Padre Mario Pantaleo, el que llegó a imponerles las manos a 3.000 enfermos en un solo día

Padre Mario Pantaleo, el que llegó a imponerles las manos a 3.000 enfermos en un solo día

Decenas de miles de fieles recurrieron a él en más de dos décadas. A la vez de transformarse en el cura sanador, encaró una serie de emprendimientos solidarios que, a medio siglo de iniciados, siguen creciendo.

"Yo soy la guitarra; el guitarrero está arriba, y es él quien verdaderamente hace todo”, decía el padre Mario Pantaleo cuando le preguntaban si tenía el don de curar. Dejaba así en claro que era un mero instrumento porque quien realmente sana es Dios. Pero hay que admitir que como “guitarra” sonaba estupendamente porque fueron decenas de miles los enfermos que durante años recurrieron a él, acaso aferrados a la última esperanza, y lograron sanar o, al menos, aliviar su dolor. Gente sencilla, pero también destacadas personalidades, hasta un ex presidente. A la par que levantaba de la nada en González Catán, una de las localidades más pobres del Gran Buenos Aires, una formidable obra social, sanitaria, educativa y religiosa que acaba de cumplir medio siglo y que -a 26 años de su partida- sigue creciendo, con más de 30 mil beneficiaros en la actualidad y alrededor de 600 empleados.

Los primeros años de vida de Mario Pantaleo fueron duros, durísimos. Nacido en Pistola, en la región de Toscana, en Italia, el 1° de agosto de 1915, a los cuatro años contrajo una neumonía que casi lo lleva a la muerte y cuya curación –tras ver sus padres sobre su cabeza una luz blanca- atribuiría a Santa Teresita. Las penurias posteriores a la Primera Guerra Mundial determinaron que su familia emigrara a la Argentina, más precisamente a Alta Gracia, Córdoba. Allí marchó Marito, donde estudió con los salesianos. Pero los negocios no resultaron bien y en 1931 todos regresaron a Italia. A los 17 años Mario ingresó al seminario de Arezzo y siguió en el de Salerno. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial llegó a pasar hambre y sufrir raquitismo. Los bombardeos obligaron a trasladar a los seminaristas a otro ubicado en la localidad de Matera, ciudad en la que se ordenó en 1944.

Recién ordenado, sintió el llamado de cumplir su ministerio sacerdotal en la Argentina, donde llegó en 1948. Su primer destino fue una iglesia de Casilda, en la provincia de Santa Fe y otra en Rosario, ciudad en la que se desempeñó como capellán del hospital provincial, una tarea clave ya que comenzó su contacto con los enfermos que seguiría diez años después en Buenos Aires -tras pedir el traslado- en los hospitales Ferroviario y Santojanni. Los pacientes coincidían en que su presencia aliviaba su sufrimiento. Paralelamente ejerció en la iglesia Del Pilar, en Recoleta, lugar en el que empezó a ser conocida su capacidad para diagnosticar las enfermedades y aliviar el dolor físico y psíquico. Esa condición lo volvió tan popular hacia fines de los años 60, con muchísima gente que quería verlo, que -sumado a la reticencia del arzobispo por su papel “sanador”- tornó difícil su permanencia allí.

El padre Mario empezó a pergeñar una obra social y religiosa. Corría 1968 y decidió comprar con sus pocos ahorros un terreno en González Catán para montarla. Una mujer que padecía un cáncer de útero y el año anterior se había curado por la intercesión del sacerdote, comenzó a ser su principal colaboradora hasta su muerte y la continuadora de su obra: Perla Gallardo, que actualmente tiene 92 años. Su hijo, Carlos Garavelli -hoy al frente- , lo acompañó al padre Mario en una de sus primeras visitas al terreno y se mostró descreído de los ambiciosos planes del sacerdote para el sitio, en aquel momento un gran yuyal rodeado de calles de tierra y casillas. Con el paso del tiempo se levantó, primero, una capilla, luego un jardín maternal, una unidad sanitaria, una escuela primaria, un jardín de infantes y un colegio secundario. Y se conformaron dos fundaciones como marco jurídico de su obra.

Pero su papel intercesor entre los enfermos lejos de mermar, crecía. Los recibía a la mañana temprano en González Catán, pero el resto del día primero en una casa de la calle Carlos Calvo, en el barrio porteño de Balvanera –donde fue detenido brevemente, acusado injustamente de ejercicio ilegal de la medicina-, luego en otra de la calle Artigas, en Flores, y finalmente en otra de la calle Mariano Acosta, en Floresta. Las colas que se formaban para verlo eran impresionantes: llegó a atender a 3.000 personas en un día. Claro que, para poder cumplir, las recibía en grupos formando un círculo y pasaba imponiendo las manos, sin tocar el cuerpo. Además, utilizaba un péndulo que al pasarlo le posibilitaba detectar la zona enferma y hacer un diagnóstico, tras lo cual daba un consejo. No siempre coincidía con el criterio de los médicos, pero era respetuoso de ellos y de la voluntad del enfermo.

La utilización del péndulo –que se volvería característico de su asistencia– llevó a que se considerara que apelaba a la radiestesia, una pseudociencia muy antigua que permite percibir radiaciones electromagnéticas por medio de artefactos sensibles como un péndulo y detectar, por caso, donde hay agua o, incluso, una enfermedad y hasta ayudar a hacer un diagnóstico y un tratamiento. Con todo, el don del padre Mario trascendía esa técnica. Invitado a Alemania por directivos de la Mercedes Benz –su fábrica en la Argentina está en González Catán- fue sometido a una prueba que consistía en pasar un péndulo sobre fotos de enfermos que él no distinguía, hacer el diagnóstico y repetir el proceso, pero cambiando el orden de las imágenes. Sorprendió a los alemanes que el péndulo variaba sus movimientos ante las mismas fotos, pero el diagnóstico era el mismo ante las mismas personas.

Los casos de curaciones que se atribuyen a la intercesión del padre Mario no sólo son incontables, sino también de lo más variados. Citamos uno: el de Osvaldo Cocci, quien fue durante años funcionario de la municipalidad porteña y que, en 1990, tras realizarse una tomografía, se estableció que tenía un tumor canceroso de dos centímetros en el pulmón derecho, por lo que los médicos decidieron operarlo con urgencia. Cocci fue a ver al padre Mario, quien le confirmó el diagnóstico y le dijo que se podía curar en dos meses. Bajo su responsabilidad, Cocci postergó la operación y empezó a visitar al cura, que le imponía sus manos sobre la zona afectada y rezaba. A los 63 días se hizo otra tomografía que reveló que el tumor había desaparecido. Su médico, tan sorprendido como él, llevó el caso a la Academia de Medicina.

La entrega del padre Mario a los enfermos y a su obra en González Catán repercutieron en su cuerpo: acentuaron el deterioro de su salud. El raquitismo había dejado huellas, era asmático y muy fumador. Murió el 19 de agosto de 1992 y su entierro fue multitudinario. Pero su obra siguió: en los años siguientes se inauguraron un polideportivo, un instituto superior, un centro educativo, una plaza de artes y oficios, un colegio universitario, un centro para mayores en Colonia Toscana y un centro de día para personas con discapacidad. Además, hay un centro de catequesis gracias al cual toman la primera comunión 250 personas por año.

El recordado humorista Jorge Guinzburg contó que una vez lo vio al padre Mario usando un nebulizador y le preguntó por qué si podía sanar a tantas personas no podía curarse a sí mismo. El sacerdote le contestó: “Cuando alguien recibe un don es para dar a los demás, no para uno”. Los “demás” son muchos y están muy agradecidos por la obra de sus manos.

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