Parolin: los migrantes contribuyen en el nacimiento de grandes civilizaciones

Parolin: los migrantes contribuyen en el nacimiento de grandes civilizaciones

El cardenal Secretario de Estado firmó el prefacio de un volumen de la Scuola Sinderesi: «Hay que contrarrestar la narrativa negativa sobre los refugiados»

«Las migraciones siembre han existido en la historia humana y han contribuido sustancialmente en el nacimiento de grandes civilizaciones en el pasado y en el presente». Lo escribió el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado vaticano, en el prefacio al volumen “Immigration, understanding and proposals”, fruto del trabajo anual de los jóvenes de la Scuola Sinderesi, del Centro Fe y Cultura A. Hurtado de la Pontificia Universidad Gregoriana. El volumen fue presentado el lunes por la tarde en la universidad de los jesuitas. 

«Hay que contrarrestar la narrativa negativa sobre los migrantes y los refugiados», afirmó Parolin, «en el debate sobre la relación entre la migración y el desarrollo no se ha reconocido plenamente la contribución aportada por los migrantes en el progreso de los países de destino». 

«Como afirmó san Juan Pablo II en 1992 —prosigue el texto del Secretario de Estado— muchos migrantes viven y trabajan en la sociedad de adopción desde hace ya tiempo. Se trata de personas que […] esperan ser reconocidas como parte integrante de la sociedad de la que comparten las vicisitudes y el compromiso por el desarrollo económico y social (Mensaje para la Jornada Mundial de 1992). Las migraciones siempre han existido en la historia humana y han contribuido sustancialmente en el nacimiento de grandes civilizaciones en el pasado y en el presente. Barreras y muros, por el contrario, han generado divisiones y desigualdades entre las personas, provocando a menudo resentimiento, rivalidad y conflictos. Como ha subrayado el Papa Francisco, “debemos pasar de considerar al otro como una amenaza a nuestra comodidad a estimarlo como alguien que, con su experiencia de vida y sus valores, puede aportar mucho y contribuir en la riqueza de nuestra sociedad” (Mensaje para el segundo coloquio México-Santa Sede sobre el desarrollo de una migración humana, 14 de junio de 2018)». 

Según Parolin «no está fuera de lugar, pues, insistir en este aspecto, subrayando la compartida responsabilidad de los jefes de Estado y de los medios masivos de comunicación en la promoción de una visión positiva de la migración, disipando prejuicios y miedos, y abandonando la cultura dominante del descarte y del rechazo, como el Papa Francisco ha pedido repetidamente. Existe, efectivamente, una evidente propensión a subrayar los eventos criminales en los que se ven involucrados los migrantes y refugiados. Al mismo tiempo, son disminuidos tantos aspectos positivos de las migraciones actuales: las buenas prácticas de acogida y de integración, el voluntariado, que hace tangible un sentido de solidaridad bastante extendido, por poner solamente algunos ejemplos. Hay que contrarrestar la narrativa negativa sobre los migrantes y los refugiados. Hacer justicia al “bosque que crece”, en lugar de vocalizar la atención sobre el “único árbol que cae”, que seguramente hace más ruido, pero que no representa la realidad». 

El purpurado recordó que «en febrero de 2017 el Papa Francisco aclaró que la integración es “un proceso bidireccional, que se basa esencialmente en el mutuo reconocimiento de la riqueza cultural del otro: no es un aplanamiento de una cultura sobre otra, así como tampoco un aislamiento recíproco, con el peligro de nefastas cuanto peligrosas ‘guetizaciones'” (Discurso a los participantes en el Foro internacional sobre la migración y la paz, del 21 de febrero de 2017). Hay que reconocer —subrayó— que algunos Estados están adoptando leyes que sostienen este proceso; sin embargo, los relativos programas afrontan a menudo dificultades en la fase de aplicación. Las dinámicas interculturales desafían la percepción de las identidades nacionales y es legítimo preguntarse cuáles elementos nativos son negociables y cuáles no lo son. No creo que existan respuestas estándar a esta pregunta, a excepción de los valores y de los principios considerados universales de las grandes religiones y de algunas éticas pluriseculares. No hay que olvidar que, dentro del debate sobre la integración, la identidad cultural es algo dinámico, alimentado por las relaciones con los demás, y que es reforzado, no debilitado, por las diferentes aportaciones». 

