El Papa a los líderes religiosos: “O construimos el futuro juntos o no habrá futuro”

El Papa a los líderes religiosos: “O construimos el futuro juntos o no habrá futuro”

Francisco en Abu Dhabi: «Ha llegado el momento de que las religiones se empeñen más activamente, con valor y audacia, con sinceridad, en ayudar a la familia humana a madurar la capacidad de reconciliación». Elogia a los Emiratos Árabes, recuerda cuál es la plena libertad religiosa y pide que los «derechos fundamentales sean siempre respetados»

No hay tiempo que perder. Y tampoco hay alternativas. Ha llegado el momento en el que las religiones «se empeñen más activamente, con valor y audacia, con sinceridad, en ayudar a la familia humana a madurar la capacidad de reconciliación». Durante el encuentro con 700 líderes religiosos de todas las confesiones, en una atmósfera de día histórico, el Papa Francisco lanzó un fuerte llamado desde Abu Dhabi: «o construimos el futuro juntos o no habrá futuro». El Pontífice elogia a los Emiratos Árabes Unidos por su tolerancia. Recuerda lo que es la plena libertad de fe. Y subraya: «que los derechos fundamentales sean siempre respetados».

El Papa Francisco y Ahmed al-Tayyb llegaron al encuentro interreligioso después del coloquio de 30 minutos con el Muslim Council of Elders sobre la importancia de la cultura del encuentro para reforzar el compromiso por el diálogo y la paz, y después de la visita a la Gran Mezquita. En la tumba del Fundador de los Emiratos Árabes Unidos, el Founder’s Memorial, en donde el Pontífice y el gran imán de al-Azhar fueron recibidos por el príncipe heredero, el jeque Mohamed bin Zayed al Nahyan.

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«¡Al Salamó Alaikum! La paz esté con vosotros», comienza Jorge Mario Bergoglio. Desde aquí, desde «vuestra patria me dirijo a todos los países de la Península, a quienes deseo enviarles mi más cordial saludo, con amistad y aprecio». El Papa subraya que «con gratitud al Señor, en el octavo centenario del encuentro entre san Francisco de Asís y el sultán al-Malik al-Kāmil, he aceptado la ocasión para venir aquí como un creyente sediento de paz, como un hermano que busca la paz con los hermanos. Querer la paz, promover la paz, ser instrumentos de paz: estamos aquí para esto».

El logo de este viaje representa una paloma con una ramita de olivo. Es una imagen que «recuerda la historia del diluvio universal, presente en diferentes tradiciones religiosas. De acuerdo con la narración bíblica, para preservar a la humanidad de la destrucción, Dios le pide a Noé que entre en el arca con su familia». Y también nosotros, en la actualidad y en el nombre de Dios, «para salvaguardar la paz, necesitamos entrar juntos como una misma familia en un arca que pueda navegar por los mares tormentosos del mundo: el arca de la fraternidad».

El punto de partida es uno solo: «reconocer que Dios está en el origen de la familia humana. Él, que es el Creador de todo y de todos, quiere que vivamos como hermanos y hermanas, habitando en la casa común de la creación que él nos ha dado». Aquí, «en las raíces de nuestra humanidad común, se fundamenta la fraternidad […] Nos dice que todos tenemos la misma dignidad y que nadie puede ser amo o esclavo de los demás».

El Pontífice aclara que «no se puede honrar al Creador sin preservar el carácter sagrado de toda persona y de cada vida humana: todos son igualmente valiosos a los ojos de Dios. Porque él no mira a la familia humana con una mirada de preferencia que excluye, sino con una mirada benevolente que incluye».

Por lo tanto, reconocer los mismos derechos a cada ser humano «es glorificar el nombre de Dios en la tierra. Por lo tanto, en el nombre de Dios Creador, hay que condenar sin vacilación toda forma de violencia, porque usar el nombre de Dios para justificar el odio y la violencia contra el hermano es una grave profanación». No existe violencia que pueda ser justificada «en la religión», sentencia el Papa.

