Una navidad en el regazo de María...

Una navidad en el regazo de María...

El tiempo de la Navidad es quizá el más ajetreado del año. Pasamos de una actividad a otra y con las justas “aterrizamos” en la misa de Nochebuena. Se me ocurre que para María no debe haber sido tampoco un tiempo tan tranquilo, después de todo, le tocó dejar su casa y emprender un cansado viaje a sólo días de dar a luz. 

Pero su espera silenciosa y su alegría por la venida de su Niño, del Salvador, fue seguramente constante y su corazón rebosaba de amor y ternura.

Por eso no nos desanimemos si la lista de cosas que hacer parece interminable o si las limitaciones económicas no nos dejan dar rienda suelta a nuestra generosidad. Sólo se necesita un instante a la vez para recordar que el Niño llega, que es tierno, generoso, alegre, misericordioso y fiel. Y que el regazo de María es cálido y sus ojos nos traspasan con su amor. En su regazo, nos hacemos hijos pequeños y dependientes. En su regazo, Cristo nace de nuevo en nosotros. Nuestro Padre y Fundador nos lo recuerda y los invito a no sólo leer, sino meditar estas frases:

“Cristo tiene que nacer de nuevo. Por eso hay que permanecer fieles a lo que quisimos desde la primera hora: cultivar el amor a María Santísima. Precisamente porque ella no sólo es el camino hacia una vida de intimidad con el Padre del cielo sino también camino para que Cristo vuelva a nacer de nuevo hoy, en estos novísimos tiempos.

Mantengamos la fidelidad a nuestra Alianza de Amor. Ella es la fuente de vida no sólo de nuestras ideas sino también de todos nuestros propósitos y objetivos. Si no guardamos esta fidelidad a la Alianza de Amor, ¿de dónde sacaremos fuerzas? Porque, veamos, ¿qué talentos tenemos? Seamos sinceros y admitamos que somos como pigmeos y liliputienses. Que una fe profunda nos mueva a no desear otra cosa que llevar a María Santísima al campo de batalla y darle la oportunidad de alumbrar allí nuevamente a Cristo.” (Padre José Kentenich, 1963)

La alegría de la Navidad nace y se expresa como posesión de algo -el anuncio- que no es nuestro, sino de otro: una alegría que es amor puro, altruismo puro. Por eso la Navidad es la fiesta del niño -en sentido evangélico-,  es decir, de la sencillez.

En la capacidad de alegrarse por algo distinto de nosotros mismos se cierra el círculo del Dios creador y del Dios redentor, pues esta sencillez no es más que la transparencia de lo que en el fondo somos: espera de otro. Si no hubiera en nosotros al menos una brizna de esta sencillez, no podríamos acoger a Dios, ni darnos cuenta de que el anuncio es verdadero, de que corresponde a nosotros y a nuestra espera. La liturgia de la Navidad es la liturgia de la Virgen María. "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1,45). Luigi Giussani, Comunión y Liberación.

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