El Papa y los abusos en Chile: respuesta “penitencial”, no de “súper héroe”

El Papa y los abusos en Chile: respuesta “penitencial”, no de “súper héroe”

La mirada evangélica de la carta de Francisco a los pastores chilenos después de la investigación de Scicluna

«Les aseguro mi oración y quiero compartir con ustedes la convicción de que las dificultades presentes son también una ocasión para restablecer la confianza en la Iglesia, confianza rota por nuestros errores y pecados y para sanar unas heridas que no dejan de sangrar en el conjunto de la sociedad chilena». La carta que el Papa Francisco envió al episcopado chileno después de haber revisado los resultados de la investigación que condujo monseñor Charles Sciclunaofrece una mirada evangélica sobre todo lo sucedido. 

  

Antes que nada, sorprende la admisión del Papa, que habla de sus «graves equivocaciones» al evaluar la situación, debido a la falta de información adecuada. Francisco no tiene miedo de afirmar que cayó en el error, porque la realidad se reveló distinta de la que le habían presentado. Y eso abre escenarios sobre los que habrá que reflexionar: ¿por qué no se le ofreció al Pontífice información veraz y completa? ¿Por qué las víctimas fueron desacreditadas como parte de un complot en contra de la Iglesia? ¿Por qué no fueron recibidas, escuchadas, acogidas? ¿Por qué se cometieron, además de los trágicos abusos sexuales, también abusos de poder? Al admitir que se había equivocado, Bergoglio da testimonio de que el cristiano, incluso el Papa, es aquel que sabe pedir perdón a Dios y a los hermanos, reconociendo sus errores. 

  

  

Pero también sorprenden otros pasajes de la carta, que parece impregnada de esa consciencia “penitencial” que caracterizó el enfoque de Benedicto XVI al afrontar el problema de los abusos. El Papa Ratzinger, desilusionando a varios de sus seguidores auto-proclamados “ratzingerianos”, propuso el rostro de una Iglesia que se humillaba pidiendo perdón y haciendo penitencia, porque el ataque más grave en contra de ella no provenía del exterior, de grupos anticlericales y anticatólicos, sino del pecado en su interior. Hoy, su sucesor, al hablar de «dolor» y «vergüenza», y pidiendo «perdón», recuerda a los obispos: «hoy les quiero hablar no de seguridades, sino de lo único que el Señor nos ofrece experimentar cada día: la alegría, la paz el perdón de nuestros pecados y la acción de Su gracia».  

Precisamente en Chile, durante el encuentro con los consagrados, el pasado 16 de enero, el Papa dijo: «No estamos aquí porque somos mejores que los demás. No somos súper héroes, que desde arriba, bajan a encontrarse con los “mortales”. Más bien hemos sido enviados con el conocimiento de ser hombres y mujeres perdonados. Y esta es la fuente de nuestra alegría […] Jesús no se presenta a sí mismo sin heridas […] Una Iglesia con heridas es capaz de entender las heridas del mundo de hoy y hacerlas suyas, soportarles, acompañarlas y tratar de sanarlas. Una iglesia con heridas no está en el centro, no se cree perfecta, pero pone en el centro al único que puede sanar las heridas y que se llama Jesucristo. La conciencia de tener heridas libera de convertirse en autorreferencial, de creerse superior». 

   

Es la misma mirada que se nota en toda la carta de ayer. El Papa no se presenta como el ángel exterminador ni como el inflexible aplicador de las “mejores prácticas” anti-pederastia, sino que se hace cargo del pecado y de la vergüenza, invitando, con su personal testimonio, a la Iglesia chilena a que haga finalmente lo mismo. Informaron mal a Francisco, pero se dejó “herir” por las 2300 páginas con los testimonios y los detalles que redactaron el arzobispo Charles Scicluna y su colaborador Jordi Bertomeu Farnós. De la misma manera en la que los dos prelados investigadores se sintieron apabullados «por el dolor de tantas víctimas de graves abusos de conciencia y de poder y, en particular, de los abusos sexuales cometidos por diversos consagrados», el Papa también lloró al leer esas páginas. Y la consciencia del mal que fue cometido y durante demasiado tiempo negado y ocultado hizo surgir una respuesta que no es la de quien se limpia las manos o de quien desde lo alto lanza saetas y castigos. Es la respuesta de quien comparte la herida en la carne de las víctimas y de toda la Iglesia y de la sociedad chilena, sintiéndola como propia. 

  

Muchos ya han dicho que es una respuesta insuficiente la invitación que ha hecho el Papa a todos los obispos de Chile para que vengan a Roma y se tomen las decisiones necesarias para actuar inmediatamente, a breve y a largo plazo. Muchos esperaban que rodara alguna cabeza inmediatamente, que la renuncia que presentó en dos ocasiones el obispo Juan Barros fuera aceptada, etc. Pero, analizando bien lo sucedido, con la invitación y la gravedad de las afirmaciones que la acompañan, Francisco ha hecho mucho más. Claro, se puede esperar que se tomen decisiones importantes, para que se reestablezca la comunión eclesial y para dar una señal de un cambio, además del reconocimiento de la pésima manera en la que se afrontó el problema. Pero la carta del Pontífice pide mucho más a la Iglesia chilena, misma que debería ponerse «en estado de oración». Y pide también mucho más en primer lugar a sus pastores, llamados a emprender un profundo proceso de discernimiento sobre lo sucedido. Discernimiento que, considerando la manera en la que se afrontó el problema y la falta de información veraz y equilibrada, nunca ha comenzado verdaderamente. 

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