Ejercicios Espirituales; la masacre de la calle Georgofili y las heridas del mundo

Ejercicios Espirituales; la masacre de la calle Georgofili y las heridas del mundo

Prosiguen las meditaciones del abad de San Minato con el Papa y la Curia: la indiferencia «un signo del mal». «No escuchemos a los “viejos” de corazón que ahogan la euforia juvenil»

La explosión y la destrucción, la muerte de cinco inocentes (entre ellos había una niña de cincuenta días), unas cuarenta personas por el suelo, un lugar histórico destrozado. Esta horrible escena del atentado terrorista de Cosa Nostra en la calle Georgofili de Florencia, entre el 26 y el 27 de mayo de 1993, que Mario Luzi recuerda cuando, cuatro años más tarde, escribe los poemas “El presente de infamia, de sangre, de indiferencia” y “Felicidades turbadas”.

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Los versos de estas dos obras acompañaron la tercera meditación de esta mañana del abad de San Miniato al Monte, Bernardo Francesco Maria Gianni, en los Ejercicios Espirituales del Papa y de la Curia en Ariccia, que se concentró sobre el tema de la «indiferencia», como «el yo desvinculado», como la definió el filósofo Charles Taylor, para protegerse de los demás y de la responsabilidad para con la realidad.

El benedictino volvió a la época de la masacre que sacudió Florencia y devastó «una porción muy preciosa del centro artístico de nuestra ciudad». A partir de ese evento dramático, dijo en su predicación, según indicó Vatican News, «estamos invitados a mirar, como siempre estamos tratando de hacer, las heridas de las ciudades de todo el mundo, incluso las de las ciudades más complejas y marcadas por injusticias de todo tipo, de todo nuestro planeta».

El predicador desmenuzó los orígenes y el significado de la indiferencia, uno de los tres «signos del mal» ajeno al «alcance caritativo» de la poesía de Luzi, así como a la acción política de Giorgio La Pira. La indiferencia «muchas veces paraliza sutilmente nuestro corazón, opaca y nubla nuestra mirada». Es «como si nuestra persona llevara puesta una pantalla, con la cual protegerse de la relación con los demás, de esa responsabilidad que los problemas de nuestro tiempo exigen, a la luz de la pasión evangélica que el Señor quiere encender con la fuerza de su Santo Espíritu en nuestro corazón».

En la reflexión del monje aparecieron citados el teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer y su preocupación por la vida de las nuevas generaciones, a las que hay que dejar «un futuro mejor que el presente que vivimos, encomendándoselo, con un espíritu radicalmente antitético a la indiferencia y movido por una participación ardiente», y Romano Guardini, que invitaba a acoger con responsabilidad el porvenir, «realizándolo lo más posible junto con el Señor».

Significa, en lo concreto, «mirar la realidad evidentemente sin soñar ciudades ideales o utopías de ningún tipo», explicó el predicador Gianni. No faltó en su meditación la figura de Giorgio La Pira, en particular las palabras que pronunció en un congreso de alcaldes de todo el mundo, el 2 de octubre de 1955, sobre la crisis de nuestro tiempo, que es «una crisis de desproporción y desmedida con respecto a lo que es verdaderamente humano».

«La crisis de nuestro tiempo puede ser definida como un desarraigo de la persona del contexto orgánico –es decir vivo, conectivo– de la ciudad», dijo el abad. «Pues bien, esta crisis no podrá ser resuelta sino con un nuevo arraigo, más profundo, más orgánico, de la persona en la ciudad en la que nació y en cuya historia y tradición se encuentra orgánicamente inserta».

El desarraigo es, efectivamente, fruto de la indiferencia que también afecta a los hombres de Iglesia y que lleva a «sentirnos ajenos, no interpelados por el tejido vivo con sus dificultades, sus problemas y sus contradicciones, que son la ciudad en donde hemos sido llamados a llevar, cueste lo que cueste, la Palabra de Dios, encarnándola».

Las medicinas para luchar contra él son la belleza, «dimensión coral contra cualquier individualismo», y la mesura; como escribió Simone Weil en la Europa de los nacionalismos entre las dos grandes guerras: «La vida de nuestra época está en manos del exceso… Cualquier equilibrio ha sido viciado, pero precisamente esto es lo que habría que buscar: un equilibrio entre el hombre y sí mismo, entre el hombre y las cosas».

El primer paso, subrayó el benedictino, es «renunciar a nuestra ilusión de ser el centro» y ser humildes al «poner en las manos de Dios nuestra estructura que, a pesar de cualquiera de nuestras presunciones, no es más que arcilla habitada por el soplo de Dios, pero arcilla frágil y pobre».

Por ello la invitación a ocuparse y preocuparse de los jóvenes: «La belleza es, un poco, la única medida con la que los jóvenes se aceptan y aceptan a otros jóvenes». Los adultos deben dar el ejemplo: «Nuestra alma, oh hermanos, es fea por culpa del pecado; pero se hace bella amando a Dios», como decía San Agustín. Y el Papa Benedicto XVI, en su discurso en el Collège des Bernardins de París, advertía sobre el riesgo de la destrucción del mundo cuando la medida «falta y el hombre se eleva a sí mismo a creador deiforme».

El abad también había hablado sobre los jóvenes ayer, durante la predicación de la tarde, exhortando (inspirándose en Luzi y La Pira) a volver a encender el fuego que se ha enfriado «por resignación, costumbre, por “tibieza”». «No escuchemos a los “viejos” de corazón que ahogan la euforia juvenil», dijo. La vida, sí, es «costumbre, como una obligación, como un reloj», pero siempre existe «la fuerza del comienzo», la «fuerza de la novedad» que «nace del espíritu, del corazón».

Por ello, no hay que escuchar a «las personas desilusionadas e infelices», a «quien recomienda cínicamente no cultivar esperanzas en la vida», a «quien apaga, desde que nace, cualquier entusiasmo diciendo que ninguna empresa vale el sacrificio de toda una vida». Escuchemos, por el contrario, a los viejos «que tienen los ojos brillantes de esperanza», porque Dios «nos quiere capaces de soñar como Él y con Él, mientras caminamos bien atentos a la realidad».

Sueño, fuego, llama. Cuidado, concluyó el monje, con rendirse «a la ceniza dentro y fuera de nosotros», porque esta «segunda creación puede realizarse en cada hombre, mediante cada palabra, mediante cada suceso».

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