El cardenal también cita en su prefacio el llamado del Papa Francisco desde Lampedusa, durante su primer viaje italiano, en julio de 2013, para subrayar que «considerando los aspectos más dramáticos de los actuales flujos migratorios, debemos sentir el sufrimiento de los demás como nuestro, debemos sentir las dificultades de los migrantes en carne y hueso». Además de la libertad y la igualdad, prosigue el cardenal Secretario de Estado, «debemos promover la fraternidad, un principio que a menudo es olvidado en el recorrido de desarrollo de las democracias del tercer milenio. Aunque este principio no corresponde con explícitas normas del derecho internacional», aclaró, «constituye un instrumento de evaluación y un modelo de acción para políticas tendidas a forjar el bien común, ya sean políticas relacionadas con un grupo, una comunidad de personas o con las relaciones internacionales». 

«La fraternidad —prosiguió Parolin— es un principio basado en la dimensión de la persona e implica una dimensión basada en las relaciones entre personas, que incluye la reciprocidad, los deberes y las relaciones sociales en todos los niveles. Un valor que es más que necesario para afrontar los desafíos mundiales de la actualidad de manera humana, concreta, dinámica y, en definitiva, seria y confiablemente. Debemos volver a centrar el debate en el ser humano: el fin de toda política y actividad económica es el desarrollo integral del ser humano. Como ha afirmado el Papa Francisco, “una política justa es la que se pone al servicio de la persona, de todas las personas interesadas; que prevé soluciones adecuadas para garantizar la seguridad, el respeto de los derechos y de la dignidad de todos; que sabe ver el bien del propio país teniendo en cuenta el bien de los demás países, en un mundo cada vez más interconectado” (homilía del 6 de julio de 2018). A la luz del actual desafío migratorio, el enfoque adecuado es el que se basa en la cultura del compartir, la cultura del encuentro, la aceptación generosa y responsable». 

El escenario actual, escribió Parolin, demuestra que «la inmigración es menudo afrontada como una materia de política y economía nacional. En nombre de la seguridad de los ciudadanos, muchas naciones y Estados reivindican el control absoluto. En el mundo de hoy, sin embargo, es mucho más necesario mantener una mirada global. Esto se aplica no solo a la migración internacional (cuya gobernanza, por definición, exige una intervención sinérgica de los países de origen, tránsito y destino), sino también a la migración dentro de un único país. La migración plantea a menudo desafíos que son demasiado grandes para los países en vías de desarrollo y exigen una intervención por parte de la comunidad internacional en el marco de la cooperación internacional y equilibrando los principios de la solidaridad y de la subsidiaridad. En este contexto, la Doctrina social de la Iglesia ofrece una serie de reflexiones que, en conjunto, constituyen un válido paradigma que pueden seguir los Estados cuando definen sus políticas». 

«Por esta razón, la Santa Sede —explicó el cardenal Secretario de Estado— ha deseado contribuir en el debate internacional que surgió con la Declaración de Nueva York (19 de septiembre de 2016) y con las discusiones que llevarán a la adopción de dos “global Compacts” antes de que termine 2018, uno sobre los refugiados y otro sobre la migración segura, ordenada y regular». Parolin recordó también las palabras que utilizó inaugurando el congreso sobre las migraciones entre México y la Santa Sede: el futuro pacto mundial «servirá como marco global común, favorable e indicativo para la migración internacional. Aunque no será vinculante, su autoridad dependerá del buen uso que se hará de él». 

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