El Papa, la Iglesia y el mundo de la parte de los pequeños

El Papa, la Iglesia y el mundo de la parte de los pequeños

El discurso final del Pontífice reveló cuáles son el horizonte y el alcance real de la cumbre vaticana sobre la lucha contra los abusos. En juego no está la buena reputación de los aparatos eclesiásticos, sino la respuesta común ante el «sacrifico idolátrico» de los niños

«Detrás está Satanás». En la última secuencia de la cumbre vaticana sobre la protección de los menores en la Iglesia, el discurso pronunciado por el Papa Francisco indicó el horizonte y los factores reales de la emergencia que lo llevó a convocar a Roma a los representantes de las comunidades católicas de todo el mundo.

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La pederastia y los abusos de menores, dentro y fuera de la Iglesia, dijo el Sucesor de Pedro, no solo son crímenes odiosos que los órdenes civiles persiguen u ofensas inmundas a los preceptos morales. Estos actos hieren el corazón palpitante de la Iglesia y su razón de ser. Esa que el Papa definió como «el centro de su misión: anunciar el Evangelio a los pequeños y protegerlos de los lobos voraces».

La predilección de Jesús por los pequeños es el camino que el misterio ha elegido para salvar al mundo. «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los doctos y las has revelado a los pequeños», dice Jesús mismo en el Evangelio según Mateo. Y San Agustín reconocía que «la Iglesia de Cristo se difunde en todo el mundo a través de niños santos».

Sacrificios idólatras

El Papa, sin dejar espacio para malos entendidos, con el discurso final de la cumbre sobre los abusos invitó a todos los encargados de las Conferencias Episcopales a darse cuenta de que la cumbre no fue convocada en el Vaticano para hablar durante cuatro días de desahogos perversos o pulsiones sexuales animalescas, sino para reconocer que la pederastia y los abusos clericales contra niños son manifestación clara y devastadora del «misterio del mal, que se ensaña con los más débiles porque son imagen de Jesús». Los niños-soldado, los menores prostituidos. Esas víctimas del monstruoso comercio de órganos humanos, o las víctimas que son convertidas en esclavos. Y también «los niños víctima de la guerra, los niños prófugos, los niños abortados».

El marco que el Papa sugirió con insistencia fue ese que globaliza también el «sacrificio idólatra de los niños al dios poder, dinero, orgullo, soberbia». Un fenómeno ante el cual «no son suficientes solamente explicaciones empíricas», y cuyos rasgos trazó claramente como una reencarnación de la «cruel práctica religiosa» de ofrecer niños como sacrificio, incluidos los abusos de menores encargados y vistos “en vivo” gracias a los nuevos instrumentos digitales.

El espíritu del mal odia a los niños

En su orgullo y en su soberbia, insistió el Papa, «se siente dueño del mundo y cree haber vencido». Trabaja con particular ferocidad para sofocar el posible encuentro entre la gracia de Cristo y cada nueva generación de niños y niñas, los “agni novelli” del canto gregoriano que se entona durante las celebraciones de los Bautismos. Por ello, cuando «el consagrado, elegido por Dios para guiar a las almas hacia la salvación», se transforma en abusador de pequeños, se convierte en «instrumento de Satanás».

Los medios necesarios. A imitación de Cristo

El escenario vertiginoso que sugirió el Obispo de Roma en su discurso al final de la cumbre vaticana sobre la protección de los menores en la Iglesia es diferente con respecto a las polémicas sobre el retraso y la lentitud del cuerpo eclesial a la hora de afrontar una emergencia pastoral. Se relaciona con la urgencia impostergable de «frenar los abusos gravísimos con medidas disciplinarias y procesos civiles y eclesiales». Al mismo tiempo demuestra que frente a la realidad del misterio del mal no hay remedios humanos que garanticen una salida.

