El Papa: Dios se hace presente en nuestros pecados y fracasos

El Papa: Dios se hace presente en nuestros pecados y fracasos

Durante la Audiencia general, Francisco afirmó que el Reino de Dios «parece no tener nunca la mayoría absoluta» en el mundo, pero no se instaura «con la violencia», sino como semilla que muere y da fruto

Si el Reino de Dios «parece no tener nunca la mayoría absoluta» en el mundo, si, frente a tanta gente que sufre, personas que no perdonan, guerras y niños víctimas de la trata, «a veces nos preguntamos: ‘¿cómo es posible que este Reino se realice tan lentamente?’», hay que tener presente que ese mismo Reino no se instaura «con la violencia», sino como la levadura que se amasa en la harina o el trigo que muere para dar «mucho fruto». Lo explicó el Papa Francisco durante la Audiencia general en la Plaza San Pedro, en la que exhortó a los fieles a sembrar esta palabra «en medio de nuestros pecados y fracasos», asegurando que el Señor responde: «¡Sí, vengo pronto!». 

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Cuando Jesús, al inicio de su predicación en Galilea, proclama: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en el Evangelio», no pronuncia «una amenaza», sino, al contrario, «trae la Buena Noticia de la salvación», dijo Jorge Mario Bergoglio, prosiguiendo su ciclo de catequesis dedicado al Padre Nuestro. «Jesús no quiere empujar a la gente a convertirse sembrando el miedo del juicio inminente de Dios o el sentimiento de culpa por el mal cometido. Jesús no hace proselitismo, anuncia simplemente. Al contrario, lo que Él trae es la Buena Noticia de la salvación, y, a partir de ella, llama a convertirse».

Jesús «comienza su ministerio cuidando a los enfermos, tanto en el cuerpo como en el espíritu, a aquellos que vivían una exclusión social, por ejemplo los leprosos, a los pecadores vistos con desprecio por todos. También a aquellos que eran más pecadores que ellos, pero hacían finta de ser justos, y Jesús, ¿cómo los llama a estos? Hipócritas». Sin embargo, «Jesús ha venido, pero el mundo está todavía marcado por el pecado, poblado por tanta gente que sufre, por personas que no se reconcilian y no perdonan, por guerras y tantas formas de explotación, pensemos en la trata de niños, por ejemplo. Todos estos hechos son la prueba de que la victoria de Cristo aún no se ha cumplido completamente: muchos hombres y mujeres viven todavía con el corazón cerrado. Sobre todo en estas situaciones aflora en los labios del cristiano la segunda invocación del Padre Nuestro: ‘Venga a nosotros tu Reino’. Como si se dijera: ‘Padre, te necesitamos, Jesús, necesitamos que donde sea y para siempre Tú seas Señor en medio de nosotros».

A veces, prosiguió Bergoglio, «nos preguntamos: ¿cómo es posible que este Reino se realice tan lentamente?». El Papa subrayó que «no es con la violencia que se instaura el Reino en el mundo: su estilo de propagación es la mansedumbre. El Reino de Dios es, ciertamente, una gran fuerza, la más grande que exista, pero no según los criterios del mundo; por ello parece nunca tener la mayoría absoluta. Es como la levadura que se amasa en la harina: aparentemente desaparece, sin embargo es precisamente lo que hace que se fermente la masa. O es como un grano de mostaza, tan pequeño, casi invisible, pero que lleva en sí la enorme fuerza de la naturaleza, y, una vez crecido, se convierte en el árbol más grande del huerto». También, recordó el Papa, es como el trigo, como se definió Jesús a sí mismo, «que muere en la tierra pero solamente así puede dar ‘mucho fruto’».

Por ello, el Papa exhortó: «Sembremos esta palabra en medio de nuestros pecados y fracasos. Regalémosla a las personas derrotadas y dobladas por la vida, a quienes han saboreado más odio que amor, a quien ha vivido días inútiles sin entender por qué. Démosla a los que han luchado por la justicia, a todos los mártires de la historia, a quien ha concluido que ha combatido por nada y que en este mundo domina siempre el mal. Entonces sentiremos la oración del Padre Nuestro que responde. Repetirá, por enésima ocasión, esas palabras de esperanza, las mismas que el Espíritu ha sellado en todas las Sagradas Escrituras: ‘¡Sí, vengo pronto!’ Esta es la respuesta del Padre: ‘¡Sí, vengo pronto!’».

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