“Es muy difícil ser víctima (de abusos) y ser mujer”

“Es muy difícil ser víctima (de abusos) y ser mujer”

En la Semana de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, historias femeninas de abuso en la Iglesia católica y una denuncia: El machismo hace aún más difícil ser víctimas y ser mujeres

Son testimonios escalofriantes. Las voces del silencio. Mujeres víctimas de abusos injustos y humillaciones gratuitas. Por un día, sus historias retumbaron en Roma. A pocas cuadras del Vaticano. Justo cuando el Papa Francisco trabaja en una cumbre de obispos sin precedentes, para abordar de lleno la crisis por los abusos sexuales que sacude a la Iglesia universal, un grupo de mujeres rompieron el silencio y cuestionaron los resortes del poder eclesiástico que alimentan la perpetuación de este flagelo. Dejaron un mensaje claro: Todavía falta mucho por hacer. 

“Rompiendo el silencio. Las voces de las mujeres en la crisis de los abusos” fue el título de la conferencia que tuvo lugar la tarde de este martes 27 de noviembre en la histórica Biblioteca Angélica de la capital italiana. Organizada por la plataforma Voices of faith, logró juntar a mujeres destacadas y, al mismo tiempo, sobrevivientes de abusos en la Iglesia. Los detalles de sus historias son capaces de erizar la piel hasta a los más indiferentes.  

Como Rocío Figueroa Alvear, teóloga peruana, quien llegó a dirigir la oficina dedicada a la mujer en el Pontificio Consejo para los Laicos del Vaticano y, gracias a su tenacidad, logró sacar a la luz los abusos sistemáticos perpetrados por el fundador de la comunidad a la que ella perteneció durante años: el Sodalicio de Vida Cristiana. 

Su relato, plagado de vivencias personales, dejó en claro el comportamiento malévolo y esquizofrénico manifestado por el Luis Fernando Figari; el mismo modo de actuar de los principales integrantes de la cúpula en esa organización. Ella misma reconoció haber sido abusada por Germán Doig, el carismático vicario general, quien falleció en 2002 con una supuesta “fama de santidad”. Y contó cómo, cuando fue a hablarle al fundador de los abusos sufridos, este montó en cólera, la acusó de mentirosa y sentenció: “¡Es que nosotros necesitamos un santo!”. 

Una enfermedad pasada sola en Italia, la prohibición de volver al Perú, su renuncia al Vaticano en medio de la indiferencia generalizada y hasta la invitación de un alto cardenal de la Curia Romana a dejar su comunidad o permanecer siendo un “soldado silente”, son condimentos increíbles de una historia triste.  

“En el Sodalicio llegamos a identificar a cuatro perpetradores, todos ellos entre los líderes de la comunidad, se confirmaron 77 víctimas y se pagaron cuatro millones de dólares en reparaciones. El fundador apenas ha sido sancionado con una vida de oración y penitencia, reside en Roma mientras en Perú ya le dictaron prisión preventiva”, señaló. 

A distancia de años de esas traumáticas experiencias, Figueroa constató: “Es muy difícil ser víctima (de abusos) y ser mujer”. Esto lo atribuyó al machismo imperante en América Latina y otras latitudes. Mientras a un niño menor de edad se le cree con más facilidad, cuando se habla de los ataques contra mujeres se sugiere que ellas son en cierto modo responsables. Porque “sedujeron” o, incluso, “eran amantes”.   

Por eso, se dirigió a las mujeres víctimas y les aseguró: “No es un fracaso moral el abuso. Tenemos que romper el silencio, sólo en la verdad destruiremos la cadena de poder, por eso tenemos que ser mujeres de verdad”.  

Otra historia desgarradora la contó Doris Wagner, joven teóloga alemana que ingresó a una comunidad religiosa conocida como “La Obra” a los 19 años, donde sufrió abusos de diverso tipo: desde el control mental hasta la agresión sexual.  

