avión: "Eso que dice Maduro que lo explique él; no sé qué cosas tiene en su mente". 

Lo que tenía en su mente era conseguir más aire internacional invocando su nombre. Igual que ahora.

por HÉCTOR GAMBINI

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