El Papa homenajea a misionera que ha hecho nacer 3 mil niños

El Papa homenajea a misionera que ha hecho nacer 3 mil niños

Y en la Audiencia general invitó a los fieles a invocar el «pan cotidiano» para los niños de Yemen, Siria y Sudán del Sur: la comida no es propiedad privada, sino providencia que compartir

El Papa dedicó un homenaje público a una misionera italiana de 85 años, al final de la Audiencia general en la Plaza San Pedro, que, en calidad de obstétrica, ha ayudado a nacer a tres mil niños en África. Durante la catequesis, Francisco explicó la invocación del Padre Nuestro «Danos hoy nuestro pan de cada día», invitando a los fieles a pronunciarla particularmente por los niños de Yemen, Siria y Sudán del Sur.

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«Queridos hermanos y hermanas, hoy tenemos la alegría de tener con nosotros a una persona que deseo presentarles», dijo con una insólita iniciativa Jorge Mario Bergoglio al final de la Audiencia general. «Es Sor Maria Concetta Esu, de la Congregación de las Hijas de San José de Genoni. ¿Por qué hago esto? Sor Maria Concetta tiene 85 años y desde hace casi 60 es misionera en África, en donde desempeña su servicio de obstétrica. Yo –contó el Papa entre los aplausos de los fieles, mientras la religiosa le detenía las hojas del texto para que no se le fueran con el viento– la conocí en Bangui, cuando fui para abrir el Jubileo de la Misericordia. Allí me contó que en su vida ha ayudado a nacer a unos 3 mil niños. ¡Qué maravilla! También ese día fue desde el Congo en canoa, a 85 años, a hacer la compra en Bangui. En estos días se encuentra en Roma para participar en un encuentro con sus hermanas, y hoy vino a la Audiencia con su Superiora. Entonces pensé en aprovechar esta ocasión para darle un signo de reconocimiento y darle un gracias grande por su testimonio. Querida hermana –dijo Francisco, mientras le regalaba una medalla del Pontificado y un rosario– en nombre mío y de la Iglesia te ofrezco un homenaje. Es un signo de nuestro afecto y de nuestro gracias por tu trabajo que has desempeñado en medio de las hermanas y hermanos africanos, al servicio de la vida, de los niños, de las mamás, de las familias. Con este gesto dedicado a ti y con él quiero expresar mi gratitud también a todos los misioneros, sacerdotes, religiosos y laicos, que siembran la semilla del Reino de Dios en todas partes del mundo. Su trabajo es grande. Ustedes “queman” la vida sembrando la Palabra de Dios con su testimonio… Y en este mundo ustedes no son noticia, no son noticia en los periódicos. EL cardenal Hummes a menudo va a visitar las aldeas de la Amazonia y cada vez va al cementerio y visita las tumbas de los misioneros, muchos muertos jóvenes por enfermedades contra las que no tienen anticuerpos, y él me dijo: “Todos merecen ser canonizados porque han quemado la vida. Queridos hermanos y hermanas –concluyó el Papa– Sor Maria Concetta después de este compromiso volverá a África. Acompañémosla con la oración. Y que su ejemplo nos ayude a todos a vivir el Evangelio en donde estemos. ¡Gracias, hermana! Que el Señor te bendiga y que la Virgen te proteja».

Durante la catequesis, el Papa prosiguió con su ciclo dedicado al Padre Nuestro, reflexionando sobre la petición «impelente, que se parece mucho a la imploración de un mendigo: “¡Danos hoy nuestro pan de cada día!”. Una oración que proviene de una evidencia que a menudo olvidamos, a saber, “que no somos criaturas autosuficientes, y que necesitamos nutrirnos todos los días”», y demuestra que para Jesús «toda existencia humana, con sus problemas más concretos y cotidianos, puede convertirse en oración». Francisco insistió: «¡Cuántas madres y cuántos padres, aún hoy, se van a dormir con el tormento de no tener pan suficiente para los propios hijos al día siguiente! Imaginemos esta oración recitada no en la seguridad de un cómodo departamento, sino en la precariedad de una habitación en la que se adapta, en la que falta lo necesario para vivir». El «pan», dijo el Papa, también representa «agua, medicinas, casa, trabajo… pedir lo necesario para vivir», pero, «cuidado», subrayó Francisco, «el pan que el cristiano pide en la oración no es el “mío”; cuidado, es el “nuestro”». «Si no lo rezamos de esta manera, el Padre Nuestro deja de ser una oración cristiana. Si Dios en nuestro Padre, ¿cómo podemos presentarnos ante él sin tomarnos de la mano? Y si el pan que Él nos da nos lo robamos entre nosotros, ¿cómo podemos decirnos sus hijos? Esta oración contiene una actitud de empatía y de solidaridad. En mi hambre siento también el hambre de las multitudes, y entonces rezaré a Dios hasta que su petición no sea cumplida». Pensemos, añadió Jorge Mario Bergoglio, «en los niños hambrientos, en los niños que están en países en guerra, en los niños hambrientos de Yemen, Siria, en tantos países en los que no hay pan, en Sudán del Sur, y pensando en ellos digamos juntos, en voz alta, la oración: Padre, danos hoy nuestro pan de cada día».

El Papa recordó también que «el pan que pedimos al Señor en la oración es el mismo que un día nos acusará, nos reprochará la poca costumbre que tenemos de dividirlo con quien está cerca, de compartirlo», y subrayó que en el episodio evangélico de la multiplicación de los panes y los peces, «Jesús preguntó si alguien tenía algo, y se encontró solo con un niño dispuesto a compartir su provisión: cinco panes y dos peces», por lo que «el verdadero milagro realizado por Jesús ese día no es tanto la multiplicación, sino el compartir». Ese niño, dijo Francisco, «había entendido la lección del Padre Nuestro: que la comida no es propiedad privada, metámonoslo en la cabeza, sino providencia que compartir con la gracia de Dios».

Al final de la catequesis, el Papa dijo a los peregrinos polacos que mañana se plantará en los Jardines Vaticanos un roble de los bosques polacos, «como signo de los vínculos vivos y fuertes entre la Santa Sede y Polonia, que hace sien años volvió a obtener su independencia», y también como «símbolo del empeño de Polonia a favor de la salvaguardia del ambiente natural». Al saludar a los peregrinos de lengua española, les animó a pedirle al Señor «que no nos haga faltar nuestro pan cotidiano, y nos ayude a comprender que este no es una propiedad privada sino, ayudados por su gracia, es providencia para compartir y oportunidad para salir al encuentro de los demás, especialmente de los pobres y necesitados».

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