El Pontífice también indica que el enemigo de la fraternidad «es el individualismo, que se traduce en la voluntad de afirmarse a sí mismo y al propio grupo por encima de los demás». Es un peligro que «amenaza a todos los aspectos de la vida, incluso la prerrogativa más alta e innata del hombre, es decir, la apertura a la trascendencia y a la religiosidad».

Dice Bergoglio: «La verdadera religiosidad consiste en amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos. Por lo tanto, la conducta religiosa debe ser purificada continuamente de la tentación recurrente de juzgar a los demás como enemigos y adversarios». De esta manera, todo credo «está llamado a superar la brecha entre amigos y enemigos, para asumir la perspectiva del Cielo, que abraza a los hombres sin privilegios ni discriminaciones».

Francisco expresa «mi aprecio por el compromiso con que este país tolera y garantiza la libertad de culto, oponiéndose al extremismo y al odio. De esta manera, al mismo tiempo que se promueve la libertad fundamental de profesar la propia fe, que es una exigencia intrínseca para la realización del hombre, también se vigila para que la religión no sea instrumentalizada y corra el peligro, al admitir la violencia y el terrorismo, de negarse a sí misma».

La fraternidad, claramente, «expresa también la multiplicidad y diferencia que hay entre los hermanos, si bien unidos por el nacimiento y por la misma naturaleza y dignidad», precisa Francisco citando su Mensaje para la Paz de 2015. Y la pluralidad religiosa es su expresión. En este contexto, «la actitud correcta no es la uniformidad forzada ni el sincretismo conciliatorio: lo que estamos llamados a hacer, como creyentes, es comprometernos con la misma dignidad de todos, en nombre del Misericordioso que nos creó y en cuyo nombre se debe buscar la recomposición de los contrastes y la fraternidad en la diversidad».

Francisco también plantea algunas interrogantes que se imponen en el presente: «¿Cómo protegernos mutuamente en la única familia humana? ¿Cómo alimentar una fraternidad no teórica que se traduzca en auténtica fraternidad? ¿Cómo hacer para que prevalezca la inclusión del otro sobre la exclusión en nombre de la propia pertenencia de cada uno? ¿Cómo pueden las religiones, en definitiva, ser canales de fraternidad en lugar de barreras de separación?».

Si se cree en la existencia de «la familia humana, se deduce que esta, en sí misma, debe ser protegida. Como en todas las familias, esto ocurre principalmente a través de un diálogo cotidiano y efectivo. Presupone la propia identidad, de la que no se debe abdicar para complacer al otro».

El diálogo exige «la valentía de la alteridad, que implica el pleno reconocimiento del otro y de su libertad, y el consiguiente compromiso de empeñarme para que sus derechos fundamentales sean siempre respetados por todos y en todas partes».

Porque sin libertad religiosa dejamos de ser «hijos de la familia humana» y nos convertimos en «esclavos». «De entre las libertades –aclara el Pontífice argentino– me gustaría destacar la religiosa. Esta no se limita solo a la libertad de culto, sino que ve en el otro a un verdadero hermano, un hijo de mi propia humanidad que Dios deja libre y que, por tanto, ninguna institución humana puede forzar, ni siquiera en su nombre».

La valentía de la «alteridad es el alma del diálogo que se basa en la sinceridad de las intenciones. El diálogo está de hecho amenazado por la simulación, que aumenta la distancia y la sospecha: no se puede proclamar la fraternidad y después actuar en la dirección opuesta».

Francisco también cita “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski: «Según un escritor moderno, «quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto en el que ya no puede distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni a su alrededor, y así comienza a no tener ya estima ni de sí mismo ni de los demás».

En todo ello, la oración es «imprescindible: mientras encarna la valentía de la alteridad con respecto a Dios, en la sinceridad de la intención, purifica el corazón del replegarse en sí mismo. La oración hecha con el corazón es regeneradora de fraternidad».

