Duro reto del Papa a Europa, a la que llamó "envejecida"

Duro reto del Papa a Europa, a la que llamó

En Estrasburgo le dedicó un rosario de críticas; pese a ello, fue ovacionado

¿Podrá el primer papa latinoamericano devolverle "el alma buena" a una Europa abuela, "envejecida", "pesimista", "cansada", "herida", con instituciones "distantes" de la gente y "asediada por las novedades de otros continentes"?

Es el reto que le lanzó ayer Francisco a la descristianizada Europa en su visita a Estrasburgo, desde donde llamó a sus líderes a acoger a los inmigrantes y a instrumentar políticas de empleo que devuelvan dignidad al trabajo. Y a sus más de 800 millones de habitantes, a no tener miedo, ser creativos y trabajar para "redescubrir su alma buena".

"Llegó el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también fe", dijo el Papa, que llamó a los desencantados europeos a "redescubrir su rostro para crecer en la paz y en la concordia".

En el viaje más corto jamás realizado por un pontífice -apenas cuatro horas ida y vuelta a Roma-, Jorge Bergoglio, descendiente de italianos, pronunció dos discursos densos, meticulosamente estudiados, de más de media hora cada uno.

Primero, ante el Parlamento Europeo -donde 751 diputados representan a los 28 países miembros de la UE-, y luego ante el Consejo Europeo -organismo que representa a 47 países que no son miembros del bloque-. En ambos, si bien destacó que hablaba como pastor y dejó en claro que debe haber "una correcta relación entre religión y sociedad", recordó la importancia de la trascendencia, de la centralidad del hombre y de los valores cristianos.

"Dos mil años de historia unen a Europa y al cristianismo. Una historia en la que no han faltado conflictos, errores, pecados, pero siempre animada por el deseo de construir para el bien", recordó. "Considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo dejó en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, para la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento", subrayó.

En discursos que fueron recibidos con ovaciones y varios minutos de aplausos de pie, el Papa fustigó, como sólo puede hacer alguien no europeo, de manera directa los males de Europa, un continente golpeado por una crisis económica gravísima, cada vez más secularizado, individualista e indiferente. "Hoy tenemos ante nuestros ojos la imagen de una Europa herida por las muchas pruebas del pasado, pero también por la crisis del presente, que ya no parece ser capaz de hacerle frente con la vitalidad y energía del pasado. Una Europa cansada y pesimista, que se siente asediada por las novedades de otros continentes", dijo.

"Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados, en los jóvenes sin oportunidades, en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor", subrayó.

Después de apuntar que esa soledad se agudizó por una crisis económica de consecuencias dramáticas, el Papa recalcó que "junto al proceso de ampliación de la UE, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto de instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas".

"Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio y de envejecimiento, de una Europa abuela que ya no es fértil ni vivaz. Los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones", denunció.

Aunque no mencionó las palabras "aborto" o "eutanasia", condenó estas prácticas al recordar que son resultado del predominio de la "cultura del descarte" que reina en el continente.

Luego de hablar del desafío de mantener viva la democracia de los pueblos de Europa, reafirmó el valor de la familia "unida, fértil e indisoluble", de la educación, del respeto del ambiente y del trabajo digno, así como la importancia de afrontar conjuntamente la dramática cuestión inmigratoria.

"No se puede tolerar que el Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda", clamó.

El Papa también afirmó que para volver a tener esperanza es necesaria una apertura a la trascendencia. "Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder su propia alma y también aquel espíritu humanista que, sin embargo, ama y defiende."

"Una Europa capaz de apreciar las propias raíces religiosas, sabiendo aprovechar su riqueza y potencialidad, puede ser también más fácilmente inmune a tantos extremismos que se expanden en el mundo, también por el gran vacío en el ámbito de los ideales, como lo vemos en el así llamado Occidente, porque es precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra la violencia", subrayó.

Francisco también habló de paz, de la importancia del diálogo, también interreligioso, y de dos retos que enfrenta el continente: la multipolaridad y la transversalidad. Y recordó que para "caminar hacia el futuro hace falta el pasado, se necesitan raíces profundas, y también se requiere el valor de no esconderse ante el presente y sus desafíos".

"Hacen falta memoria, valor y una sana y humana utopía", dijo Francisco..

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