Abu Dhabi, el Papa celebra la primera Misa pública en el corazón del islam

Abu Dhabi, el Papa celebra la primera Misa pública en el corazón del islam

Francisco en el estadio Zayed Sports City: «El cristiano parte armado solo de su fe humilde y de su amor concreto»

Una enorme cruz expuesta en el estadio más grande un país en el que las iglesias no pueden ostentar cruces en sus techos. Hay alrededor de 120 mil fieles alegres que tratan de improvisar olas. Entre ellos hay 4 mil musulmanes. Está presente también el ministro de la Tolerancia. La soleada mañana acompaña el evento que ya es historia: el Papa Francisco celebra en Abu Dhabi la primera Misa pública en el Golfo, cuna del islam.

 

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La visita de tres días a los Emiratos Árabes Unidos concluye hoy con una jornada dedicada a la comunidad católica local, compuesta por alrededor de 900 mil personas, principalmente trabajadores inmigrantes de países asiáticos como la India y Filipinas. Una porción de humanidad que representa cerca del 10% de la población total del país.

 

 

El estadio tiene una capacidad para 45 mil personas, por lo que la mayor parte de los que asisten siguen la misa desde las zonas adyacentes al estadio. Hay católicos de 100 nacionalidades diferentes.

 

«Bienaventurados es la palabra con la que Jesús comienza su predicación en el Evangelio de Mateo. Y es el estribillo que Él repite hoy, como queriendo fijar en nuestro corazón, antes que nada, un mensaje fundamental –comienza Jorge Mario Bergoglio–: si estás con Jesús, si, como los discípulos de entonces, amas escuchar su palabra, si tratas de vivirla cada día, eres beato». Precisa: «No serás beato, sino que eres beato: esta es la primera realidad de la vida cristiana».

 

Pero hay que tener cuidado: «No se presenta como una lista de prescripciones exteriores que hay que seguir o como un complejo conjunto de doctrinas que hay que conocer. Sobre todo no es esto; es saberse, en Jesús, hijos amados del Padre». Es vivir la alegría de «esta bienaventuranza, es entender la vida como una historia de amor, la historia del amor fiel de Dios que no nos abandona nunca». Este es el motivo «de nuestra alegría, de una alegría que ninguna persona en el mundo y que ninguna circunstancia de la vida pueden quitarnos». Y es un sentimiento que sabe también regenerar, «que da paz interior incluso en el dolor, que ya ahora nos permite saborear esa felicidad que nos espera para siempre».

En cada una de las Bienaventuranzas «vemos una inversión del pensamiento común –indica–, según el cual son bienaventurados los ricos, los poderosos, todos los que tienen éxito y son aclamados por las multitudes». En cambio, para el Hijo de Dios, los bienaventurados son «los pobres, los mansos, cuantos permanecen justos incluso con el riesgo de hacer el ridículo, los perseguidos. ¿Quién tiene razón –se pregunta Francisco–, Jesús o el mundo?».

 

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Para comprender hay que ver «cómo ha vivido Jesús: pobre de cosas y rico de amor, ha sanado tantas vidas, pero no ha ahorrado la suya. Ha venido para servir y no para ser servido; nos ha enseñado que no es grande quien tiene, sino quien da».

Después, Francisco añade: «Se dice que entre el Evangelio escrito y el Evangelio vivido existe la misma diferencia que existe entre la música escrita y la música tocada. Ustedes, aquí, conocen la melodía del Evangelio y viven el entusiasmo de su ritmo». Según el Papa, los fieles de los Emiratos Árabes Unidos conforman un «coro que incluye una variedad de naciones, lenguas y ritos; una diversidad que el Espíritu Santo ama y quiere armonizar cada vez más, para convertirla en una sinfonía».

La de todos ellos es una «alegre polifonía de la fe» y se convierte en «testimonio que dan a todos y que edifica a la Iglesia».

 

El Pontífice recuerda que «vivir como beatos y seguir la vía de Jesús no significa estar siempre alegres. Quien está afligido, quien sufre injusticias, quien se prodiga para ser agente de paz sabe qué significa sufrir». Así, «para ustedes no es fácil vivir lejos de casa y acaso sentir, además de la falta de los afectos más queridos, la incerteza del futuro. Pero el Señor es fiel y no abandona a los suyos».

El Pontífice relató «un episodio de la vida de San Antonio Abad, el gran iniciador del monaqueísmo en el desierto». Por Dios «había dejado todo y se encontraba en el desierto. Allí, por bastante tiempo estuvo inmerso en una áspera lucha espiritual que no le daba tregua, asaltado por dudas y obscuridades y también por la tentación de ceder a la nostalgia y a la añoranza de la vida pasada. Después el Señor lo consoló tras tanto tormento y san Antonio le preguntó: “¿Dónde estabas? ¿Por qué no apareciste antes para librarme de los sufrimientos?”». Entonces «percibió claramente la respuesta de Jesús: “Yo estaba aquí, Antonio”». Es el mensaje que quiere dar el Papa: «El Señor está cerca. Puede suceder, frente a un periodo difícil, que pensemos que estamos solos, incluso después de tanto tiempo pasado con el Señor. Pero en esos momentos, Él, aunque no intervenga inmediatamente, camina a nuestro lado y, si seguimos adelante, abrirá un nuevo camino».

 

Francisco aclaró que la vía de las Bienaventuranzas «no exige gestos clamorosos». Cristo pide llevar a cabo «una sola obra de arte, al alcance de todos: la de nuestra vida». Las Bienaventuranzas son, pues, «un mapa de vida: no exigen acciones sobrehumanas, sino imitar a Jesús en la vida de cada día». Invitan a mantener limpio «el corazón, a practicar la mansedumbre y la justicia a pesar de todo, a ser misericordiosos con todos». Y quien las vive según Jesús limpia el mundo: «es como un árbol que, incluso en tierra árida, cada día absorbe aire contaminado y devuelve oxígeno».

 

Para concluir, el Papa reflexionó sobre «Bienaventurados los mansos». Dice: «No es bienaventurado quien agrede, sino quien mantiene el comportamiento de Jesús que nos ha salvado: manso incluso frente a sus acusadores». Cita a San Francisco de Asís, «cuando dio instrucciones a los frailes sobre como dirigirse a los Sarracenos y a los no cristianos. Escribió: “Que no hagan litigios o disputas, sino que se sujeten a cada criatura humana por amor de Dios y confiesen ser cristianos”». Entonces, «ni litigios ni disputas», y esto «vale también para los sacerdotes», añadió sin leer el texto preparado; en aquella época, «mientras muchos partían revestidos con pesantes armaduras, san Francisco recordó que el cristiano parte armado solo de su fe humilde y se du amor concreto».

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