El Papa y Guadalupe: La Virgen eleva a los humillados y olvidados

El Papa y Guadalupe: La Virgen eleva a los humillados y olvidados

Francisco celebra una misa de ribetes latinoamericanos en honor a Nuestra Señora de Guadalupe, la Virgen morena referente en América y otras latitudes

Es la “escuela de María”. Un modo de ser cristiano. Que no busca el “aplauso egoísta” o la “admiración mundana”. Que da el protagonismo a los demás, a los olvidados. Que no necesita humillar, maltratar, desprestigiar o burlarse de los otros para sentirse uno valioso o importante. Que no recurre a la violencia física o psicológica para sentirse uno seguro o protegido. Es la “escuela” de Nuestra Señora de Guadalupe, según el Papa. La explicó Francisco la tarde de este miércoles, al celebrar una misa en honor a la Virgen mexicana.

Como ya es tradición desde el pontificado de Benedicto XVI, Jorge Mario Bergoglio recordó a la “morenita del Tepeyac”. Lo hizo con una celebración eucarística, con una nutrida participación de mexicanos y latinoamericanos en la Basílica de San Pedro. 

AFP

En su homilía, aseguró que la Virgen es la primera “pedagoga del evangelio”. Ella, con su ejemplo, enseña “el arte de la misión y de la esperanza”, en el cual no son necesarias tantas palabras ni programas. En él bastan sólo dos palabras: caminar y cantar. 

Eso hizo María, tras el anuncio del ángel caminó al encuentro de su prima Isabel, para acompañarla en la última etapa del embarazo. De la misma manera, señaló el líder católico, caminó hasta el Tepeyac, aquel cerro en la Ciudad de México para acompañar al indio Juan Diego. Y sigue caminando todo el Continente Americano, en cada imagen o estampita, vela o medalla, rosario o Ave María. Entra en las casas, en las celdas de las cárceles, en las salas de hospital, en los asilos de ancianos, en las escuelas o en las clínicas de rehabilitación. En todas partes transmite el mismo mensaje: “¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?”. 

¡Ella más que nadie sabía de cercanías. Es mujer que camina con delicadeza y ternura de madre, se hace hospedar en la vida familiar, desata uno que otro nudo de los tantos entuertos que logramos generar, y nos enseña a permanecer de pie en medio de las tormentas”, constató Francisco. 

“En la escuela de María aprendemos a estar en camino para llegar allí donde tenemos que estar: al pie y de pie ante tantas vidas que han perdido o le han robado la esperanza. En la escuela de María aprendemos a caminar el barrio y la ciudad no con zapatillas de soluciones mágicas, respuestas instantáneas y efectos inmediatos; no a fuerza de promesas fantásticas de un seudo-progreso que, poco a poco, lo único que logra es usurpar identidades culturales y familiares, y vaciar de ese tejido vital que ha sostenido a nuestros pueblos, y esto con la intención pretenciosa de establecer un pensamiento único y uniforme”, precisó.

Afirmó que, en esa escuela, se aprende a “caminar la ciudad” y a nutrirse el corazón con la riqueza multicultural latinoamericana. En ella se puede escuchar el corazón de los pueblos, que palpita y custodia el sentido de Dios y de su trascendencia, la sacralidad de la vida, el respeto por la creación, los lazos de la solidaridad, la alegría del arte del buen vivir y la capacidad de ser feliz y hacer fiesta sin condiciones.

Más adelante, Bergoglio recordó que María también supo cantar las maravillas de Dios y ella, en la actualidad, sabe dar voz a quienes no la tienen. Porque en su escuela se aprende que la vida debe estar marcada no por el protagonismo propia, sino por la capacidad de hacer que los otros sean protagonistas. 

Ella brinda coraje, enseña a hablar y sobre todo anima a vivir la audacia de la fe y la esperanza. De esta manera se vuelve trasparencia del rostro del señor que muestra su poder invitando a participar y convoca en la construcción de su templo vivo, continuó el Papa. 

Sostuvo que así lo hizo con el indiecito Juan Diego y con tantos otros a quienes, sacando del anonimato, les dio voz, hizo conocer su rostro e historia y los hizo protagonistas de la historia de salvación. Por eso, siguió, su gloria está en hacer a sus hijos protagonistas de la creación; con corazón de madre, ella busca levantar y dignificar a todos aquellos que, por distintas razones y circunstancias, fueron inmersos en el abandono y el olvido. 

“Es el protagonismo que no le tiene miedo a la ternura y la caricia, y que sabe que su mejor rostro es el servicio. En su escuela aprendemos el auténtico protagonismo, dignificar a todo el que está caído y hacerlo con la fuerza omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su promesa de misericordia. En María, el señor desmiente la tentación de dar el protagonismo a la fuerza de la intimidación y del poder, al grito del más fuerte o del hacerse valer en base a la mentira y a la manipulación”, precisó. 

Aseguró que a través de la Virgen, Dios protege a los creyentes para que no se les endurezca el corazón y puedan conocer constantemente la renovada y renovadora fuerza de la solidaridad, capaz de escuchar el latir de Dios en el corazón de los hombres y mujeres de los pueblos latinoamericanos. 

Y ponderó: “María, pedagoga del evangelio, caminó y cantó nuestro Continente y, así, la Guadalupana no es solamente recordada como indígena, española, hispana o afroamericana. Simplemente es latinoamericana: Madre de una tierra fecunda y generosa en la que todos, de una u otra manera, nos podemos encontrar desempeñando un papel protagónico en la construcción del templo santo de la familia de Dios. Hijo y hermano latinoamericano, sin miedo, canta y camina como lo hizo tu Madre”. 

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