“No me permitían leer libros, ni tener contacto con mi familia, sólo debía sonreír y no hacerme preguntas sobre el futuro. Esa fue mi destrucción, me volví insegura, apática, con una sonrisa falsa, pero cuando me quedaba sola incluso por un minuto, lloraba. Yo pensé que podía ser un privilegio espiritual, algo así como la noche oscura del alma, pero no era así”, ilustró. 

“Pocos meses después de tomar los votos, un sacerdote de la comunidad entró a mi habitación y me violó. Mientras me desnudaba atine a decirle: ‘No puedes hacerlo’, pero no sirvió de nada. Al otro día pensé que si hablaba de eso me inculparían a mi, así que fui a la capilla y sonreí, como si nada hubiese pasado”, siguió. 

Luego, otro sacerdote quiso seducirla. Era su confesor. Le dijo que le gustaba, que no se podían casar pero que “encontrarían otras maneras”. Quiso besarla, ella entró en pánico y salió corriendo. Cuando habló de aquel episodio con su superiora, esta le respondió: “Ya sabes, él tiene una debilidad por las mujeres y nosotros tenemos que aceptarlo como es”. En 2011 dejó finalmente la comunidad, y leyendo sobre el tema llegó a un estudio según el cual el 30 por ciento de las religiosas han sido abusadas.  

“Es inconcebible que la Curia Romana, que sabe de todas estas cosas, no ha tomado medidas. Ninguno reacciona, ninguno habla. No existe un organismo independiente al cual acudir cuando el derecho canónico es violado”, insistió. 

Otras mujeres destacadas participaron en una mesa redonda, en la segunda parte de la conferencia organizada por Voices of faith. Entre ellas Mary Hallay-Witte, directora de la Oficina de Protección a los Niños de Irlanda, que pidió trabajar en conjunto para evitar sea los abusos, sea el encubrimiento. “No es sólo violencia sexual, es también mental”, explicó. 

Sostuvo que cada víctima tiene el derecho a ser ayudada para no ser “revictimizada”, por eso “no sancionar a los culpables es también una violencia”. Pidió a la Iglesia avanzar en las reformas necesarias para afrontar este fenómeno. “Al Papa le pediría que escuche a los sobrevivientes, sólo a través de ellos se puede comprender a las víctimas”, ponderó. 

A su tiempo Virginia Saldanha, secretaria del Foro de Mujeres Teólogas de la India, aseguró que los abusos contra las mujeres consagradas se encuentran extendidos en varias regiones de su país. “No se trata de inventar algo, porque los abusos no se pueden inventar. La cultura del abuso contra las mujeres no se inventa, existen muchos testimonios al respecto. El clericalismo da seguridad ante cualquier acusación. Pero todos somos responsables ante Dios, no debemos tolerar que las estructuras de poder protejan a los perpetradores”, dijo.  

Por su parte Bárbara Dorris, ex directora ejecutiva de la organización SNAP, llamó a cambiar la mentalidad, para considerar que los crímenes son crímenes, sin importar quienes los padezcan, dónde estén o lo que cran. “Todos los abusos son terribles, sin distinguir a las víctimas. Quien protege a los victimarios es porque elige el dinero. ¿Cuánto se necesita para comprender que los ataques contra menores son abusos clericales? Si un niño es abusado, se lleva las consecuencias por toda la vida”, abundó.  

Doris Wagner lanzó un mensaje a quienes han sufrido ataques y se cuestionan el por qué: “A las mujeres que están en nuestra misma condición les decimos: estamos todas con ustedes, no están solas. Recuerden que son preciosas, no merecieron este tipo de vida, no es esto lo que Dios quiere para ustedes. Dios las quiere libres, que desarrollen sus talentos. Por eso hablen, denuncien, busquen con quien compartir sus historias. No les crean a aquellos que pretenden hacer pasar los abusos por el voto de obediencia o el seguimiento del Cristo crucificado”.  

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