En la cumbre sobre la protección de los menores, el Papa dijo una vez más que la Iglesia peregrina en la historia no se salva de sus males por sus propias fuerzas y tampoco convirtiéndose en un mega-tribunal neo-inquisitorial para arrancar toda la cizaña del campo del Señor. Por el contrario, sugirió el Papa Francisco, la Iglesia puede tender la mano y pedir ahora que Jesucristo y su Espíritu Santo la curen y sanen. Con realismo sin reservas, el Papa indicó «las medidas espirituales que el mismo Señor nos enseña: humillación, acusación de nosotros mismos, oración, penitencia. Es la única manera –añadió el Papa– para derrotar al espíritu del mal. Así lo derrotó Jesús».

Por estas mismas razones, el Sucesor de Pedro repitió que el camino hacia la sanación de la abominación de los abusos contra menores en la Iglesia no es un asunto de élites clericales o vanguardias de “expertos” en el sector. Y conviene, más bien, seguir «a todo el Santo Pueblo de Dios», precisamente porque «en su silencio cotidiano sigue haciendo visible y demostrando con “necia” esperanza que el Señor no nos abandona». De esta manera se abren senderos para «librarnos de la plaga del clericalismo, que es terreno fértil para todas estas abominaciones».

También el Papa Ratzinger, en una catequesis de julio de 2010 dedicada a Duns Scoto, dijo que el Pueblo de Dios es “magisterio que precede”, «gracias a ese sobrenatural sensus fidei, es decir a la capacidad infundida por el Espíritu Santo, que habilita para abrazar la realidad con fe, con la humildad del corazón y de la mente».

Un peregrinaje que hay que compartir con todos

La cumbre vaticana sobre la defensa de los menores, con su desarrollo concreto, hace que parezcan pretextos inconsistentes las campañas de los que se ensañan en representarla como una operación de imagen. Los días de la cumbre y el discurso final del Pontífice no tuvieron como intención limpiar la reputación de la institución eclesiástica ante el mundo. La Iglesia, dijo el Papa Francisco, ve la misma rabia contra los aparatos eclesiásticos por los abusos clericales contra menores como un «reflejo de la ira de Dios».

La total dependencia de la gracia de Cristo («sin mí no podéis hacer nada») y la confianza limitada en las estrategias y procedimientos eclesiásticos no implican, de por sí, ningún desprecio o desconfianza preventiva hacia los instrumentos mundanos que pueden favorecer el contraste a los abusos clericales. No hay fractura dialéctica entre la confesión, repetida por el Papa Francisco, que pide a Cristo mismo la sanación de los corazones devastados, y la respuesta veloz para aprovechar todos los medios y todas las medidas humanas para luchar contra los abusos de menores. Ambas surgen del mismo “sensus fidei” y reflejan el mismo acento y la misma mirada realista sobre la realidad de los hombres y del mundo.

El Papa Francisco pidió que todos utilicen «todas las medidas prácticas que el buen sentido, las ciencias y la sociedad nos ofrecen». Sugirió líneas guía concretas, tomadas directamente de los protocolos formulados por agencias internacionales bajo la guía de la Organización Mundial de la Salud. Demostró que considera a la misma justicia y a las instituciones seglares como aliados para contrarrestar la pederastia clerical, cuando insistió en que las instituciones eclesiales pondrán en práctica «todo lo necesario para entregar a la justicia a quien haya cometido tales delitos». Al final, llamó a todas las comunidades e instituciones humanas a colaborar para tratar de «arrancar tal brutalidad del cuerpo de nuestra humanidad, adoptando todas las medidas necesarias ya en vigor a nivel internacional y a nivel eclesiástico».

En las palabras del Obispo de Roma, pues, la preocupación por la lucha contra la abominación de la pederastia y de los abusos clericales se convirtió también en una propuesta de amistad y de peregrinaje común con todos los hombres de buena voluntad. Todos de la misma parte, escuchando el «grito silencioso de los pequeños», que son el tesoro común de la familia humana entera. Con la confianza de poder contar con lo que ya ha sido instituido ante otras manifestaciones del mal: «Existe una especie de inconsciente discernimiento que, a en el momento del peligro extremo, conduce a quien no quiera caer bajo los golpes del Anticristo a buscar refugio en Cristo» (Dietrich Bonhoeffer).

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