Segú el Papa «no hay alternativa: o construimos el futuro juntos o no habrá futuro. Las religiones, de modo especial, no pueden renunciar a la tarea urgente de construir puentes entre los pueblos y las culturas». Ha llegado el momento para que las religiones se empeñen más activamente, con valor y audacia, con sinceridad, en ayudar a la familia humana a madurar la capacidad de reconciliación, la visión de esperanza y los itinerarios concretos de paz».

La paz necesita «dos alas que la sostengan». Una de ellas, explica el Papa Francisco, es la educación: «Educar —en latín significa extraer, sacar— es descubrir los preciosos recursos del alma». También la educación «acontece en la relación, en la reciprocidad. Junto a la famosa máxima antigua “conócete a ti mismo”, debemos colocar “conoce a tu hermano”: su historia, su cultura y su fe, porque no hay un verdadero conocimiento de sí mismo sin el otro».

La justicia es la «segunda ala de la paz, «que a menudo no se ve amenazada por episodios individuales, sino que es devorada lentamente por el cáncer de la injusticia». De hecho «la paz muere cuando se divorcia de la justicia, pero la justicia es falsa si no es universal. Una justicia dirigida solo a miembros de la propia familia, compatriotas, creyentes de la misma fe es una justicia que cojea, es una injusticia disfrazada», exclama.

Francisco también se refiere a los jóvenes, «rodeados con frecuencia por mensajes negativos y noticias falsas». Los chicos necesitan aprender «a no rendirse a las seducciones del materialismo, del odio y de los prejuicios; aprender a reaccionar ante la injusticia y también ante las experiencias dolorosas del pasado; aprender a defender los derechos de los demás con el mismo vigor con el que defienden sus derechos». Serán ellos, un día, quienes «nos juzgarán: bien, si les hemos dado bases sólidas para crear nuevos encuentros de civilización; mal, si les hemos proporcionado solo espejismos y la desolada perspectiva de conflictos perjudiciales de incivilidad».

Con este espíritu, expresa el Papa, «deseo que, no solo aquí, sino en toda la amada y neurálgica región de Oriente Medio, haya oportunidades concretas de encuentro: una sociedad donde personas de diferentes religiones tengan el mismo derecho de ciudadanía y donde solo se le quite ese derecho a la violencia, en todas sus formas». Una convivencia fraterna, «basada en la educación y la justicia; un desarrollo humano, construido sobre la inclusión acogedora y sobre los derechos de todos: estas son semillas de paz, que las religiones están llamadas a hacer brotar. A ellos les corresponde, quizás como nunca antes, en esta delicada situación histórica, una tarea que ya no puede posponerse: contribuir activamente a la desmilitarización del corazón del hombre».

La carrera armamentística, «la extensión de sus zonas de influencia, las políticas agresivas en detrimento de lo demás nunca traerán estabilidad. La guerra no sabe crear nada más que miseria, las armas nada más que muerte».

Francisco añade: «La fraternidad humana nos exige, como representantes de las religiones, el deber de desterrar todos los matices de aprobación de la palabra guerra. Devolvámosla a su miserable crudeza». Observa el Papa: «Ante nuestros ojos están sus nefastas consecuencias. Estoy pensando de modo particular en Yemen, Siria, Irak y Libia. Juntos, hermanos de la única familia humana querida por Dios, comprometámonos contra la lógica del poder armado, contra la mercantilización de las relaciones, los armamentos de las fronteras, el levantamiento de muros, el amordazamiento de los pobres; a todo esto nos oponemos con el dulce poder de la oración y con el empeño diario del diálogo».

Francisco espera que «nuestro estar juntos hoy sea un mensaje de confianza, un estímulo para todos los hombres de buena voluntad, para que no se rindan a los diluvios de la violencia y la desertificación del altruismo». Dios está con el hombre «que busca la paz. Y desde el cielo bendice cada paso que, en este camino, se realiza en la tierra».

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